Salomón, "El Cantar de los Cantares”
Versión de Carlos Morales
Col. «Cuadernos del Mediterráneo»
Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca, 2003.
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El Toro de Barro
sábado, 4 de agosto de 2007
«El extranjero», de Álvaro Valverde (Antología Poética)
Pura Salceda, poemas...
Rendición
que habita en palacios de hojarasca
tu voz me guía
lejos;
por adentros transeúntes del deseo.
Camino hacia tu abismo
en esta pasión sin predecibles
perra y guerrera en mil combates,
ante ti rendida,
lamiendo impúdica y orgullosa
los pies del amo.
Desnudé mis pies para tu boca.
En ella, mi danza se calza
con las notas de esta imperfecta partitura
porque mi nombre es Astarté,
la que lucha,
la que vence,
la que cabalga río arriba.
En este mundo que habito,
no hay más ley
que la frontera de las manos,
los cúmulos inquietos
de la oscuridad que colmas,
los ojos que permito.
Y me esperas,
siempre me esperas,
porque yo soy Astarté,
la que lucha,
la que vence,
la que galopa sobre el río de los cantos negros
cuando ejecutas el guión pactado
que mantiene la distancia precisa
entre el laurel y la paloma.
Y aunque sólo existes
porque así lo quise, soy yo
la que al fin se pierde en el vértigo de tus desapariciones.
De A ollada de Astarté; traducción de Carlos Morales
A veces el hombre teme al ángel,
Existen otros ángeles
viernes, 3 de agosto de 2007
«La fruta del espíritu», de Margalit Matitiahu.
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| Brooke Shaden |
Deja miel sobre la lengua,
salsa de dolor en los ojos,
temblor de fuego en el cuerpo
y una loca pasión que ensancha la sabiduría.
se han convertido en madejas.
Yo las devano,
las rodeo
hasta que pierden su sentido
y enloquecen de no ser.
Yo las amaso de nuevo,
y les doy la vida:
nacen para ser mi pan,
nacen para ser mi vino,
no se arrugan
en el tiempo
de la eternidad.
las montañas altas y afiladas
araron mis deseos...
En las paredes de mi habitación asolada
se transparentan los espacios de mi desierto interior.
Como una bailarina enloquecida y descalza
hago crecer en el calvero
la fruta salvaje
del espíritu.
olas de miedo,
cielo cerrado.
En las olas
el temor se endurece,
las aguas en cristales se transforman
y se rompen
dentro de la luz de las orillas rotas.
Allí,
el calor de tus pensamientos
en mi cuerpo descansó
abandonando en él un silencio igual
a mi silencio.
cae a chorros sobre los rayos
que se hunden en las calles.
Detenida ante mí,
veo que mi cuerpo
no puede extinguir la hoguera
ni el espíritu
que me quema con su viento.
Sus ráfagas se esculpen en mis ojos,
líneas rojas que pálidas se vuelven
como la sangre
que en las palabras se consume.
De la antología
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| Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea” Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed. Tarancón de Cuenca, 2002. PVP 10 euros. |
| El Toro de Barro |
domingo, 29 de julio de 2007
Ángel Crespo, "La invisible luz"

(Del libro La invisible luz, editado por El Toro de Barro en 1981)
Ángel Crespo, "Junio Feliz"

sábado, 28 de julio de 2007
"Nieve", de Ángel Crespo
Vilnes PaimanisNieve
Es el momento de que Dios nos hableapartando los copos lo mismo que cortinas.
Voz sin facciones, dejaría
un hueco entre nosotros y la nieve,
una gran pausa blanca
entre nuestras miradas y su voz.
Es la hora de que salgan de sus éxtasis
las diminutas almas de la hierba
que estaban ignorando la palabra.
Hora es de que saquemos
el miedo del armario
y aprovechemos bien estos instantes
para contar secretos.
Es la nieve otra vez
y todos los paisajes son hermanos:
todos de blanco con su luz a cuestas.
Abrimos la ventana
y una cortina cae, para dejar
paso a la voz que se añoraba en vano.
Es la nieve otra vez. Tras su blancura
nuestras propias palabras nos responden.
obre el atardecer camina un ciervo
viernes, 27 de julio de 2007
Poesía del Holocausto, Antonella Anedda, "Las tres estaciones"
Quien pierde tiene la espalda libre para cargar con el mundo. Ningún equipaje para arrastrar mejor el hierro y la madera de un carro, y dejar que en el dorso se amontonen el aire y la lluvia, la multiplicidad, el desorden de las cosas. No es la resignación terrena sino la fuerza dócil de Cristo que en Getsemaní responde a los soldados: sí soy yo; la pobreza de la roca, de la mortaja vacía por el peso de los pecados humanos.
Giotto vio todo esto en la Renuncia de los bienes de Asís. Francisco está desnudo pero en torno a su privación, en el ángulo recto de su cuerpo arrodillado todo pesa: las arquitecturas, el escudo del cielo, las vestiduras; todo se espesa como si la ciudad con sus cuidados, sus ganancias, su beneficio no esperaran más que su gesto.
Tal vez la santidad sea hacerse burro: ser la borrica que siente en los ijares la espina de los olivos, en la fatiga de la mañana, bajo el gran cuerpo de Dios, en el gran casco de Jerusalén.
Podemos sólo constreñir al odio a recaer en nosotros, exactamente, simplemente, como el agua del jardín que la tierra vuelve oscura y olvida. Un solo chorro. Es el misterio del miedo, hermano del pecado, el tremendo asomar de los dos, el uno puente del otro, el uno empujado por el otro. Sin embargo, existe la gracia de un punto oscuro y perfecto, la posibilidad de que el mal permanezca en nosotros hasta descomponerse, hasta morir antes de alcanzar a los demás.
No la huida, sino la espera que protege e impide al mal que nos atraviese. Nosotros estamos en la mesa del Señor, estamos de lado, todavía lejos de cualquier cruz, aunque volcada como la de Pedro. No podemos redimir sino defender. Somos el perro ligero que el Veronés pinta en la Última cena: tumbado y en vilo, su pequeño cuello golpeado y bendecido por el mantel de hilo.
No hacer el mal, no acogerlo, significa de alguna manera obligarlo a un trayecto más largo, retardarlo en una acción política que es posibilidad de dilación, lentitud que puede salvar una vida.
Es verdad, no obedecer era la diferencia que probablemente hubiera consentido: organización, huida, salvamento o rebelión. Sin embargo esto no ocurrió y no ocurrió por lo que el mal promete y puntualmente niega, por ese eterno “quizás” que oscila cosiendo la incertidumbre al horror.
Un ser humano obedece por miedo y por angustia, por incapacidad para imaginar un estado distinto a aquel en que se encuentra, y sin embargo espera sobrevivir, transformarse en alguien capaz de estar cerca de quien, por el momento, lo ha perdonado. Como quien se abstiene del mal, una vez más es el tiempo con el que se enfrenta: tiempo para quedarse, tiempo para justificarse y justificar. Un tiempo privado, sin derroche, el tiempo seco del cálculo y el escalofrío de la ilusión.
Es la inútil astucia de hacerse comer el último. Es la ilusión de toda vileza. El poder no necesita al justo sino al paria, matará al paria el último y tendrá la justificación de su odio. Deslumbrado, antes aún de cualquier amenaza, el paria ha ido hacia el odio y se ha entregado a él generosamente, velozmente.
De esta velocidad, de esta trayectoria del alma y del cuerpo, se sirve cualquier organización criminal a la que basta activar simplemente los resortes del odio y del temor.
De esta velocidad no es, absolutamente, fácil escapar. A menudo para no hacer nada, para conocer la libertad de la no participación es necesario justamente ser “santo”, saber renunciar al tiempo de la ilusión, saber distinguir en lo profundo de sí mismo la pálida diferencia que pasa entre una atmósfera de terror y el choque inmediato del terror.
La lentitud necesita un coro de inteligencias, la resistencia precisa de luz, la capacidad de espera se da a los hombres, raramente, como un don.
Porque es verdad; el bien es profundo, pero el bien es frágil. A diferencia del mal se esfuma lentamente entre los siglos, a diferencia del mal tiene nostalgia también de una sola criatura.
"Música"
Poesía del Holocausto: "Las tres estaciones"
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PVP 10 euros
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
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