El Toro de Barro

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jueves, 18 de septiembre de 2014

«Salmo 121», de David

Caspar David Friedrich



David
Salmo 121
Versión de Carlos Morales


Para mi hermano Desiderio,
que, a sus cuarenta y cinco años,
está a punto tomar el que ha de ser
el último tren de su vida.
Con mi amor.

                                                                                              
Levanto mis ojos hacia las montañas: ¿de dónde, si  no, me llegará la ayuda?
El amparo te viene del Señor, el que hizo los cielos y la tierra.
Él no dejará que resbalen tus pies, pues no duerme el que te guarda,
ni descansa el que protege a Israel en su refugio.
El Señor es tu guardián, la sombra que vela a tu derecha:
no podrá el sol fatigarte de día, ni la luna en la noche te hará desfallecer.
El Señor te protegerá de todo mal y cuidará tu vida.
Él te guardará en la partida y el regreso, ahora y para siempre


 
























sábado, 19 de julio de 2014

«Salmo 23», de David


Jeanloup Sieff

David
Salmo 23
Versión de Carlos Morales


Para mi hermano Desiderio,
que, a sus cuarenta y cinco años,
está a punto tomar el que ha de ser
el último tren de su vida.
Con mi amor.



Yahvé es mi pastor. Nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a las fuentes del sosiego, y en sus aguas serenas apacigua mi alma.
Haciendo honor a su nombre, por cañadas seguras me conduce.
Aunque pase por quebradas tenebrosas, nada temo ya, pues tú conmigo vienes y tu vara y tu cayado me sosiegan.
A la vista de mis enemigos has preparado una mesa sólo para mí,
has perfumado con aceites mis cabellos y, una y otra vez, no dejas de llenar mi copa.
La dicha y tu favor vendrán conmigo mientras dure mi vida,
hasta habitar tu casa para siempre…

 

























sábado, 19 de abril de 2014

"Salmo 104", Versión de Reina Valera.

 

Salmo 104 (103)
 (Traducción de Reina Valera, 1960)




Bendice, alma mía, a Jehová.
Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido;
Te has vestido de gloria y de magnificencia.
El que se cubre de luz como de vestidura,
Que extiende los cielos como una cortina,
Que establece sus aposentos entre las aguas,
El que pone las nubes por su carroza,
El que anda sobre las alas del viento;
El que hace a los vientos sus mensajeros,
Y a las flamas de fuego sus ministros.
El fundó la tierra sobre sus cimientos;
No será jamás removida.
Con el abismo, como con vestido, la cubriste;
Sobre los montes estaban las aguas.
A tu reprensión huyeron;
Al sonido de tu trueno se apresuraron;
Subieron los montes, descendieron los valles,
Al lugar que tú les fundaste.
Les pusiste término, el cual no traspasarán,
Ni volverán a cubrir la tierra.
Tú eres el que envía las fuentes por los arroyos;
Van entre los montes;
Dan de beber a todas las bestias del campo;
Mitigan su sed los asnos monteses.
A sus orillas habitan las aves de los cielos;
Cantan entre las ramas.
El riega los montes desde sus aposentos;
Del fruto de sus obras se sacia la tierra.
El hace producir el heno para las bestias,
Y la hierba para el servicio del hombre,
Sacando el pan de la tierra,
Y el vino que alegra el corazón del hombre,
El aceite que hace brillar el rostro,
Y el pan que sustenta la vida del hombre.
Se llenan de savia los árboles de Jehová,
Los cedros del Líbano que él plantó.
Allí anidan las aves;
En las hayas hace su casa la cigüeña.
Los montes altos para las cabras monteses;
Las peñas, madrigueras para los conejos.
Hizo la luna para los tiempos;
El sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas, y es la noche;
En ella corretean todas las bestias de la selva.
Los leoncillos rugen tras la presa,
Y para buscar de Dios su comida.
Sale el sol, se recogen,
Y se echan en sus cuevas.
Sale el hombre a su labor,
Y a su labranza hasta la tarde.
!!Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría;
La tierra está llena de tus beneficios.
He allí el grande y anchuroso mar,
En donde se mueven seres innumerables,
Seres pequeños y grandes.
Allí andan las naves;
Allí este leviatán que hiciste para que jugase en él.
Todos ellos esperan en ti,
Para que les des su comida a su tiempo.
Les das, recogen;
Abres tu mano, se sacian de bien.
Escondes tu rostro, se turban;
Les quitas el hálito, dejan de ser,
Y vuelven al polvo.
Envías tu Espíritu, son creados,
Y renuevas la faz de la tierra.
Sea la gloria de Jehová para siempre;
Alégrese Jehová en sus obras.
El mira a la tierra, y ella tiembla;
Toca los montes, y humean.
A Jehová cantaré en mi vida;
A mi Dios cantaré salmos mientras viva.
Dulce será mi meditación en él;
Yo me regocijaré en Jehová.
Sean consumidos de la tierra los pecadores,
Y los impíos dejen de ser.
Bendice, alma mía, a Jehová.
Aleluya.


Grandes Obras de 
El Toro de Barro

 David Escobar Galindo, "El despertar del viento", Ed. El Toro de Barro,  Carboneras del Guadazón, Cuenca, 1972. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
David Escobar Galindo, "El despertar del viento",
Ed. El Toro de Barro, 
Carboneras del Guadazón, Cuenca, 1972.
edicioneseltorodebarro@yahoo.es