El Toro de Barro

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miércoles, 27 de agosto de 2014

"Noche de navidad", de Diego Jesús Jiménez



Diego Jesús Jiménez
Noche de navidad


Te veo vivo
y sin consuelo,
padre. Aun a pesar de todo. Viendo
la vieja calma
del tilo, la fresca sombra
del ciprés, la senda
de la hormiga.
Tú, padre, cómplice
del mal,
no salgas; no saques ya
la oreja y la nariz, que luego
corres por estos campos
del trigo, se te hace el paso loco, y tu mala
memoria, pisa la siembra
y cantas.
¡Que aún pertenece
a todas estas cosas
tu dolor!
¡Padre, padre! ¿Otra vez?
Vuelve a esconderte. Vaya, vaya... No hay que sacarlo
de su agujero, porque no ve
y se ciega
con las cosas; y alborota, y le hace mucho ruido
la bebida, y el coñac
le hace ir hasta el pueblo,
y lo denuncian, y no quiere, en esta Navidad,
salirse de las casas. Y entra, remueve los baúles,
las alacenas, saca viejos papeles,
canela, perejil, y huele, huele...
cada garrafa, cada orza
sin vida.
Y es invierno,
y él se mete en el río, y su catarro
tiembla
junto a los juncos
y la buena hierba. Padre, pero por qué ahora
bailas, ¡qué bien te veo!,
con qué pareja,
en este amanecer, va tu resaca; que filtro vas a darle
sin precaución, qué beso en sus encías
o en su enagua
sin sangre, o dentro
del sostén.
¡Padre! ¡Padre!,
a qué este escándalo; ¿no ves...?, ¿no ves?
Si ya te lo decía, y no haces caso
nunca.
Ven, ven, si tú estás muerto
ya. Hala, hala...,
no beses más aquí, ¡no le tires del pelo! Padre...
Si hace seis años de tu muerte.

Pero cómo decírtelo si saltas, si no oyes, si va tu boca
casi al alba, y llegas a la alcoba, entras al dormitorio,
nos despiertas, te vas...
¡Qué amor habrá encontrado, si su aire
es de cansancio, y su camino es de tijeras y algodones
y gasas!

Aquí, si cada nochevieja
vengo, si en el bolsillo, junto a la voz de tu cadera
pongo
serpentinas, si traigo varias copas de más, y una botella
para ti. ¡Con qué cuidado
se la bebe! Y bromas, trucos, monjas sin cuerpo, ángeles, disfraces
de papel, hadas borrachas
y alegría al andar; si traigo
mi ronquera y mi vino, la cal
de la pared de casa aún en el hombro; y echo de la garrafa
como ladrón devoto
mi caridad.
Si así te sirvo. ¡Pero
qué juerga,
piensas! ¡Padre!
Y nada,
nada, no se da cuenta de que está muerto
y crece.

De su libro
Coro de ánimas
Premio Nacional de Poesía de 1968.



 Grandes Obras de
El Toro de Barro
Marga Clark, "Auras", Ed. El toro de barro, Tarancón de Cuenca 2001
Agotado
"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci















martes, 7 de mayo de 2013

"La jaula", de Diego Jesús Jiménez

Fotograma de "Marcelino pan y vino"


Diego Jesús Jiménez
Jaula



Nada tan triste
para mí, como esta jaula. Cerca
de baúles; entre rosarios
y calderos rotos. Abandonada,
al lado de cerrojos
sin nadie.
Allí,
entre las medicinas
de un difunto olvidado, está la jaula, el alma,
llena de pájaros
que no conoce aún; silenciosa y abierta; como un nido
de odio.
            Toca, tócame pronto
-si has de tocar- las alas
de mis oscuros sueños. Abre los patios más umbríos
de mi memoria. ¿Quién
es el que cree, que el alma
es nuestro huésped? Eres la cárcel
tú, la tienda
de delicadas drogas. Soy tu pecado; yo soy tu oculto
sacerdote.
                Como
un niño huérfano
entre perfumes venenosos, o entre dulces
mortales, veo la dicha en ti. Vivo
dentro de tus oscuras habitaciones. 
Toco sobre tus sábanas, esas horas tan breves
que no encontró mi vida.
                                    El vuelo náufrago
de la perdiz, con el que ahora intento
navegar, se ha roto.
Y entro en tu casa negra; en los corrales
del placer, en el jardín
de los más altos vicios. ¡Sangre
de qué hermoso animal
me ofreces! ¡Con qué hierbas malditas
me recibes! ¡Liga,
para qué pájaros, preparas! Tu emboscada de músicas,
atraviesa mi cuerpo
derrotado.
               Solamente tú puedes
librarme hoy de mi aburrida y lenta
libertad sin caminos.

De su libro
Coro de ánimas
Premio Nacional de Poesía de 1968.
 Grandes Obras de
El Toro de Barro
Agotadado.

"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci













lunes, 3 de diciembre de 2012

"Coro de ánimas", de Diego Jesús Jiménez



Diego Jesús Jiménez
Coro de ánimas



Ved ahí el púlpito
de nuestra gloria, ahí el callado altar, los ciegos
comulgatorios del vicio; la estropeada
sonrisa de los hombres.
                             Ahí nace
con el humo
y la paz, nuestra humana discordia. Velas
bajo la sombra de un último
cadáver. Un desterrado y solitario coro
de ánimas, baja del techo
o de la cúpula. Se oye su voz aquí, en el sonoro
sepelio de la carne.
                             Solos,
solos ante el sonido de la muerte; solos
en la alegría, avergonzados
ante la soledad.
                       ¡Padre!, ¡madre!, tú, vosotros,
todos, los inútiles
muertos, los distraídos, que con palabras que nunca
pude entender, me habláis; ¿dónde poneros?; vosotros, los que nunca
me traicionáis, los más amigos, ¿como os conoceré?.
Mi avergonzada soledad
os ama. Así, así, estériles, pálidos, señores
del hastío, sombras lejanas
donde vive el amor, ¡vosotros!, el único deseo
de mi vida, ¿dónde
os puse, qué hice
con tan alto disfraz?, ¿dónde
pude esconderos?
                            Este
es el oscuro canto
de la elegancia. Os deseo, os deseo, ¡os amo!, seres
de la desgracia y el fracaso;
                                          yo,
que os veo con el duro
silencio de mi vida,
con la fértil caricia
de la esterilidad, ¿cómo
puedo olvidaros?

                          Oigo las voces, entro
en la clara abadía, piso el refugio
de vuestro convento. Aquí,
sobre las piedras frías de este templo, os hablo. Aquí,
sobre la nieve os beso
con dolor.

             ¿De qué alta
cartuja, de qué débil
sacristía estáis hechos? Solo,
                                             lo que es cornisa pura
para la sangre, la herencia inútil
de vuestro sosiego, la calma
de vuestra voz, la vacía memoria y el pulso
desgastado. ¿Dónde, dónde
podéis estar?
                    Si os hice
ver, si os hice
respirar, si estáis tallados
con lo mejor que tuve
y tengo, con lo que nunca
poseí. Si con todo mi amor oscuro
me amáis, decidme: ¡cómo!, ¡cómo
he podido perderos!


De su libro
Coro de ánimas
Premio Nacional de Poesía de 1968.

 Grandes Obras de
El Toro de Barro
José Ramón Ripoll, "Variaciones sobre una palabra", El toro de barro, Tarancón de  2001

"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci