lunes 29 de junio de 2009

Franciso Mora, "La Bruma"




LA BRUMA


Sobre la vieja rama
de la desolación, yace la vida.
DIEGO JESÚS JIMÉNEZ


1 8 de mayo de 1994,
una nueva visión extinta de la vida;
garzas de aire hienden
la flor de la caléndula,
supura el tiempo, lentamente,
los dedos se desgranan en pústulas
de agua estancada,
mi cuerpo se desnuda de mi cuerpo,
de los ecos mi voz
rota, ininteligible, mi voz
surgida de la lluvia, mi voz
en la caverna llora
palabras de amor y es bruma;


2 intento reunir mis pedazos en torno
a mí, en torno a esta mesa
dividida mi cuerpo se conforma,
intento derramar lo que unido estuvo
¡oh desposesión de la carne!
tan fútil tu apariencia, tan torpe
tu postura, intento reunirme
en vocablos orgánicos, convoco
al vacío y sus conjuntos;
estéril es la huida, presiento
el corazón de lo que huye
como un jardín baldío,
como un pájaro ajado,
como esfuerzo inútil:
convoco al alma y no responde;

3 nada de lo que estuvo unido
permanece,
todo lo que nace se divide
y al cabo se derrama,
supura el tiempo en mi cuerpo
como fístula,
es la edad del dragón la que golpea
la puerta,
son los años que no tuve
los que apacientan mi alma,
es el pájaro, las alas
quebradas de la jaula,
es el destiempo mutilado, la fibra,
el don, la bruma;

4 no el tiempo de la gracia
sino el de la consumación,
no la gloria del instante, mas
acaso un instante, el mismo,
repetido eternamente
en espiral interminable:
pero alguna vez un sueño
escapa al tiempo
y a voleo toca la espalda de un hombre
y eludiendo la muerte
se perpetúa en el ángel
y se jacta y se yergue y se arroba
del sueño de jade de otro hombre:
en mi lecho de arena
no hay señales ni dote ni limosna;

5 la casa está lista
para hacer del invierno un almendro,
están listos los aperos, la horca
del huido, la semilla del cierzo
arañando los postigos, listos
los labios para la consagración
de la tierra, la carne
para ser inmolada:
madura la lluvia
y en la carne, apenas,
un nuevo brote
de almendro por la boca;
mi alma está lista
para adentrarse en la noche;

6 mi alma, oquedad desmembrada,
tiene textura de incendio,
mi alma, que fue materia y anduvo
a vueltas conmigo y me llamó por mi nombre
y yo no la oía, bate las alas
y se agita en mi fosa;
yo la convoco y no me responde,
los años que no tuve la apacientan;
ahora es este tilo que tiembla
bajo la lluvia, el aire
que de aire se ahoga,
el río que siento bullir
bajo la tierra
y no alcanza mi sed, la muchacha
de mirada ausente que ante la verja
con un ramo de flores secas
contiene el llanto,
acaso la llama, la lumbre, el incendio;

7 al alma de la tierra, al alma
de la roca, al alma fértil,
gozosa de la mujer cuyo pecho
es reposo: los labios
trémulos del niño,
se me aparecen ahora
como canto ebrio de huida,
como canto anegado, invertebrado ya,
congoja súbita, y siento latir
de la existencia el pulso
como un lejano eco a cuya voz
debí pertenecer
pero no me reconoce, un eco
entrecortado, debilísimo
que en mi boca se hace alivio
confusamente vivo; al alma del árbol
y del agua, al alma desbordada
del trueno y del fuego,
al alma redonda de los astros,
en mi alma de cuerpo presente
al universo;

8 es oración de cautivo este silencio
sueño de Dios, concepto,
vértigo purísimo que enajena
mi atracción por el vacío;
me duele la ausencia en los dedos
y mis piernas son sal esparcida
en la tierra: la vida se sueña
a sí misma: una ilusión
de luz extinguida, un soplo
en el viento, un poco de nieve
en el árbol, así el corazón,
¿quién vierte este amargo cáliz?
¿quién se esconde en la penumbra?
¿quién detrás de mi nombre
dirige la tramoya?;
en el dolor mi corazón fue silencio,
la carne, por el dolor, una espiga
de trigo maduro que apaciguó
la lluvia,
la vida se sueña a sí misma
pero del sueño surge otro reino
ajeno a la vida, un espacio
tibio que no ocupa nadie, la soledad
del que huye como un pájaro herido,
los brazos vencidos del que regresa;
la vida se sueña a sí misma
mas todo es silencio;

9 un largo silencio derramado,
presiento como un trago la noche,
como inevitable huida hacia adelante,
intuyo la muerte como bruma,
camino trazado sobre bruma
evanescente y frío y solitario:
advocación de un dios terrible
que descarga su ira sobre un ser
que contempla y no alcanza su rostro,
que mira la hoja desmayada
del sauce y dice: lloró Dios
sobre la piedra
y brotó un río de sangre
y de la sangre, el agua y del agua
que fluye, la vida
y de la vida, el hombre
perdido en la corriente,
braceando contra el silencio inexorable;


10 ¡oh laxitud de la carne!,
dispensadme del lamento del sueño,
asidme del párpado azul
de la tormenta
y entregad mi ser al abismo,
mas, ¿cómo hablar
este dialecto inaprensible
sin arañar el alma?,
¿cómo decir lo inasible, lo etéreo,
el aroma de una flor de luto
cómo atraparlo
hallar su esencia, su tonalidad, su textura?,
¿cómo plasmar la abolición
del color, de la línea, del espacio,
de la sugerencia o el estímulo
sin que el vértigo anule los sentidos?:
polvo de ángel, la nada
sustrayendo al alma del ser
que se sueña diferencia y sustrato,
¿cómo se nombran las cosas
en el lenguaje de los muertos?,
¿dónde el tacto para señalarlas,
la luz,
la íntima materia
que hilvana los vocablos?,
¿qué espejo cóncavo o convexo
desmiente así mi imagen? ¿qué trance,
desde el espejo, ocultan esos ojos
cerrados? ¿qué otro yo me sueña
desde el otro?;

11 libérame, señor, del sueño, aparta
de mis labios este vaso, sumérgeme
en el reino descreído de tus manos,
indícame el camino de la casa;
yo sé, señor,
de la hermosura de tu rostro,
de la humilde cordura de tu amor,
de la bondad de tu palabra,
sé de la esencia de la nieve
según tus ojos constelados,
yo sé del pan y de la espiga
y de la ausencia omnisciente
de tu mirada de ave
pero no sé de tu muerte, no sé
de tus lágrimas
de hombre como lluvia del otoño;
tú, que todo lo alcanzas
alienta este soplo de noche encadenada,
triza la luz de mis ojos oferentes
que miran al mundo y se obstinan
en negarte, apaga
esta sed homicida de amor
y sella mis labios
con el nombre de lo eterno,
tú, que todo lo puedes,
que en tu cuerpo derramado el mundo
se hizo cáliz
vierte el agua y la palabra:
hágase la luz en carne mortal,
álcese la rama del árbol
de lo humano en tu reino inextricable,
señor, mitiga el hambre de Dios
con tu caricia
y líbrame del amor, líbrame
del amor;

lunes 23 de febrero de 2009

"Fugaz", de Juan Ramón Mansilla

Darío Morales

FUGAZ
Juan Ramón Mansilla


Nubes

Junto al amigo contemplar el poniente,
sus luces veladas por el humo
del tabaco. Hablar de cosas
malgastadas, viejos proyectos.
Sentados frente al mundo,
pequeños y solos, figuras
de Friedrich, negras hojas
que oscilan sin viento.
Hacer acopio de signos
como quien el invierno previene
y llena de pan la despensa
para cuando deje la lluvia
sólo limo en los campos.
Instantes para callar y reír,
retener e ignorar.
Oteando las nubes ajenos a los cielos.


Panorámica

Ni una nube, ni una mancha del día
en el cielo, ni delgadas líneas
de cisura entre campo y horizonte.
Una grúa entre pinos como un pino
más, apenas diferentes las casas
de la maleza que floreció allí
y allí estará muchos años después.
¿Y este empeño por hacer, transformar?
Vanamente se llena
el paisaje sino con el paisaje.
Lomas donde tender el cuerpo,
arroyos más sonoros en la noche,
árboles con el agua del verdor.
Rocas, barro, fuegos
que nos suplican no malgastar la poesía
en cálculos estériles sobre la eternidad.

Primicias

Con cuánta inquietud preguntamos en las rudas
noches de enero y dejamos calentarse
las manos al rescoldo de tardías respuestas,
con qué docilidad pasamos las páginas
y escribimos ficciones al dorso,
cuánta respiración, cuánto silencio,
cuánta renuncia antes de tener
las primicias de mayo de nuevo en la boca.


Arte poética

Por la noche, mientras duermes,
haciendo de las suyas los fantasmas,
los relojes parados para luego,
un murmullo del que apenas sabes,
versos te vienen en el sueño,
pugnas por despertar y recordarlos,

hallar un papel donde queden bien
sujetos para la tarde siguiente.

Pero, siempre es así como sucede,
tiene tu amanecer esa amargura
que producen las mañanas,
acaso por la sensación de haber
perdido, y ya van tantos, el mejor,
el único de los poemas.



(Tinta sobre papel, siglo XIII, dinastía Song)

Ni el agua que transcurre torna a su manantial
ni la flor desprendida de su tallo
vuelve jamás al árbol que la dejó caer,
escribe Li Po,
quien según la leyenda se ahogó en una noche
de curda tratando de abrazar la luna
en el río.
Quizá él sea la figura que demora
su paso en una senda de montaña.
Un arroyo entre los riscos,
un cerezo da las primeras flores.
Las aves se elevan y desaparecen
como con las nubes las sombras.
Silba el viento del norte
acordes de mandolina, lejanos
tañidos de campana,
largo sonar de un mundo transitorio.
De pie, entona una canción
para las cimas que el añublo desvanece
en el equívoco sepia de la tinta.
Bien sabe que el despertar agosta
los racimos y bayas que maduró la noche,
y un cauce de agua hace
dudar de cuál es el curso verdadero.



Delta

Demasiada belleza para hablar de belleza,
demasiado silencio para hablar de silencio.
Mira el paisaje: Nada en él es blando ni duro,
nada en él calla si aún vibra una última nota
del eco de los pasos por el delta callado.
¿Cómo decir lo inefable sin contradicción,
clasificar lo irreductible a categorías,
dividir lo infinito sin hallar infinitos?
Mira el río: nunca es el mismo, se nos ha dicho,
creyendo más por comodidad que por análisis
que su solidez viene del agua, no del cauce.
¿Y el agua? Lo contingente, sí, tu contingencia
que desemboca en el mar y olvida
plantar en la orilla un ciprés por cada difunto.



Otra noche para Konstantinos Kavafis

Con cierta parsimonia el viejo poeta
toma la pluma y para nuevas estrofas,
¿en yambos o espondeos?, ¿elegíacas,
satíricas?, medita un asunto ¿sobre un sabio
sofista vituperado o falúas como ibis
en el delta?, ¿acerca de ventanas que no
existen?, ¿de la orquestina de un café o las ingles
de Antonio y Patroclo? ¿Marinos
devueltos por el mar, más jóvenes y bellos,
¡ah! sí, azules, azul zafiro, años después
del naufragio? ¿De Esmirna, Atenas,
Antioquía? ¿Del ágora o los suburbios?
¿Acaso de los días de 1903, rojo vino
todavía en el cáliz?
Pero algo, ¿una mano, una voz,
un sueño?, interrumpe sus reflexiones...
Y aunque ya la edad no concede
el vigor que el cuerpo le exige,
las noches alejandrinas son demasiado
salaces para perderlas con unos versitos.


La mariposa de Chuang-Tzé

Es cálida esta tarde de febrero
y los almendros visten la franela
malva de todo lo naciente.
Por unos instantes la realidad
nos exime de ser algo distinto
a nosotros según las leyes
falsas de la vida.
Hace calor, demasiado calor
para fechas semejantes. El clima,
como los abrazos, es relativo
y puede traer los fríos pasados
aunque en el plantío las rosas vayan
a abrirse a quemarropa.
No, no nos equivoquemos.
No es la primavera que se anuncia.
Cada estación tiene sus flores y su sed
y ésas son de las que dejan su olor
muriendo pronto.


Gusanos de seda

Por mucho que sus años transcurrieran
lejos de allí de la casa de las voces
familiares por más que una ciudad
tras otra fue teatro de sus idas
bar tras bar y cuartucho por cuartucho
nunca dejó de llevar una caja
de zapatos con gusanos de seda
Los prodigios con frecuencia
suceden al alcance de la mano
y nada como el cartón de la caja
para comprender el milagro
de la metamorfosis aunque al abrirla
huyeran en vuelo las mariposas


Clase de música

Ludwig van (Beethoven, se entiende),
sin oír ni el silencio ni el aplauso
abandona el pentagrama a su ventura.
Poco significa un acorde más
si entornando los ojos puede escuchar un sueño.
Ser joven, estar allí, volver
a lo que ya nunca se repetiría.

¡Si la añoranza fuera solamente sonido!
Pero no dice nada. Lee en los labios,
mueve la mano queriendo atraparla
cerca de su boca.
Notas de deserción, sonidos de clausura.
Él -algo habitual en los sordos- las oyó.
Su cadencia fue la de un postigo que se cierra.





(Biografía de Juan Ramón Mansilla; Antología poética; Comentarios y reseñas de su obra literaria; Títulos del autor editados por El Toro de Barro y blog del autor)

lunes 24 de septiembre de 2007

Clara Janés, "Huellas sobre una corteza"


Clara Janés

HUELLAS

SOBRE UNA CORTEZA


Como una oveja perdida en la noche

me acogí a la fronda... (1)

El día partió con su hato de esperanza,
llevándose las horas y el horizonte virginal
donde todos los brotes apuntaban,
y la noche, que pudo ser cristal para los sueños,
se tornó un ojo oscuro
y el grito airado del muchacho
que me apartaba para dar paso a su rocín.
La tierra se estremeció ante el cuchillo de su voz…
Y yo, que sembraba y recogía,
sacaba agua del pozo,
disponía los alimentos sobre el mantel
y corría por los campos ondeantes de brisa
cuando tenues mariposas
expresaban el cauteloso vuelo del despertar,
sentí que esa voz cercenaba mi aliento.

Como una oveja perdida, sí, vagaba.
Y la noche
se asentó en todos los confines,
y el grito proseguía,
ocupaba la angosta callejuela,
y prendía en mi como una llama
porque, frente a su bestia, nada era yo
para el que lo lanzaba.
Y crecía su ansia de dominio,
y por su voz se abrieron hendeduras,
se cayeron las casas
y estallaron minas en mi seno,
que toda voz de hombre es voz de guerra.

Como una oveja perdida,
como una tierra exhausta de dar fruto
vagaba por el filo de esa voz
que me arrasaba
y establecía el olvido del amor,
y en la senda dejé manchas de sangre…

¡Cúbrelas!, me decía,
convoca una niebla azul
que confunda tus pasos con el mar.
Nadie sabrá si son las olas que han alisado el paisaje
y se mezclan con el humo
y esa nube de ira que se destaca gris
ocultando el umbral de la acogida…

Como una oveja perdida por el amor
me retiré a la espera
y amansé en mí su negación de mis trabajos
y sufrí que su mano, un día hoja suave,
se tornara de acero…
porque hubo un tiempo de inocencia
y el río fértil y sagrado reflejaba nuestros rostros,
de hombre y de mujer,
mezclándolos,
y creimos en el paraíso de nuestro corazón,
y entonces alguien dijo: os daréis las manos como pares,
os pondréis los anillos de igualdad,
compartireis la dignidad y el techo
y vuestras vidas seguirán paralelas
hacia el devenir…
Y en esa espera continúo
porque vuelven las flores del almendro
y se extiende el perfume de romero por los valles,
y blancas campanillas que indican la paciencia.

Yo llevo todavía los panes y los peces,
llevo los higos y las avellanas,
la miel y el vino...
Yo cumplo antes del alba con la luz,
lavo el horizonte con mis palabras,
dispongo el amanecer,
tejo con mis manos los instantes del día,
escribo sobre una corteza las sucesiones y los cambios…
Ninguna de estas cosas es inferior a una transacción,
a la soldadura del ala de una nave antes del vuelo,
al arma que desgarra la tierra,
o al clavo en la madera del ataúd.

Fui espigadora un día,
y pastora por los riscos,
preparé el queso
y por la noche cantaba a las flores dormidas
y a los niños
para que entraran en el dibujo de la luna,
en las ondas de plata,
y se mecieran.
Ahora sólo se oyen susurros de dolor.

Ponte la burka,
no enseñes más el rostro,
que ya nadie soporta el rostro del amor.
Esconde tu mirada
o endurece tus ojos hasta el pedernal,
que aquel que lamentaba vivir entre asesinos
ofrece sólo brumas de discordia
y arden los decorados del abrazo
y sus cenizas se extienden hasta la lejana curva del paisaje.

Ponte la burka,
que al alba no serás una flor en sus labios,
ni el canto del gallo indicará separación,
y aquella cita para morir juntos
bajo las cuchilladas entre trigos
enmudece en el aire,
pues han dado muerte al clamor amoroso
y arrastran por los caminos su cadáver.

Ponte la burka
y no hables de tus muslos de terciopelo,
no te atrevas a mencionar tus dedos ni tu boca,
rechaza a Salomón
que celebró tu vientre como montón de trigo
y te abrió como una flor a la plenitud.
Llama a una tempestad de nieve
que sepulte tu voz y tu memoria,
llama a una tempestad de arena
que se lleve las dunas del deseo.
Recógete bajo el vacío silencioso.
Ponte la burka
y que ya nadie vuelva a ver tus ojos.

Llegaban aves migratorias
y su sombra por los campos
acunaba a las mieses soñadoras del vuelo.
Llegaba el río
con los barcos de luz
empujando trayectos unidos a la vida
y yo con pies descalzos, por la hierba,
recogía la pesadumbre del amado en mi regazo
y engendraba el nuevo florecer de los jazmines
mientras un canto lúgubre
recordaba la muerte de los mártires,
cuando los alfileres de los grillos sujetaban la noche,
mas la caverna de su oscuro corazón
rechazó mi pecho
que era cuna de la desolación y el sueño
y sin descender al invisible fondo del amor
me marcó con un estigma…

Enterradme hasta la cintura
que él ha lanzado la primera piedra
y ya en la blanca tierra con mi sangre
el color de mi rostro se define.
Y corren manadas de potros desbocados junto al mar
para romper el dibujo de las olas,
y se desboca un cielo de nubes de tormenta
y cae una lluvia tenebrosa sobre el alma.
Enterradme, que sólo apuntan ya sones de lucha,
y el hombre,
que fue soporte a un aura iluminada,
perdido en sus límites,
tala los bosques del más allá
y mutila su raíz.

El día partió con su hato de esperanza,
la noche se asentó en todos los confines
Y pasa el muchacho con su rocín
y grita,
y la tierra se estremece por el cuchillo de su voz.
Y yo,
como una oveja perdida, vago.
Y se abren hendeduras por doquier
y se caen las casas
y es vano el canto de la tórtola al alba,
la plegaria del árbol,
la carrera del ciervo por el monte,
el correr del agua.
Y cae, cae esa lluvia tenebrosa.
Y todo es negro,
se incendian los barcos,
se tiñen de negro los océanos,
las grutas,
y la línea del horizonte
es el luto por la prístina alegría,
mientras estallan bombas,
saltan los cuerpos por el aire,
queda la tierra calcinada
y tanta muerte
siega el germen hasta en lo más recóndito.

Entra la luna con su lámpara e ilumina la sombra
y sólo ve despojos.
Se encabrita el caballo,
y el grito resuena al infinito
y me taladra.
Me amuralla el dolor,
no quiero la semejanza de empuñar un arma,
aspiro sólo a que la nada nos iguale
Pero, a brazadas, todavía recojo y enarbolo las palabras:
"
Sólo el amor es capaz de vencer
la universal destrucción
"
(2).

Hubo un día en que empuñé la espada,
el silencio o el verbo.
Fui Eduana y hace cinco mil años
revelé que la fuerza de mi cuerpo
hasta a los dioses atemorizaba;
fui Savitrí y superé la hazaña de Orfeo:
conmoví a Yama, señor de la muerte,
con mi elocuencia,
y él a mi esposo devolvió el aliento;
fui Safo y negué paso al llanto en mi morada
y el eco de mi canto a la belleza
se escucha todavía por los prados;
fui Murasaki y escribí las aventuras de Gengi;
fui Lisístrata, Cleopatra, Antígona, Porcia, Teresa de Jesús…

Hoy como una oveja perdida en la noche, sigo,
porque sigue la noche,
y avanzo con firmeza hacia la oscuridad,
que acaso no volverá el día;
no, acaso ya no volverá…



(1) .-Ira Vitale.
(2) .-Andrei Tarkovski.




jueves 20 de septiembre de 2007

Rosa Lentini, Cuaderno de Egipto

Rosa Lentini
CUADERNO DE EGIPTO

¿Dime amor, qué te ha susurrado la arena,
con sus mil palabras monótonas?
¿Te ha hablado de los templos, de la esfinge,
de las pirámides,
de sus grandes ancestros que dejaron de existir?
¿Qué mas te ha susurrado amor,
al enterrarte como reza la vieja canción?

ISMAEL KADARÉ


Isla Elefantina

Desde orillas de la isla plantas con flores blancas beben sobre el Nilo. A su lado, árboles con puntos blancos en las copas colmadas. Un ruido cruza el aire. De los sauces y las acacias salen las flores en bandada, y por unos instantes las ramas quedas desnudas y monócromas. Tu ojo registrará durante años esta ausencia suspendida. Tras un breve vuelo de reconocimiento, las aves regresan a su posición sobre la exacta rama del mismo árbol, ahora bullicio estático de vida.

Las barcas del Nilo

En diminutas barcas, usando los brazos como remos, se acercan niños a las falucas a cantar las canciones de moda que creen que los turistas desean oír. A unos ojos enterrados en una piel aceituna le pedimos una canción egipcia. Los ojos se iluminan mientras surge del delgado pecho del pequeño la tonada más dulce, y toda otra melodía deja de oírse a lo largo del río. Y aunque sorprendido no entiende por qué recibirá una recompensa a cambio de ese placer tan privado, por unos instantes sus ojos son más blancos en su piel oscura y su sonrisa cruza el amplio Nilo de una orilla a otra.


La faluca

Mientras la faluca se desliza, nuestro guía Mahmut cuenta las hazañas del faraón Ramsés -siempre el gran Ramsés II-, habla de los dioses Ra y Osiris, de sus hijos Set y Horus, y a su lado el joven barquero nos observa. Siglos de acontecimientos aparecen de nuevo bajo el toldo tórrido de esta barca, donde todos somos mecidos por las palabras inspiradas, melódicas y lentas del último descendiente copto del antiguo Egipto.
"Si lo que ya se ha vivido se escribe, se hace historia -dice-, se consigue hacerlo suceder dos veces"


Valle de las Reinas

En medio del valle, el templo de la primera faraón, Hatshepsut, el Edén, rescatado de la arena y coronado de montañas, en el oleaje de siglos del cielo. La historia: sus reinos desaparecidos tras diez y siete años de mandato, y el odio que coronó su contrato de la vida y escribió otro nombre en el cartucho. Sin embargo, blanca de sal fue la efigie del sucesor, tan enorme como necesaria para su pueblo, donde sólo la revancha despertó el deseo de superar a su antecesora. Pero si el negro limo del lago del templo dedicado a Hathor no llegó a guarecer la tierra fértil, del viento del desierto que con los siglos la secó, sí apagó la sed de debajo de la roca. Limo filtrado hasta la piel amiga, curtida y reseca de Nonufre y MeritreHatshepsut, sus hijas, quienes, como ella, esperan ser desenterradas. Su historia poco a poco hacia la luz, aflorando, algún lejano día.

Abu Simbel

En el interior de la montaña de arena, y tras subir los escalones de la escalera de metal, se obtiene una visión de la gran cúpula sobre el contorno posterior del templo.
Afuera, agobiado por el calor del mediodía, el corazón empezó a latirme con una nueva y descompensada fuerza.
Ya en la sombra, cuento el bombeo de la sangre y observo la inmensa ingeniería que soporta la montaña y guarda el templo de Ramsés.
Estamos dentro del bosque de cemento que dejó que los muertos regresaran, y caminamos sobre sus hombros, vivimos sobre sus voces en el interior de este tronar mudo.
Una masa violenta de hormigón nos aísla y salvaguarda la piedra caliza y el derrumbe de las rocas. Protege incluso esta vena mía que se dilata y se acerca a la arena de allá abajo,
a los túmulos de granos que silencian sobre la boca las palabras que vuelven: "ausencia de rizos de agua", "sal", "frescor de sombra".
Si a lo invisible lo sepulta lo visible, el arte es un poema, cúpula y centro de otro poema del que se sostiene sólo los bordes.


El mercado de El Cairo

El gran poeta de Alejandría sobresale en el alto Egipto antiguo. Pero en El Cairo y en el Egipto moderno el gran personaje es -y por la abundancia su obra y sus diferentes registros ahora nos parece que siempre lo fue-, Naguib Mahfuz. El autor de "El callejón de los milagros" vive en las calles angostas del mercado de la capital, se contornea en el humo de los narguiles que se fuman en las mesas de los cafés al aire libre, o penetra en las ventanas a medio abrir y habitadas de las casas, pero también pervive en el diferente Akhenatón, cuya figura se considera tanto en la historia real como en las hipótesis que la historia antigua inventa, como la de un semidios hereje. Mahfuz, que ha escrito sobre el afeminado faraón esposo de Nefertiti, sabe que pequeñas y grandes cosas se confabulan para formar una corriente que desborda a los hombres, pero a la que un hombre solo, un escriba como él, antepone una visión revisora del pasado, herética para la gran mayoría. Y aunque la corriente del Nilo lleve necesariamente al delta, envolviendo las voces en el oleaje que una primera ola arrastra fuera de Egipto, las palabras que se pronuncian seguirán su viaje en el sueño de las ventanas semicerradas, de los estrechos callejones umbrosos del mercadillo de El Cairo.


La llave del mundo

Del antiguo Egipto destaca su geografía egocéntrica. El dibujo del mundo en forma de triángulo con una punta hacia abajo reunía las dos partes del país, la alta y la baja. Una línea en el centro lo partía en dos. La figura obtenida de esta representación era la llave de la vida, la llave de toda existencia. En términos generales el norte era rico y el sur bastante más pobre. Las grandes capitales como Memphis, Tebas o Alejandría florecían en la frontera al borde del Nilo o en el delta cerca del mar.
Egipto tendía a las estrellas o se abismaba en la arena.
Como una llave de la vida inmensa hecha de plomo dorado se abren hoy los dos templos a Abu Simbel o el de Luxor, en la antigua Tebas, con sus columnas, obeliscos, estatuas de dioses y la gran avenida incompleta de tres kilómetros de esfinges que unían antiguamente esta última construcción a la de Karnak.
Al volver al barco después de la visita a Luxor, un grupo de chiquillos que saludaba a los turistas, en la avenida que desciende hasta llegar al florido puerto, hizo un corro a nuestro alrededor. La niña más pequeña, con una cara hermosa como el rostro del mundo despertando, se acercó a mi falda. De Egipto me llevé el recuerdo de esas mejillas iluminadas, en donde fui a buscar el vuelo increíble de los pompones rojos que florecen en las acacias, y encontré el fruto de la semilla que planté como un beso, e hice crecer, como llave de vida, en el blanco de los dientes de una sonrisa.



El poeta de Alejandría

Un poema ocre como un atardecer de playa en la costa del delta bordea el mediterráneo. Poema quemado por el sol del mediodía y del norte. Poema que huele a yodo y a salina. Un blanco entre versos acerca el dedo sobre los labios del poeta de Alejandría. Él se tragó las sílabas finales de todas las estrofas. Las lanzó a la hora en que el reflujo de la marea las hunde en lo profundo de la arena, en el fondo de la melodía de las olas. Algún día, estas mismas dunas marinas formarán la única presencia sobre el suelo de Egipto. Y entonces, erosionados por el paso del tiempo cuya acción combinada de sal y agua pulió sus cantos, los finales de estrofa volverán a nacer naturalmente. Romos, se encaminan a su muerte natural, como estos gramos de sueño en los que apoyamos la cabeza sobre estas playas, estas tempestades rojizas en el sueño. Buenas noches arena, sin un poeta que termine tu canción.


La cancíon del río y de la arena

He visto lo que ha hecho la vanidad de los hombres con la tierra y la roca. Alguien sueña con un pasado muy antiguo. Bajo los grandes artesonados del templo de Karnak, alguien cuenta lo que no es dado a ninguno: los pasillos de relieves, las cabezas grises colgando en la sombra, el encuentro de las barcas de los dioses en el centro del Nilo un día de fiesta, mientras la tarde dora los parterres.
Nadie en este recuento de pasos.
La canción que nace de la arena que canta el río, del viento que levanta la arena y la entierra, acaba aquí.
Con algunos nombres adivinados la puerta de Egipto se abre.
El sueño que el universo sueña coloca lentamente nuestra silueta sobre estos contornos milenarios, espirales de la sombra.







Ricardo Iribarren, Poemas.

Ricardo Iribarren
POEMAS


El Tigre

El tigre que me espera en la espesura
tiene mis mismos ojos
donde el pan y el fuego
tejen las llamas sutiles
de todos los imperios.
El tigre que me espera en la espesura
tiene mi mismo sino. Sólo que yo
he caminado los senderos que él desdeña,
me he sumergido en abismos
donde no llegan tigres ni silencios.
He bebido el dolor de milenios
y he esperado el atardecer de mi vida
mientras mis manos verdes
caían a pedazos
sosteniendo los trozos de la jarra
rota diariamiente por la tarde.
El tigre brama. En su piel
lloran los hologramas
y los lejanos pucheros de la noche
aguardan que los beba
y los beba
hasta que el infinito se pudra
junto a un hermoso cadáver
en un costado de cualquier camino
mientras un coro de brujas
arrulla destripados gatos
en un silencio cómplice de sombras.


Eratóstenes

Eratóstenes se quitó las sandalias
y caminó descalzo la tierra
hacia el fondo de su jardin
donde latían las rosas de la cifra
Se acostó sobre la hierba
y soñó con la circunferencia:
una lámpara
visitada por los insectos de la cantidad.

Eratostenes despertó
y esa tarde
volvió a quitarse las sandalias
y a caminar descalzo los senos de su amada.
Luego se acostó en el jardín
y soñó con sus ojos
con las volutas de su cuello
( los mosquitos de la cifra
discutían sus resultados
mordisqueando su sangre y sus anhelos).

Después una tormenta
cayó sobre el jardín.
Lluvia de sangre,
pájaros desmembrados. Eratóstenes
fue un cúmulo de sueños:
manos, pies
pecho y vientre atardecidos
que derivaron los arroyos de la lluvia
se evaporaron lentamente
y una niebla descalza
llegó a las muchachas que dormían
y les habló de amantes
y de sueños
de tempestades súbitas
y amores que escapan a las cifras
y llegan a la perfección del número
donde los prados son verdes,
donde las noches
sueñan al soñador y anémonas
le muestran sus cinturas cenicientas

Eratóstenes se alejó descalzo
pisando la cintura de su amada.
Enano Eratóstenes en la mujer desnuda
cuya circunferencia
tenía un diámetro igual a su radio.
y las langostas de la cantidad
mordieron el sexo de Eratóstenes
quien no encontró ecuación que resumiera
la suavidad de su amante
la serenidad de sus pezones
y los pájaros que encerraban sus cavernas.

Después no quiso ver.
Todas las circunferencias
desfilaron por sus ojos y la endura
endureció sus alas y presionó su glotis
y se alejó la amada
en pleno mediodía
con ausencia de sombras
y no la vio
y el hambre se aglutinó en su frente
y los insectos de la cantidad
revolotearon sobre su cadáver
mientras un peregrino
llegaba a la ciudad de Alejandría
con un pergamino conteniendo su sombra
y todas sus miradas níveas
y proclamó en la vereda del museo
la perfección del número
y trazó con los rasgos del sol
la perfecta
la luminosa
la rotunda
circunferencia de la tierra.


El cíclope
Un cíclope perdido
llora desde el cielo
cuando el mediodía se acerca
llenando de fiestas las terrazas.
Llora el cíclope. Su único ojo
arranca trenzas a la noche,
pega botones rojos a la luna
y amasa pájaros de sal
con sus enormes manos.
Su melancolía construirá la tarde
de un violeta profundo,
de un severo contraste
entre su carne cuadrada
y su redondo ojo.
Los invisibles buitres de la luna
esperan que muera de tristeza
para alimentarse de la piedra verde
que guarda el centro de su estómago:
esmeralda caliente; pan de los ríos;
altura del cielo y del agua
que en la noche
beberán las muchachas moribundas
con sus expresiónes de placer
y de agonía.





La fotografía es de Elena Zurikhina

miércoles 19 de septiembre de 2007

Rosa Alice Branco, "Caligrafía"


Rosa Alice Branco
CALIGRAFÍA

(Traducción de Mercedes Escolano)


Flor de tinta

El poema es el dibujo de esta letra
inclinada por el rumor del viento
cuando le pido abrigo
y veo en él el espejo de mi cuerpo
reposando en tus brazos de ayer.

La tinta aún no ha acabado de secarse
el olor fresco de la página se vuelve hacia la página siguiente
y mi voz se oye mejor al viento
cuando conspiramos en el silencio
la próxima letra
y la exactitud de su dibujo.

Ahora hay mimosas en los árboles
y allá abajo el río ya no es como era
ni sabría serlo.
Olvidé cómo se bebe el agua con la mano
o cómo se bebe la mano
del río.

Yo existía en esa transparencia
en la flor espiritual y líquida
de la tinta
que retoca en el papel su vida.
Esta letra es mi nombre deletreado por ti
o mi nombre que todavía no está seco
y te mira desde las acacias que florecen amarillas
en el rigor del invierno.

Cualquier palabra tuya me dibuja
y así comienza cualquier cosa
que me estaba destinada desde siempre.


El milagro de la sed

Letra a letra
voy aprendiendo a olvidar la palabra.
El césped crece en letras coloreadas
en la mirada que les recorre el dibujo
el tejido incomparable del trazo
aún fresco.
Miras mis dedos desnudos
sembrando letras en la mañana
y tu deseo nace en dirección opuesta
a la palabra.

Abrázame con esa letra que se prolonga
alrededor de la cintura
y con la otra que me envuelve el hombro
porque la tarde resbala
y aún hay letras por recoger
porque la noche cae
y mis dedos invisibles
pueden formar palabras a oscuras.

Deshazme
suelta las letras del vestido
la cinta de las sandalias. En la chimenea
hay una letra todavía caliente
vamos a sentarnos a comer migajas
a multiplicar la sed
y a beberla del mismo vaso.


El cuerpo del papel

En mi firmamento hay versos
con letras en las que voy retocando
las sombras de una vaga existencia.
Las veo desde la ventana cuando de noche duermen
con el rostro descubierto
y me acuerdo de todo lo que ha de suceder
y de todo lo que he de recordar
cuando nada sea memoria
u olvido.
Desconozco esta ventana
siempre estoy de paso
entre la casa y el firmamento que vacío
para que en él cante
el dibujo de un verso.
Te dedico el espíritu leve de la tinta
y todos mis presagios son recuerdos
de un secreto. ¿Dónde está mi voz?
¿El oído que invento para robar
la última letra del paisaje?
Soy el umbral de la puerta
que es apenas el deseo del umbral de la puerta
casi perdiéndose en el apogeo de la hoja
en la que toco el infinito
infinitamente prendida a la textura del papel.


El árbol de la sombra

El árbol de la sombra
tiene las hojas desnudas
como el mismo árbol al mediodía
cuando se arraiga a la tierra
y espera
como espera un perro el regreso del dueño.
Nosotros nos damos abrigo más tarde
o ahora mismo en un lugar
muy distante
en el que el tiempo recorta
una alfombra que revolotea en el papel.
La casa de la sombra
es blanca y está habitada.
Aún estamos nosotros
sentados al fuego que tu sonrisa
enciende y acerca
en el silencio que ilumina
el árbol de la sombra
para que la noche dibuje
su nombre visible
y la sombra pueda contemplar
las ramas más bellas y el tronco más delgado
de su materia
En esta sombra hay un inmenso amor
al mediodía.
La hora de los prodigios
está formada por segundos del tiempo que ha de venir
y el horizonte
es la proximidad total de tu boca.


Traducción libre

No pedidme alejandrinos.
Revuelvo el azúcar en el sentido de las agujas del reloj,
son 563 cristales que se disuelven en el movimiento
con que endulzo mi vida. A la misma hora
la cama crece 3 cm por minuto
cuando me acuesto en las sábanas bordadas
con las frambuesas que sobraron de la cena.
Lleno el cuarto,
también yo crecí con las frambuesas
pintadas en mi plato. Lo lavo con cuidado
par retocar la pintura del almuerzo
y si rompo un plato
con tónicas maravillosamente repartidas por las sílabas
siento que rompí una obra de arte
el modelo perfecto que llegó hasta nosotros
con el cesto de las frambuesas.
Las solfeo, saboreo el ritmo, pido endulzante
y voy a acostarme con un alejandrino alto y esbelto

como la métrica exige.


Los labios del tiempo

Regreso a las cosas sencillas
como si aprendiese el alfabeto
y tú mismo me enseñases a deletrear
el árbol donde damos sombra
el fruto que alimentamos con los labios.
Al mediodía
el atardecer cabalga sobre nosotros
y a la misma hora
la noche llega con un trazo
que acaricia los colores de la sombra.
Es así como alimentamos el tiempo
y los animales se sientan a la espera de sobras
para escribir nuestra historia.


Tolerancia de la lluvia


Vienes por dentro
como la rosa que derramase en su interior
su rojo.
La voz atraviesa cada poro de aire
hasta mi oído
y oigo el tiempo que nos une
recorriendo parte de la parte de un camino
que comienza en el centro de la tierra
vertiginosamente lanzado hacia arriba.
Clavas las letras a las que nos agarramos
sobre el precipicio
pero vivimos como si los pies tocasen la superficie
de la piel
en el suelo suave en el que acariciamos los objetos.
El viento apenas
levantado por la mano a distancia de un fragmento
de distancia
agitado por la mirada que absorbe el vacío del espacio
para que podamos tocar la tierra húmeda
la madera de la casa
arena que se agarra a los pies
la piel de la lluvia
todo lo que nos es permitido deletrear
en la tolerancia de las palabras
o en el grito salvaje de un relámpago.
Es así como se ama
antes de que la tierra nazca o recomience.


Historias de amor de una vieja manzana

Apunto con las letras
saco apuntes
y me olvido como todo lo que
olvido
cuando comienzo a existir para las cosas.
Hablamos sin cesar,
historias de amor de una vieja manzana
la melancolía de un melocotón
en las letras de la piel que acaricio
antes de chupar el hueso.
Ahora ya no hay oídos para mi voz
y percibo que todas las palabras son mortales
traicionadas por la boca que las lanza.
Miro las arrugas de la manzana en mi mano
la mano sobre la mesa
la mesa en la casa
el horizonte como una línea
eternamente dibujada:
saco apuntes
para perderme en el paisaje.


Letra al sol

Quería ser sencilla
como el dibujo del aire entre los objetos
por donde respiro la mirada.

Tomo la forma de un oído
mientras lees en voz alta
un poema de pájaros sobre la almohada
blanca
y la forma del blanco cuando el pájaro
vuela sobre la almohada del último verso.
Soy tu cuerpo en un cuerpo de mujer
el viento en las hojas
la púa del espino
la carne de lo que veo
cuando te miro verlo.

Trepo por el papel
como una letra abierta
inclinada hacia la luz del día
y no hay palabras que la dibujen,
no hay palabras.


Alfabeto de sentimiento

Hay mosquitos de verano posados sobre el papel:
miden el mundo cerca del cuerpo
con sus alas,
organizan el sistema de deseo
sobre las letras con que invento
el alfabeto del sentimiento,
la distancia que nos une
y se proyecta en el espacio que dibujamos
para poder volar por encima del papel
antes de aterrizar en un beso
que definitivamente nos libere
de la sangre de los otros.

Pronto el verano llegará a su fin
y ninguno de nosotros verá las letras
bajo el manto de alas de los mosquitos.
El mundo ha de rozarnos los dedos
por las sienes del papel
hasta salirnos de los márgenes
y precipitarnos en lo desconocido
donde aún no hay nada dibujado
desde siempre.


Los peldaños del tiempo

Acostumbraba a sentarme en el peldaño más alto
y por la ventana veía los árboles balancearse
en el silencio de la casa, el silencio
de haber estado allí hace mucho tiempo
esperando que vinieses como ahora espero
que el tiempo se desdoble en la memoria
que te aguarda.
El mundo era infinito
y mi existencia estaba en tu rostro
a la espera de un gesto que la dibujase
para que pudieses nacer todos los días.

Sentados en el peldaño más alto
escuchábamos el rumor de los árboles
la hoja de un chopo al caer en el agua
y los círculos minúsculos que se alejaban
hasta desaparecer
en el vocabulario de palabras cortas
garabateadas en el cristal de la ventana.

Así era el mundo
ignorante de que una lágrima
se asoma a veces al destino
y es suficiente para alterar el movimiento de la tierra
y el sabor de las letras pisadas
fermentando a solas en la casa
mientras el mañana atraviesa el umbral de la puerta
por encima de todas las virtudes
alimentando el vicio de volver atrás
y subir hasta el peldaño más alto
para conceder el último deseo.


El soplo del pincel

Las fragancias de mayo se esparcen por el papel
la tinta prolonga el monte hasta el río
mientras el pincel dibuja la margen
y también las cumbres
desde donde la montaña resbala hasta el agua.
Vienes a mi encuentro
y los colores germinan en la tierra por todo lo que sembraste
en el vacío
y acaricia nuestros pies descalzos
las piernas por donde trepan hierbas voladoras
que se enroscan en el vientre
que entrelazan los dedos en los días cálidos
en los días fríos
en que el fuego sube de la chimenea hasta la boca
y nos desnuda en el suelo del salón.

Todo esto se introduce en el papel
como si la tinta invisible esperase
a que yo aprenda a recibir las señales ocultas
por nuestra ceguera
y mi pulso pueda volar por encima de las cosechas
con un trazo tan leve
que se vea apenas el soplo del pincel
que respira.

Las estaciones se suceden en la mano del pintor
en el cuerpo que gasta el tiempo y lo redime
con un trazo que atraviesa el mundo
–el eje que hace girar el mundo
alrededor de su nada.



(La fotografía es de Perçeval Maury)


Junto a la biografía de Rosa Alice Branco, el lector puede detenerse en los poemas de su Caligrafía, editados en el año 2001 por El Toro de Barro en su colección Cuadernos del Mediterráneo.








Egito Gonçalvez, "La cicatriz"

Egito Gonçalves
LA CICATRIZ
(Traducción de Mercedes Escolano)


Tu nombre es un vocablo
de amor, una caricia
que la lengua desenvuelve.
No puedo pronunciarlo
en voz alta
cuando no estoy solo. Las
respiraciones ajenas
corrompen: podría
disolverse en el viento,
fragmentarse,
perder
su misterio indescifrable,
desviar
la flecha de su blanco.
Lo pronuncio eliminando
el sonido, dos sílabas
que ruedan por mi cuerpo,
abren los poros y,
por medio de los ojos,
envían el mensaje necesario
al soporte de Octubre.
Todo canta, rodeando el silencio,
la brisa leve que perfuma
las letras
cuando traspasas la puerta
y tu sonrisa dulce
avanza hacia mí.
La garganta se abre,
las sílabas revolotean, transforman
el espacio en música,
los acordes del agua:
mi cuerpo es ahora una cama
en la que la alegría abre
la felicidad, sus alas.

*

Ha sido elaborado lentamente – ¡el poema!
Ha crecido como crece un árbol, cada verso
una vena nueva, y las ramas se han abierto
inmunes al carámbano, copas de sombra
cubriendo las calles de la ciudad.
Abonado con palabras
suspensas en el tiempo; al principio
no sabíamos de qué poema se trataba,
ni siquiera si era poema.

Cuando las líneas del texto han suministrado
un horizonte visible
hemos comenzado a soñar. Tus manos
acarician las palabras, que brillan en
la pulpa de los dedos. “Todavía siento
el cuerpo del sueño”, dijiste cuando
la mañana ya nacía y la luz semejaba
estrellas que dividían las estrofas. El poema
palpita ahora como un corazón
enamorado. Nos envuelve
con su silencio; su respiración
revela el dibujo, los ténues hilos
que guían nuestros pies, hemos comenzado
a leer, a unir las sílabas
de su cuerpo lento, a mover
los capilares
como un barco se desliza en un arrozal.
Lo que se presintiera
se volvió transparencia carnal, espacio
en el que el cuerpo del sueño
respira el aire que revuelve las páginas.
¿En qué lado vivimos? ¿Qué frontera
nos ensancha los límites? ¿Estamos
soñando o despiertos? ¿Quién
escribe para nosotros este poema?

*

Tu hombro sabe que su desnudez
es materia de poema.
Cuando te quitas el vestido
–por el hombro–
tu cuerpo sabe que las palabras
acuden
al escalofrío de la piel.
Y mi cuerpo sabe
que las palabras le pertenecen,
tropiezan en el deseo,
presentan la incoherencia del delirio
que baja desde tu hombro
hacia la música
del silencio que hará el poema.

Te dedico palabras: apenas
lindes de una intensidad,
una leve piel de lo que nunca nada
podría describir, de la puerta
que se abre cuando el hombro
se suelta del vestido
que dibuja en el suelo
un gemido de amor: el sonido
de la alegría, su
rayo visible que capta
y expande
toda la luz secreta del poema.

*

Cruzan los dedos
el día y la noche, inseparables.
Trazan
un círculo: la línea de la vida
que nos inscribe. Observan
cómo yo susurro a tu oído
palabras de amor, suave
miraguano con que lleno
la almohada donde
reposas la cabeza. Digo:
“Cuanto más te amo, más
te amo”. Tu cabeza
comprime las palabras, bajo
el peso ellas cantan. Finalmente
el amor tiene un rostro perenne,
una espesura, paredes
de una casa litoral, voz
que en los caminos del cuerpo
se insinúa
descendiendo por la lluvia, los días
que la vida pueda tener
bajo un tejado azul, brazos
para arrullar, para dormir.
Los labios se mueven por los labios.
Las aves han recolectado
la semilla de las lágrimas. Inseparables,
la noche y el día cruzan
los dedos. Observan. Trazan
el círculo, dibujan
la línea de vida del amor. Vamos
a recorrerla. Seguirle el rumbo,
el sutil rumor.
Construir el trayecto
hasta el hueso del tiempo.


la tortilla

Abrimos la ventana por donde
se insinúa una forma de viento: se instala
en la cocina un banquete de amor. La luz
crepita para que los melocotones maduren
y la cacerola canta como si mirases
el río; pico la cebolla
como si gradase la tierra, te beso
la nuca, las patatas se encuentran peladas;
un pájaro pía en el aire del jardín
como si él fuese nuestro corazón. Un ángel
vela la bolsa de las compras, una bolsa de plástico
en la que hemos doblado la escarcha de las sombras, allí
podrán roer por mucho tiempo las uñas.
Te respiro. La voz del frigorífico
hace sonar postres como el arte de la poesía.
El poema fermenta en el trigo de las miradas.
Al transcribirlo
diré que nuestro corazón pía
en el aire del jardín
como si fuese un pájaro en la más alta
rama. En el poema
es necesario transfigurar la realidad.
Los camarones congelados contagian el texto
al tomar color en el agua que hierve.
Se cuecen; ahora
sólo falta batir los huevos.

*

La felicidad irradia del centro de tu cuerpo
dentro del cual me muevo
para que su latir cante.
Es el lugar del corazón, la sinuosidad
interior de los flancos,
ese lugar de donde partimos
y donde regresamos para intentar integrarnos,
para reconocer nuestra lengua,
romperle el silencio,
bogar por sus venas discretas,
agua que su lecho espera
para darle márgenes seguras por donde pueda
encontrar su propia identidad.

La proa que ha navegado en el laberinto
duerme en la playa. Oye aún a las sirenas
atravesándole el sueño. Sabe
que al despertar el círculo de fuego
se abrirá para dejarle paso. La esperan
bosques de huesos, gritos de sangre,
rosas lúcidas que apuntarán blancos,
palabras que empalidecen porque se saben
insuficientes, saben ser una sombra
del cuerpo que deberían fluir. Y de nuevo
la danza en que tronarán los cascos
que el instinto espolea. El camino de la elipse
que el centro de tu cuerpo
reinventa y dirige. El lugar en que la piel
se transforma
y el día y la noche son un único fulgor.

Tu hombro abre entonces una ventana,
una fuente de agua pura
que desarticula el sonido de las palabras,
las refresca en el viento
y las derrama en polen –una
respiración que mantiene el diálogo
en el horizonte de las mañanas solares.

*

Un sinuoso camino embarrado
atraviesa el jardín. El mar
está agitado –y a su imagen
sobrepongo otras de otro tiempo
en que mi vida
se hería contra las rocas. Es como
si yo entrase en un viejo cuadro
enmarcado
en la pared húmeda de un cuarto
abandonado. Pero tú entras conmigo
y nada reconozco. No recuerdo
que la alegría de las calles
viniese a mi encuentro. Que un mar
tan sereno me envolviese, parado,
en un camino de sol. Los pájaros
examinan nuestras manos, bajamos
al puerto bajo un túnel de jacarandás.
Las imágenes se confunden, revolotean,
comienzan a entrar en el poema, salgo
del cuadro y he aquí que tu mano
domina el vértigo, el camino
está rodeado de flores, la lluvia
ha cesado: no había palabras para ella.
Los sentidos están despiertos, anclados
en torno a tu rostro. Había allí un cuadro,
de él deben de haber salido estas gaviotas,
el velero que abandona el puerto,
tal vez –¿quién sabe?– las montañas
que protegen la ciudad. Ahora
es un espacio blanco en el que se explayan
mis pensamientos. Sinuoso,
avanza (¬) un tren de palabras: isla,
rostro, amor, ternura, la caricia
larga que se eleva de la casa, la piel
de un sueño realizado, la sangre
del rubí. Se ha parado la lluvia. La luz
se reproduce en el laberinto
de los espejos. Es la conclusión, el momento
en que te apoyas en el marco de la ventana
y mis manos te cogen
como si fueses la música que convoca
el perfume del césped que crea la noche.

*

Me he sentado en la terraza del hotel,
le he hecho una señal al camarero: un vaso
ha atravesado el espacio –evitando
la lluvia, ha aterrizado suavemente en la mesa,
debajo del toldo. Era un buen servicio.
En el vaso se balanceaba una bebida blanca
extraña
que pensé sería emblemática de la isla.
He imaginado el cóctel: el zumo de un limón,
un poco de insularidad,
unas gotas de horizonte marítimo,
una pizca de bruma,
excipiente q.b.
y un disfraz de color dudoso
que podría ser azul de cielo, pero que
apenas centelleaba en el falso blanco.
No estaba mal de gusto, buena compañía
para meditar sobre la vida, gozar las ondulaciones
de la memoria, el valor de la moneda
que con palabras se fue acuñando
a lo largo de naufragios, la lluvia lava
los sobresaltos del alma, se abre
en esta mesa un puerto, un reloj
de sangre que detiene las horas;
en este presente, me siento como si
flotase, pienso que somos una isla
de felicidad en medio de la gente
que discurre de angustia en angustia.
Nuestra razón de ser forja el destino
como se escribe un poema y se cree
en su magia, en su poder
de obtener el perdón del sufrimiento
como si lanzase peces al mar
y los perdiese. Miro a mi alrededor
mientras espero tu llegada,
tus bolsas de compras, el relato
de lo que sin mí viste o pensaste.
Entonces verás el vaso y la escritura
que su peso me ha dado. Y sabrás
que es azul de paraíso
el color líquido que ahora hemos compartido.

*

Podría ser aquí. Este lugar
transforma las estaciones, todas
se redimen conduciendo el tiempo
como un pastor tañe
su rebaño. Podríamos
retirar de este mar que nos cerca
el alimento, las botellas
que bogan con mensajes oscuros
como si transmitiesen las palabras
del oráculo; ¡la misteriosa
voz de los dioses! El infierno está lejos,
más allá de las brumas. Será en este lugar:
La casa puede
ofrecer el espacio necesario
para que en nosotros se mantenga vivo
el azul
del remoto sofá que coloreó
nuestras vidas. ¡Rodeados de mar!
En la cima de las vertientes
podrá reverdecer el contorno, asentar el banco
en el que el placer de nuestros cuerpos
se derrame por las laderas
para matar la sed de los viñedos.
Aquí, en el desfiladero, entre las montañas
que hasta nosotros descenderán sus relámpagos
haremos del paraíso un nuevo dibujo.
No buscamos paraísos perdidos.
A lo largo de nuestras vidas
nunca perdimos nada. Todo fue albañilería
que nos construyó,
como ahora levantamos la casa. Pondremos mirlos;
de algún poema del siglo pasado
traeremos ruiseñores; oiremos la campana
de las misas del parto y
el quebrar de las olas, el ruido
de los barcos que zarpan para lanzar la red
en el lugar secreto en que la luna se zambulle.
El mar está en calma, los navíos
no echan humo, no yerguen las velas,
sólo nuestra imaginación boga por las aguas,
busca las serpientes
que antaño desafiaban los héroes,
transforma
las tablas de algún naufragio en restos
de la balsa de Ulises. Por la noche,
los nombres de las estrellas
contarán historias y con ellos
abriremos ventanas
que darán otros nombres al futuro.
Y un día, si partimos,
escribiremos todo eso en un papiro
que irá sobre las olas
hasta que la botella se abra en otra isla
y nuestra historia,
el susurro de nuestras vidas,
se transforme en un mito
que ni nosotros podamos reconocer.



(La fotografía es de Howard Schatz )



(Siguiendo los vínculos que aparecen escritos en letras más oscuras, del color de la tierra,
el lector puede detenerse en la biografía de Egito Gonçalves o adentrarse en los poemas de amor que hicieron posible su Cicatriz)