
miércoles 18 de noviembre de 2009
miércoles 14 de octubre de 2009
José Ángel García, "El día en que todas las mujeres del mundo me desearon"
RenoirEl día en que todas
José Ángel García
- I -
El día que todas las mujeres del mundo me desearon
estaba de vacaciones; no pudieron encontrarme.
El día que todas las mujeres del mundo ansiaron mi presencia
y a casa por teléfono, por fax o por la red
llamaron en busca de una cita
tan sólo por respuesta hallaron el eco de su anhelo..
El día que todas las mujeres del mundo (todas menos una)
con pasión total reclamaron a coro mi presencia,
ese día – ese día justo – andaba yo ausente de
mi habitual domiciliada angustia y
no les pude siquiera decir no, lo siento, de verdad, no puedo ...
no, gracias, lástima, otra vez será ...
El día que todas las mujeres, en común pulsión,
me codiciaron
paladeábamos - ¿te acuerdas? – a sorbos breves nuestro
fugaz encuentro
(fine old scotch whisky)
en la pequeña, minúscula terraza de aquel café
- tu, yo y nadie –
en el Quartier Latin de un París condenadamente nuestro.
Fue justo entonces, en ese preciso momento,
cuando los pequeños locos de media mañana,
los tímidos gnomos callejeros,
salieron, sigilosos, de sus más ocultos escondrijos,
brincaron de la acera a la calzada y,
rompiendo sus horarios,
asaltaron sentimientos, desconectaron lutos, apalabraron besos
y superando el rítmico resuello de todas las rutinas
sembraron de esperanzas las adustas esquinas de las calles
destapando pomos de menta y regocijo detrás de cada verja,
a flor de cada seto.
Serios y grotescos, cual solemnes guardias cojos,
narraban los mirlos sus historias
cualquier encrucijada aprovechando.
Todo ocurrió – ocurría – un segundo antes, un instante después
del comienzo.
Todo tenía, al tiempo, lugar y no lugar y, casi sin saberlo,
se nos iba olvidando que estaba sucediendo.
(Fue – era - eso sí, cuando aún nadie
nos había descubierto)
- II -
El día que todas las palabras del mundo me desearon
había salido a dar una vuelta (estaba algo confuso).
El día que todas las palabras del mundo ansiaron que,
siquiera una vez, las empleara
y a casa por teléfono, por fax o por la red giraron su propuesta
tan sólo por respuesta hallaron el eco de su ansia.
El día que todas las palabras del mundo (todas menos dos)
con pasión total a coro reclamaron mi presencia,
ese día, ese preciso día, andaba ausente de mi habitual
domiciliada tarea y
no les pude decir siquiera no, lo siento, de momento ..,
no, en fin, quizá otra vez.
El día que todas las palabras del mundo, en global anhelo,
me ansiaron,
paladeábamos - ¿te acuerdas? – a sorbos suaves un nuevo encuentro,
(bitter, exceptional bottled ale)
en la pequeña, minúscula terraza de aquel café
- tu, yo y nadie -
junto al Támesis, en pleno corazón de un Londres
condenadamente nuestro.
Fue justo entonces, en ese preciso momento,
cuando los pequeños silencios a media frase,
transformándose en glosas tímidas de lo nunca dicho,
salieron sigilosos de sus más ocultos escondrijos y,
cediendo su tiempo a los vocablos, los dejaron que
brincaran de la estrofa al estribillo y rompiendo cesuras
asaltaran acrósticos, olvidaran normas, ajustaran trovas
para, tras superar el rítmico resuello de todas las rutinas,
sembrar de licencias las adustas medidas de los metros
destapando en juego, detrás de cada cancionero,
el ansia de volar de cada verso.
Serios y grotescos, cual solemnes guardias cojos,
dictaban viejos vates sus poéticas
cualquier nimia ocasión aprovechando.
Todo ocurrió – ocurría – un fonema antes, una locución después
del entreacto.
Todo tenía, al tiempo, lugar y no lugar y, casi sin saberlo,
se nos iba olvidando que estaba sucediendo.
(Fue – era – eso sí, cuando estábamos de nuevo
jugando a descubrirnos)
- III -
El día que, de nuevo, todas las mujeres del mundo
me desearon,
no estábamos en casa.
El día que, de nuevo, todas las mujeres del mundo
ansiaron mi presencia
y a mi domicilio por teléfono, por fax o por la red
su petición de cita me cursaron
tan sólo por respuesta hallaron el eco de su ansia.
El día que de nuevo todas las mujeres del mundo
(todas menos tú)
con pasión total a coro reclamaron mi presencia,
ese día, ese día justo en que otra vez
todas las mujeres del mundo, en común pulsión, me codiciaron
estábamos - ¿te acuerdas? – paladeando
a sorbos lentos nuestro renovado encuentro
(porto fine ruby)
en la pequeña, minúscula terraza de aquel café
- tú, yo y nadie -
en pleno Chiado de una Lisboa condenadamente nuestra.
Fue justo entonces, en ese preciso momento,
cuando a la caricia del aire en la mañana
y al abrazo del sol en los aleros
tornaron los duendes más urbanos
a abandonar sus viejos escondrijos
y brincando de la acera a la calzada,
rompiendo de nuevo sus horarios,
asaltaron sentimientos, desconectaron lutos, apalabraron besos
para, tras superar el rítmico resuello de todas las rutinas
sembrar de esperanzas las adustas esquinas de la historia
destapando pomos de menta y de futuro detrás de cada azar,
a flor de cada sueño.
Huidizas y parleras las gaviotas
chillaban en lo alto sus noticias
cualquier vuelo rasante aprovechando.
Todo ocurrió – ocurría – un segundo antes, un instante después
del último momento.
Todo tenía, al tiempo, lugar y no lugar y, casi sin saberlo,
se nos iba olvidando que estaba sucediendo.
(Fue – era – eso sí, cuando ya ambos nos habíamos al fin
hallado, descubierto)

Biografía de José Ángel García........Poemas de José Ángel García
Estudios sobre la obra de José Ángel García
Libros de José Ángel García publicados por El Toro de Barro.
lunes 29 de junio de 2009
Franciso Mora, "La Bruma"

Sobre la vieja rama
de la desolación, yace la vida.
DIEGO JESÚS JIMÉNEZ
1 8 de mayo de 1994,
una nueva visión extinta de la vida;
garzas de aire hienden
la flor de la caléndula,
supura el tiempo, lentamente,
los dedos se desgranan en pústulas
de agua estancada,
mi cuerpo se desnuda de mi cuerpo,
de los ecos mi voz
rota, ininteligible, mi voz
surgida de la lluvia, mi voz
en la caverna llora
palabras de amor y es bruma;
2 intento reunir mis pedazos en torno
a mí, en torno a esta mesa
dividida mi cuerpo se conforma,
intento derramar lo que unido estuvo
¡oh desposesión de la carne!
tan fútil tu apariencia, tan torpe
tu postura, intento reunirme
en vocablos orgánicos, convoco
al vacío y sus conjuntos;
estéril es la huida, presiento
el corazón de lo que huye
como un jardín baldío,
como un pájaro ajado,
como esfuerzo inútil:
convoco al alma y no responde;
3 nada de lo que estuvo unido
permanece,
todo lo que nace se divide
y al cabo se derrama,
supura el tiempo en mi cuerpo
como fístula,
es la edad del dragón la que golpea
la puerta,
son los años que no tuve
los que apacientan mi alma,
es el pájaro, las alas
quebradas de la jaula,
es el destiempo mutilado, la fibra,
el don, la bruma;
4 no el tiempo de la gracia
sino el de la consumación,
no la gloria del instante, mas
acaso un instante, el mismo,
repetido eternamente
en espiral interminable:
pero alguna vez un sueño
escapa al tiempo
y a voleo toca la espalda de un hombre
y eludiendo la muerte
se perpetúa en el ángel
y se jacta y se yergue y se arroba
del sueño de jade de otro hombre:
en mi lecho de arena
no hay señales ni dote ni limosna;
5 la casa está lista
para hacer del invierno un almendro,
están listos los aperos, la horca
del huido, la semilla del cierzo
arañando los postigos, listos
los labios para la consagración
de la tierra, la carne
para ser inmolada:
madura la lluvia
y en la carne, apenas,
un nuevo brote
de almendro por la boca;
mi alma está lista
para adentrarse en la noche;
6 mi alma, oquedad desmembrada,
tiene textura de incendio,
mi alma, que fue materia y anduvo
a vueltas conmigo y me llamó por mi nombre
y yo no la oía, bate las alas
y se agita en mi fosa;
yo la convoco y no me responde,
los años que no tuve la apacientan;
ahora es este tilo que tiembla
bajo la lluvia, el aire
que de aire se ahoga,
el río que siento bullir
bajo la tierra
y no alcanza mi sed, la muchacha
de mirada ausente que ante la verja
con un ramo de flores secas
contiene el llanto,
acaso la llama, la lumbre, el incendio;
7 al alma de la tierra, al alma
de la roca, al alma fértil,
gozosa de la mujer cuyo pecho
es reposo: los labios
trémulos del niño,
se me aparecen ahora
como canto ebrio de huida,
como canto anegado, invertebrado ya,
congoja súbita, y siento latir
de la existencia el pulso
como un lejano eco a cuya voz
debí pertenecer
pero no me reconoce, un eco
entrecortado, debilísimo
que en mi boca se hace alivio
confusamente vivo; al alma del árbol
y del agua, al alma desbordada
del trueno y del fuego,
al alma redonda de los astros,
en mi alma de cuerpo presente
al universo;
8 es oración de cautivo este silencio
sueño de Dios, concepto,
vértigo purísimo que enajena
mi atracción por el vacío;
me duele la ausencia en los dedos
y mis piernas son sal esparcida
en la tierra: la vida se sueña
a sí misma: una ilusión
de luz extinguida, un soplo
en el viento, un poco de nieve
en el árbol, así el corazón,
¿quién vierte este amargo cáliz?
¿quién se esconde en la penumbra?
¿quién detrás de mi nombre
dirige la tramoya?;
en el dolor mi corazón fue silencio,
la carne, por el dolor, una espiga
de trigo maduro que apaciguó
la lluvia,
la vida se sueña a sí misma
pero del sueño surge otro reino
ajeno a la vida, un espacio
tibio que no ocupa nadie, la soledad
del que huye como un pájaro herido,
los brazos vencidos del que regresa;
la vida se sueña a sí misma
mas todo es silencio;
9 un largo silencio derramado,
presiento como un trago la noche,
como inevitable huida hacia adelante,
intuyo la muerte como bruma,
camino trazado sobre bruma
evanescente y frío y solitario:
advocación de un dios terrible
que descarga su ira sobre un ser
que contempla y no alcanza su rostro,
que mira la hoja desmayada
del sauce y dice: lloró Dios
sobre la piedra
y brotó un río de sangre
y de la sangre, el agua y del agua
que fluye, la vida
y de la vida, el hombre
perdido en la corriente,
braceando contra el silencio inexorable;
10 ¡oh laxitud de la carne!,
dispensadme del lamento del sueño,
asidme del párpado azul
de la tormenta
y entregad mi ser al abismo,
mas, ¿cómo hablar
este dialecto inaprensible
sin arañar el alma?,
¿cómo decir lo inasible, lo etéreo,
el aroma de una flor de luto
cómo atraparlo
hallar su esencia, su tonalidad, su textura?,
¿cómo plasmar la abolición
del color, de la línea, del espacio,
de la sugerencia o el estímulo
sin que el vértigo anule los sentidos?:
polvo de ángel, la nada
sustrayendo al alma del ser
que se sueña diferencia y sustrato,
¿cómo se nombran las cosas
en el lenguaje de los muertos?,
¿dónde el tacto para señalarlas,
la luz,
la íntima materia
que hilvana los vocablos?,
¿qué espejo cóncavo o convexo
desmiente así mi imagen? ¿qué trance,
desde el espejo, ocultan esos ojos
cerrados? ¿qué otro yo me sueña
desde el otro?;
de mis labios este vaso, sumérgeme
en el reino descreído de tus manos,
indícame el camino de la casa;
yo sé, señor,
de la hermosura de tu rostro,
de la humilde cordura de tu amor,
de la bondad de tu palabra,
sé de la esencia de la nieve
según tus ojos constelados,
yo sé del pan y de la espiga
y de la ausencia omnisciente
de tu mirada de ave
pero no sé de tu muerte, no sé
de tus lágrimas
de hombre como lluvia del otoño;
tú, que todo lo alcanzas
alienta este soplo de noche encadenada,
triza la luz de mis ojos oferentes
que miran al mundo y se obstinan
en negarte, apaga
esta sed homicida de amor
y sella mis labios
con el nombre de lo eterno,
tú, que todo lo puedes,
que en tu cuerpo derramado el mundo
se hizo cáliz
vierte el agua y la palabra:
hágase la luz en carne mortal,
álcese la rama del árbol
de lo humano en tu reino inextricable,
señor, mitiga el hambre de Dios
con tu caricia
lunes 23 de febrero de 2009
"Fugaz", de Juan Ramón Mansilla
Darío MoralesFUGAZ
Nubes
Junto al amigo contemplar el poniente,
sus luces veladas por el humo
del tabaco. Hablar de cosas
malgastadas, viejos proyectos.
Sentados frente al mundo,
pequeños y solos, figuras
de Friedrich, negras hojas
que oscilan sin viento.
Hacer acopio de signos
como quien el invierno previene
y llena de pan la despensa
para cuando deje la lluvia
sólo limo en los campos.
Instantes para callar y reír,
retener e ignorar.
Oteando las nubes ajenos a los cielos.
Panorámica
Ni una nube, ni una mancha del día
en el cielo, ni delgadas líneas
de cisura entre campo y horizonte.
Una grúa entre pinos como un pino
más, apenas diferentes las casas
de la maleza que floreció allí
y allí estará muchos años después.
¿Y este empeño por hacer, transformar?
Vanamente se llena
el paisaje sino con el paisaje.
Lomas donde tender el cuerpo,
arroyos más sonoros en la noche,
árboles con el agua del verdor.
Rocas, barro, fuegos
que nos suplican no malgastar la poesía
en cálculos estériles sobre la eternidad.
Con cuánta inquietud preguntamos en las rudas
noches de enero y dejamos calentarse
las manos al rescoldo de tardías respuestas,
con qué docilidad pasamos las páginas
y escribimos ficciones al dorso,
cuánta respiración, cuánto silencio,
cuánta renuncia antes de tener
las primicias de mayo de nuevo en la boca.
Por la noche, mientras duermes,
haciendo de las suyas los fantasmas,
los relojes parados para luego,
un murmullo del que apenas sabes,
versos te vienen en el sueño,
pugnas por despertar y recordarlos,
hallar un papel donde queden bien
sujetos para la tarde siguiente.
Pero, siempre es así como sucede,
tiene tu amanecer esa amargura
que producen las mañanas,
acaso por la sensación de haber
perdido, y ya van tantos, el mejor,
el único de los poemas.
Ni el agua que transcurre torna a su manantial
ni la flor desprendida de su tallo
vuelve jamás al árbol que la dejó caer,
escribe Li Po,
quien según la leyenda se ahogó en una noche
de curda tratando de abrazar la luna
en el río.
Quizá él sea la figura que demora
su paso en una senda de montaña.
Un arroyo entre los riscos,
un cerezo da las primeras flores.
Las aves se elevan y desaparecen
como con las nubes las sombras.
Silba el viento del norte
acordes de mandolina, lejanos
tañidos de campana,
largo sonar de un mundo transitorio.
De pie, entona una canción
para las cimas que el añublo desvanece
en el equívoco sepia de la tinta.
Bien sabe que el despertar agosta
los racimos y bayas que maduró la noche,
y un cauce de agua hace
dudar de cuál es el curso verdadero.
Demasiada belleza para hablar de belleza,
demasiado silencio para hablar de silencio.
Mira el paisaje: Nada en él es blando ni duro,
nada en él calla si aún vibra una última nota
del eco de los pasos por el delta callado.
¿Cómo decir lo inefable sin contradicción,
clasificar lo irreductible a categorías,
dividir lo infinito sin hallar infinitos?
Mira el río: nunca es el mismo, se nos ha dicho,
creyendo más por comodidad que por análisis
que su solidez viene del agua, no del cauce.
¿Y el agua? Lo contingente, sí, tu contingencia
que desemboca en el mar y olvida
plantar en la orilla un ciprés por cada difunto.
Otra noche para Konstantinos Kavafis
Con cierta parsimonia el viejo poeta
toma la pluma y para nuevas estrofas,
¿en yambos o espondeos?, ¿elegíacas,
satíricas?, medita un asunto ¿sobre un sabio
sofista vituperado o falúas como ibis
en el delta?, ¿acerca de ventanas que no
existen?, ¿de la orquestina de un café o las ingles
de Antonio y Patroclo? ¿Marinos
devueltos por el mar, más jóvenes y bellos,
¡ah! sí, azules, azul zafiro, años después
del naufragio? ¿De Esmirna, Atenas,
Antioquía? ¿Del ágora o los suburbios?
¿Acaso de los días de 1903, rojo vino
todavía en el cáliz?
Pero algo, ¿una mano, una voz,
un sueño?, interrumpe sus reflexiones...
Y aunque ya la edad no concede
el vigor que el cuerpo le exige,
las noches alejandrinas son demasiado
salaces para perderlas con unos versitos.
La mariposa de Chuang-Tzé
Es cálida esta tarde de febrero
y los almendros visten la franela
malva de todo lo naciente.
Por unos instantes la realidad
nos exime de ser algo distinto
a nosotros según las leyes
falsas de la vida.
Hace calor, demasiado calor
para fechas semejantes. El clima,
como los abrazos, es relativo
y puede traer los fríos pasados
aunque en el plantío las rosas vayan
a abrirse a quemarropa.
No, no nos equivoquemos.
No es la primavera que se anuncia.
Cada estación tiene sus flores y su sed
y ésas son de las que dejan su olor
muriendo pronto.
Por mucho que sus años transcurrieran
lejos de allí de la casa de las voces
familiares por más que una ciudad
tras otra fue teatro de sus idas
bar tras bar y cuartucho por cuartucho
nunca dejó de llevar una caja
de zapatos con gusanos de seda
Los prodigios con frecuencia
suceden al alcance de la mano
y nada como el cartón de la caja
para comprender el milagro
de la metamorfosis aunque al abrirla
huyeran en vuelo las mariposas
Clase de música
Ludwig van (Beethoven, se entiende),
sin oír ni el silencio ni el aplauso
abandona el pentagrama a su ventura.
Poco significa un acorde más
si entornando los ojos puede escuchar un sueño.
Ser joven, estar allí, volver
a lo que ya nunca se repetiría.
¡Si la añoranza fuera solamente sonido!
Pero no dice nada. Lee en los labios,
mueve la mano queriendo atraparla
cerca de su boca.
Notas de deserción, sonidos de clausura.
Él -algo habitual en los sordos- las oyó.
Su cadencia fue la de un postigo que se cierra.
lunes 24 de septiembre de 2007
Clara Janés, "Huellas sobre una corteza"

HUELLAS
SOBRE UNA CORTEZA
Como una oveja perdida en la noche
me acogí a la fronda... (1)
El día partió con su hato de esperanza,
llevándose las horas y el horizonte virginal
donde todos los brotes apuntaban,
y la noche, que pudo ser cristal para los sueños,
se tornó un ojo oscuro
y el grito airado del muchacho
que me apartaba para dar paso a su rocín.
La tierra se estremeció ante el cuchillo de su voz…
Y yo, que sembraba y recogía,
sacaba agua del pozo,
disponía los alimentos sobre el mantel
y corría por los campos ondeantes de brisa
cuando tenues mariposas
expresaban el cauteloso vuelo del despertar,
sentí que esa voz cercenaba mi aliento.
Como una oveja perdida, sí, vagaba.
Y la noche
se asentó en todos los confines,
y el grito proseguía,
ocupaba la angosta callejuela,
y prendía en mi como una llama
porque, frente a su bestia, nada era yo
para el que lo lanzaba.
Y crecía su ansia de dominio,
y por su voz se abrieron hendeduras,
se cayeron las casas
y estallaron minas en mi seno,
que toda voz de hombre es voz de guerra.
Como una oveja perdida,
como una tierra exhausta de dar fruto
vagaba por el filo de esa voz
que me arrasaba
y establecía el olvido del amor,
y en la senda dejé manchas de sangre…
¡Cúbrelas!, me decía,
convoca una niebla azul
que confunda tus pasos con el mar.
Nadie sabrá si son las olas que han alisado el paisaje
y se mezclan con el humo
y esa nube de ira que se destaca gris
ocultando el umbral de la acogida…
Como una oveja perdida por el amor
me retiré a la espera
y amansé en mí su negación de mis trabajos
y sufrí que su mano, un día hoja suave,
se tornara de acero…
porque hubo un tiempo de inocencia
y el río fértil y sagrado reflejaba nuestros rostros,
de hombre y de mujer,
mezclándolos,
y creimos en el paraíso de nuestro corazón,
y entonces alguien dijo: os daréis las manos como pares,
os pondréis los anillos de igualdad,
compartireis la dignidad y el techo
y vuestras vidas seguirán paralelas
hacia el devenir…
Y en esa espera continúo
porque vuelven las flores del almendro
y se extiende el perfume de romero por los valles,
y blancas campanillas que indican la paciencia.
Yo llevo todavía los panes y los peces,
llevo los higos y las avellanas,
la miel y el vino...
Yo cumplo antes del alba con la luz,
lavo el horizonte con mis palabras,
dispongo el amanecer,
tejo con mis manos los instantes del día,
escribo sobre una corteza las sucesiones y los cambios…
Ninguna de estas cosas es inferior a una transacción,
a la soldadura del ala de una nave antes del vuelo,
al arma que desgarra la tierra,
o al clavo en la madera del ataúd.
Fui espigadora un día,
y pastora por los riscos,
preparé el queso
y por la noche cantaba a las flores dormidas
y a los niños
para que entraran en el dibujo de la luna,
en las ondas de plata,
y se mecieran.
Ahora sólo se oyen susurros de dolor.
Ponte la burka,
no enseñes más el rostro,
que ya nadie soporta el rostro del amor.
Esconde tu mirada
o endurece tus ojos hasta el pedernal,
que aquel que lamentaba vivir entre asesinos
ofrece sólo brumas de discordia
y arden los decorados del abrazo
y sus cenizas se extienden hasta la lejana curva del paisaje.
Ponte la burka,
que al alba no serás una flor en sus labios,
ni el canto del gallo indicará separación,
y aquella cita para morir juntos
bajo las cuchilladas entre trigos
enmudece en el aire,
pues han dado muerte al clamor amoroso
y arrastran por los caminos su cadáver.
Ponte la burka
y no hables de tus muslos de terciopelo,
no te atrevas a mencionar tus dedos ni tu boca,
rechaza a Salomón
que celebró tu vientre como montón de trigo
y te abrió como una flor a la plenitud.
Llama a una tempestad de nieve
que sepulte tu voz y tu memoria,
llama a una tempestad de arena
que se lleve las dunas del deseo.
Recógete bajo el vacío silencioso.
Ponte la burka
y que ya nadie vuelva a ver tus ojos.
Llegaban aves migratorias
y su sombra por los campos
acunaba a las mieses soñadoras del vuelo.
Llegaba el río
con los barcos de luz
empujando trayectos unidos a la vida
y yo con pies descalzos, por la hierba,
recogía la pesadumbre del amado en mi regazo
y engendraba el nuevo florecer de los jazmines
mientras un canto lúgubre
recordaba la muerte de los mártires,
cuando los alfileres de los grillos sujetaban la noche,
mas la caverna de su oscuro corazón
rechazó mi pecho
que era cuna de la desolación y el sueño
y sin descender al invisible fondo del amor
me marcó con un estigma…
Enterradme hasta la cintura
que él ha lanzado la primera piedra
y ya en la blanca tierra con mi sangre
el color de mi rostro se define.
Y corren manadas de potros desbocados junto al mar
para romper el dibujo de las olas,
y se desboca un cielo de nubes de tormenta
y cae una lluvia tenebrosa sobre el alma.
Enterradme, que sólo apuntan ya sones de lucha,
y el hombre,
que fue soporte a un aura iluminada,
perdido en sus límites,
tala los bosques del más allá
y mutila su raíz.
El día partió con su hato de esperanza,
la noche se asentó en todos los confines
Y pasa el muchacho con su rocín
y grita,
y la tierra se estremece por el cuchillo de su voz.
Y yo,
como una oveja perdida, vago.
Y se abren hendeduras por doquier
y se caen las casas
y es vano el canto de la tórtola al alba,
la plegaria del árbol,
la carrera del ciervo por el monte,
el correr del agua.
Y cae, cae esa lluvia tenebrosa.
Y todo es negro,
se incendian los barcos,
se tiñen de negro los océanos,
las grutas,
y la línea del horizonte
es el luto por la prístina alegría,
mientras estallan bombas,
saltan los cuerpos por el aire,
queda la tierra calcinada
y tanta muerte
siega el germen hasta en lo más recóndito.
Entra la luna con su lámpara e ilumina la sombra
y sólo ve despojos.
Se encabrita el caballo,
y el grito resuena al infinito
y me taladra.
Me amuralla el dolor,
no quiero la semejanza de empuñar un arma,
aspiro sólo a que la nada nos iguale
Pero, a brazadas, todavía recojo y enarbolo las palabras:
"Sólo el amor es capaz de vencer
la universal destrucción" (2).
Hubo un día en que empuñé la espada,
el silencio o el verbo.
Fui Eduana y hace cinco mil años
revelé que la fuerza de mi cuerpo
hasta a los dioses atemorizaba;
fui Savitrí y superé la hazaña de Orfeo:
conmoví a Yama, señor de la muerte,
con mi elocuencia,
y él a mi esposo devolvió el aliento;
fui Safo y negué paso al llanto en mi morada
y el eco de mi canto a la belleza
se escucha todavía por los prados;
fui Murasaki y escribí las aventuras de Gengi;
fui Lisístrata, Cleopatra, Antígona, Porcia, Teresa de Jesús…
Hoy como una oveja perdida en la noche, sigo,
porque sigue la noche,
y avanzo con firmeza hacia la oscuridad,
que acaso no volverá el día;
no, acaso ya no volverá…
jueves 20 de septiembre de 2007
Rosa Lentini, Cuaderno de Egipto
Rosa Lentini con sus mil palabras monótonas?
¿Te ha hablado de los templos, de la esfinge,
de las pirámides,
de sus grandes ancestros que dejaron de existir?
¿Qué mas te ha susurrado amor,
al enterrarte como reza la vieja canción?
ISMAEL KADARÉ
Isla Elefantina
Desde orillas de la isla plantas con flores blancas beben sobre el Nilo. A su lado, árboles con puntos blancos en las copas colmadas. Un ruido cruza el aire. De los sauces y las acacias salen las flores en bandada, y por unos instantes las ramas quedas desnudas y monócromas. Tu ojo registrará durante años esta ausencia suspendida. Tras un breve vuelo de reconocimiento, las aves regresan a su posición sobre la exacta rama del mismo árbol, ahora bullicio estático de vida.
Las barcas del Nilo
En diminutas barcas, usando los brazos como remos, se acercan niños a las falucas a cantar las canciones de moda que creen que los turistas desean oír. A unos ojos enterrados en una piel aceituna le pedimos una canción egipcia. Los ojos se iluminan mientras surge del delgado pecho del pequeño la tonada más dulce, y toda otra melodía deja de oírse a lo largo del río. Y aunque sorprendido no entiende por qué recibirá una recompensa a cambio de ese placer tan privado, por unos instantes sus ojos son más blancos en su piel oscura y su sonrisa cruza el amplio Nilo de una orilla a otra.
La faluca
Mientras la faluca se desliza, nuestro guía Mahmut cuenta las hazañas del faraón Ramsés -siempre el gran Ramsés II-, habla de los dioses Ra y Osiris, de sus hijos Set y Horus, y a su lado el joven barquero nos observa. Siglos de acontecimientos aparecen de nuevo bajo el toldo tórrido de esta barca, donde todos somos mecidos por las palabras inspiradas, melódicas y lentas del último descendiente copto del antiguo Egipto.
"Si lo que ya se ha vivido se escribe, se hace historia -dice-, se consigue hacerlo suceder dos veces"
En medio del valle, el templo de la primera faraón, Hatshepsut, el Edén, rescatado de la arena y coronado de montañas, en el oleaje de siglos del cielo. La historia: sus reinos desaparecidos tras diez y siete años de mandato, y el odio que coronó su contrato de la vida y escribió otro nombre en el cartucho. Sin embargo, blanca de sal fue la efigie del sucesor, tan enorme como necesaria para su pueblo, donde sólo la revancha despertó el deseo de superar a su antecesora. Pero si el negro limo del lago del templo dedicado a Hathor no llegó a guarecer la tierra fértil, del viento del desierto que con los siglos la secó, sí apagó la sed de debajo de la roca. Limo filtrado hasta la piel amiga, curtida y reseca de Nonufre y MeritreHatshepsut, sus hijas, quienes, como ella, esperan ser desenterradas. Su historia poco a poco hacia la luz, aflorando, algún lejano día.
Abu Simbel
En el interior de la montaña de arena, y tras subir los escalones de la escalera de metal, se obtiene una visión de la gran cúpula sobre el contorno posterior del templo.
Afuera, agobiado por el calor del mediodía, el corazón empezó a latirme con una nueva y descompensada fuerza.
Ya en la sombra, cuento el bombeo de la sangre y observo la inmensa ingeniería que soporta la montaña y guarda el templo de Ramsés.
Estamos dentro del bosque de cemento que dejó que los muertos regresaran, y caminamos sobre sus hombros, vivimos sobre sus voces en el interior de este tronar mudo.
Una masa violenta de hormigón nos aísla y salvaguarda la piedra caliza y el derrumbe de las rocas. Protege incluso esta vena mía que se dilata y se acerca a la arena de allá abajo,
a los túmulos de granos que silencian sobre la boca las palabras que vuelven: "ausencia de rizos de agua", "sal", "frescor de sombra".
Si a lo invisible lo sepulta lo visible, el arte es un poema, cúpula y centro de otro poema del que se sostiene sólo los bordes.
El mercado de El Cairo
El gran poeta de Alejandría sobresale en el alto Egipto antiguo. Pero en El Cairo y en el Egipto moderno el gran personaje es -y por la abundancia su obra y sus diferentes registros ahora nos parece que siempre lo fue-, Naguib Mahfuz. El autor de "El callejón de los milagros" vive en las calles angostas del mercado de la capital, se contornea en el humo de los narguiles que se fuman en las mesas de los cafés al aire libre, o penetra en las ventanas a medio abrir y habitadas de las casas, pero también pervive en el diferente Akhenatón, cuya figura se considera tanto en la historia real como en las hipótesis que la historia antigua inventa, como la de un semidios hereje. Mahfuz, que ha escrito sobre el afeminado faraón esposo de Nefertiti, sabe que pequeñas y grandes cosas se confabulan para formar una corriente que desborda a los hombres, pero a la que un hombre solo, un escriba como él, antepone una visión revisora del pasado, herética para la gran mayoría. Y aunque la corriente del Nilo lleve necesariamente al delta, envolviendo las voces en el oleaje que una primera ola arrastra fuera de Egipto, las palabras que se pronuncian seguirán su viaje en el sueño de las ventanas semicerradas, de los estrechos callejones umbrosos del mercadillo de El Cairo.
La llave del mundo
Del antiguo Egipto destaca su geografía egocéntrica. El dibujo del mundo en forma de triángulo con una punta hacia abajo reunía las dos partes del país, la alta y la baja. Una línea en el centro lo partía en dos. La figura obtenida de esta representación era la llave de la vida, la llave de toda existencia. En términos generales el norte era rico y el sur bastante más pobre. Las grandes capitales como Memphis, Tebas o Alejandría florecían en la frontera al borde del Nilo o en el delta cerca del mar.
Egipto tendía a las estrellas o se abismaba en la arena.
Como una llave de la vida inmensa hecha de plomo dorado se abren hoy los dos templos a Abu Simbel o el de Luxor, en la antigua Tebas, con sus columnas, obeliscos, estatuas de dioses y la gran avenida incompleta de tres kilómetros de esfinges que unían antiguamente esta última construcción a la de Karnak.
Al volver al barco después de la visita a Luxor, un grupo de chiquillos que saludaba a los turistas, en la avenida que desciende hasta llegar al florido puerto, hizo un corro a nuestro alrededor. La niña más pequeña, con una cara hermosa como el rostro del mundo despertando, se acercó a mi falda. De Egipto me llevé el recuerdo de esas mejillas iluminadas, en donde fui a buscar el vuelo increíble de los pompones rojos que florecen en las acacias, y encontré el fruto de la semilla que planté como un beso, e hice crecer, como llave de vida, en el blanco de los dientes de una sonrisa.
Un poema ocre como un atardecer de playa en la costa del delta bordea el mediterráneo. Poema quemado por el sol del mediodía y del norte. Poema que huele a yodo y a salina. Un blanco entre versos acerca el dedo sobre los labios del poeta de Alejandría. Él se tragó las sílabas finales de todas las estrofas. Las lanzó a la hora en que el reflujo de la marea las hunde en lo profundo de la arena, en el fondo de la melodía de las olas. Algún día, estas mismas dunas marinas formarán la única presencia sobre el suelo de Egipto. Y entonces, erosionados por el paso del tiempo cuya acción combinada de sal y agua pulió sus cantos, los finales de estrofa volverán a nacer naturalmente. Romos, se encaminan a su muerte natural, como estos gramos de sueño en los que apoyamos la cabeza sobre estas playas, estas tempestades rojizas en el sueño. Buenas noches arena, sin un poeta que termine tu canción.
La cancíon del río y de la arena
He visto lo que ha hecho la vanidad de los hombres con la tierra y la roca. Alguien sueña con un pasado muy antiguo. Bajo los grandes artesonados del templo de Karnak, alguien cuenta lo que no es dado a ninguno: los pasillos de relieves, las cabezas grises colgando en la sombra, el encuentro de las barcas de los dioses en el centro del Nilo un día de fiesta, mientras la tarde dora los parterres.
Nadie en este recuento de pasos.
La canción que nace de la arena que canta el río, del viento que levanta la arena y la entierra, acaba aquí.
Con algunos nombres adivinados la puerta de Egipto se abre.
El sueño que el universo sueña coloca lentamente nuestra silueta sobre estos contornos milenarios, espirales de la sombra.
Ricardo Iribarren, Poemas.
El tigre que me espera en la espesura
tiene mis mismos ojos
donde el pan y el fuego
tejen las llamas sutiles
de todos los imperios.
El tigre que me espera en la espesura
tiene mi mismo sino. Sólo que yo
he caminado los senderos que él desdeña,
me he sumergido en abismos
donde no llegan tigres ni silencios.
He bebido el dolor de milenios
y he esperado el atardecer de mi vida
mientras mis manos verdes
caían a pedazos
sosteniendo los trozos de la jarra
rota diariamiente por la tarde.
El tigre brama. En su piel
lloran los hologramas
y los lejanos pucheros de la noche
aguardan que los beba
y los beba
hasta que el infinito se pudra
junto a un hermoso cadáver
en un costado de cualquier camino
mientras un coro de brujas
arrulla destripados gatos
en un silencio cómplice de sombras.
Eratóstenes se quitó las sandalias
y caminó descalzo la tierra
hacia el fondo de su jardin
donde latían las rosas de la cifra
Se acostó sobre la hierba
y soñó con la circunferencia:
una lámpara
visitada por los insectos de la cantidad.
Eratostenes despertó
y esa tarde
volvió a quitarse las sandalias
y a caminar descalzo los senos de su amada.
Luego se acostó en el jardín
y soñó con sus ojos
con las volutas de su cuello
( los mosquitos de la cifra
discutían sus resultados
mordisqueando su sangre y sus anhelos).
Después una tormenta
cayó sobre el jardín.
Lluvia de sangre,
pájaros desmembrados. Eratóstenes
fue un cúmulo de sueños:
manos, pies
pecho y vientre atardecidos
que derivaron los arroyos de la lluvia
se evaporaron lentamente
y una niebla descalza
llegó a las muchachas que dormían
y les habló de amantes
y de sueños
de tempestades súbitas
y amores que escapan a las cifras
y llegan a la perfección del número
donde los prados son verdes,
donde las noches
sueñan al soñador y anémonas
le muestran sus cinturas cenicientas
Eratóstenes se alejó descalzo
pisando la cintura de su amada.
Enano Eratóstenes en la mujer desnuda
cuya circunferencia
tenía un diámetro igual a su radio.
y las langostas de la cantidad
mordieron el sexo de Eratóstenes
quien no encontró ecuación que resumiera
la suavidad de su amante
la serenidad de sus pezones
y los pájaros que encerraban sus cavernas.
Después no quiso ver.
Todas las circunferencias
desfilaron por sus ojos y la endura
endureció sus alas y presionó su glotis
y se alejó la amada
en pleno mediodía
con ausencia de sombras
y no la vio
y el hambre se aglutinó en su frente
y los insectos de la cantidad
revolotearon sobre su cadáver
mientras un peregrino
llegaba a la ciudad de Alejandría
con un pergamino conteniendo su sombra
y todas sus miradas níveas
y proclamó en la vereda del museo
la perfección del número
y trazó con los rasgos del sol
la perfecta
la luminosa
la rotunda
circunferencia de la tierra.
El cíclope
La fotografía es de Elena Zurikhina

