El Toro de Barro

El Toro de Barro

domingo, 18 de marzo de 2018

«La luz del mundo», de Derek Walkott

Poema LA LUZ DEL CIELO, de Dereck Walcott; L. Ref. Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Derek Walkott
(Santa Lucía –Antillas–, 1930 - 2017)
La luz del mundo

Versión de Vicente Aranda



Kaya ahora,  necesito kaya ahora,
Necesito Kaya ahora,
Porque cae la lluvia.
—Bob Marley




Marley cantaba rock en el estéreo del autobús
y aquella belleza le hacía en voz baja los coros.
Yo veía dónde las luces realzaban, definían,
los planos de sus mejillas; si esto fuera un retrato
se dejarían los claroscuros para el final, esas luces
transformaban en seda su negra piel; yo habría añadido un pendiente,
algo sencillo, en otro bueno, por el contraste, pero ella
no llevaba joyas. Imaginé su aroma poderoso y
dulce, como el de una pantera en reposo,
y su cabeza era como mínimo un blasón.
Cuando me miró, apartando luego la mirada educadamente
porque mirar fijamente a los desconocdios no es de buen gusto,
era como una estatua, como un Delacroix negro
La Libertad guiando al pueblo, la suave curva
del blanco de sus ojos, la boca en caoba tallada,
su torso sólido, y femenino,
pero gradualmente hasta eso fue desapareciendo en el
atardecer, excepto la línea
de su perfil, y su mejilla realzada por la luz,
y pensé, ¡Oh belleza, eres la luz del mundo!
No fue la única vez que se me vino a la cabeza la frase
en el autobús de dieciséis asientos que traqueteaba entre
Gros-Islet y el Mercado, con su crujido de carbón
y la alfombra de basura vegetal tras las ventas del sábado,
y los ruidosos bares de ron, ante cuyas puertas de brillantes colores
se veían mujeres borrachas en las aceras, lo más triste del mundo,
recorriendo a tumbos su semana arriba, a tumbos su semana abajo.

El mercado, al cerrar aquella noche del Sábado,
me recordaba una infancia de errantes faroles
colgados de pértigas en las esquinas de las calles, y el viejo estruendo
de los vendedores y el tráfico, cuando el farolero trepaba,
enganchaba una lámpara en su poste y pasaba a otra,
y los niños volvían el rostro hacia su polilla, sus
ojos blancos como sus ropas de noche; el propio mercado
estaba encerrado en su oscuridad ensimismada
y las sombras peleaban por el pan en las tiendas,
o peleaban por el hábito de pelear
en los eléctricos bares de ron. Recuerdo las sombras.

El autobús se llenaba lentamente mientras oscurecía en la estación.
Yo estaba sentado en el asiento delantero, me sobraba tiempo.
Miré a dos muchachas, una con un corpiño
y pantalones cortos amarillos, una flor en el cabello,
y sentí una pacífica lujuria; la otra era menos interesante.
Aquel anochecer había recorrido las calles de la ciudad
donde había nacido y crecido, pensando en mi madre
con su pelo blanco teñido por la luz del atardecer,
y las inclinadas casas de madera que parecían perversas
en su retorcimiento; había fisgado salones
con celosías a medio cerrar, muebles a oscuras,
poltronas, una mesa central con flores de cera,
y la litografía del Sagrado Corazón,
buhoneros vendiendo aún a las calles vacías:
dulces, frutos secos, chocolates reblandecidos, pasteles de
nuez, caramelos.
Una anciana con un sombrero de paja sobre su pañuelo
se nos acercó cojeando con una cesta; en algún lugar,
a cierta distancia, había otra cesta más pesada
que no podía acarrear. Estaba aterrada.
Le dijo al conductor: «Pas quittez moi a terre»,
Qué significa, en su patois: «No me deje aquí tirada»,
Qué es, en su historia y en la de su pueblo:
«No me deje en la tierra» o, con un cambio de acento:
«No me deje la tierra» [como herencia];
«Pas quittez moi a terre, transporte celestial,
No me dejes en tierra, ya he tenido bastante».
El autobús se llenó en la oscuridad de pesadas sombras
que no deseaban quedarse en la tierra; no, que serían abandonadas
en la tierra y tendrían que buscarse la vida.
El abandono era algo a lo que se habían acostumbrado.
Y yo les había abandonado, lo supe allí,
sentado en el autobús, en la media luz tranquila como el mar,
con hombres inclinados sobre canoas, y las luces naranjas
de la punta de Vigie, negras barcas en el agua;
yo, que nunca pude dar consistencia a mi sombra
para convertirla en una de sus sombras, les había dejado su tierra,
sus peleas de ron blanco y sus sacos de carbón,
su odio a los capataces, a toda autoridad.
Me sentía profundamente enamorado de la mujer junto a la ventana.
Quería marcharme a casa con ella aquella noche.
Quería que ella tuviera la llave de nuestra cabaña
junto a la playa en GrosIlet; quería que se pusiese
un camisón liso y blanco que se vertiera como agua
sobre las negras rocas de sus pechos, yacer
simplemente a su lado junto al círculo de luz de un quinqué de latón
con mecha de queroseno, y decirle en silencio
que su cabello era como el bosque de una colina en la noche,
que un goteo de ríos recorría sus axilas,
que le compraría Benin si así lo deseaba,
y que jamás la dejaría en la tierra. Y decírselo también a los otros.

Porque me embargaba un gran amor capaz de hacerme
romper en llanto,
y una pena que irritaba mis ojos como una ortiga,
temía ponerme a sollozar de repente
en el transporte público con Marley sonando,
y un niño mirando sobre los hombros
del conductor y los míos hacia las luces que se aproximaban,
hacia el paso veloz de la carretera en la oscuridad del campo,
las luces en las casas de las pequeñas colinas,
y la espesura de estrellas; les había abandonado,
les había dejado en la tierra, les dejé para que cantaran
las canciones de Marley sobre una tristeza real como el olor
de la lluvia sobre el suelo seco, o el olor de la arena mojada,
y el autobús resultaba acogedor gracias a su amabilidad,
su cortesía, y sus educadas despedidas

a la luz de los faros. En el fragor,
en la música rítmica y plañidera, el exigente aroma
que procedía de sus cuerpos. Yo quería que el autobús
siquiera su camino para siempre, que nadie se bajara
y dijera buenas noches a la luz de los faros
y tomara el tortuoso camino hacia la puerta iluminada,
guiado por las luciérnagas; quería que la belleza de ella
penetrara en la calidez de la acogedora madera,
ante el aliviado repiquetear de platos esmaltados
en la cocina, y el árbol en el patio,
pero llegué a mi parada. Delante del Hotel Halcyon.
El vestíbulo estaría lleno de transeúntes como yo.
Luego pasearía con las olas playa arriba.
Me bajé del autobús sin decir buenas noches.
Ese buenas noches estaría lleno de amor inexpresable.
Siguieron adelante en su autobús, me dejaron en la tierra.
Entonces, un poco más allá, el vehículo se detuvo. Un hombre
gritó mi nombre desde la ventanilla.
Caminé hasta él. Me tendió algo.
Se me había caído del bolsillo una cajetilla de cigarrillos.
Me la devolvió. Me di la vuelta para ocultar mis lágrimas.
No deseaban nada, nada había que yo pudiera darles 
salvo esta cosa que he llamado «La Luz del Mundo».



Grandes Obras de 
EToro de Barro
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2002.
PVP 10 euros.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.








































martes, 6 de marzo de 2018

«El séptimo hombre», de Attila József

Adriano, por Pierre Gonnord
Attila József
 (Hungría, 1905-1937)
El séptimo hombre
Traducción de Pablo Reina


Si a este mundo te lanzas
mejor que nazcas siete veces.
La primera en una casa en llamas,
otra en una helada inundación,
otra en un manicomio desquiciado,
otra en un campo de trigo maduro,
otra en un claustro vacío,
y otra en un chiquero entre puercos.
Seis bebés berreantes no bastan:
tú mismo debes ser el séptimo.

Cuando debas luchar por sobrevivir
deja que tu enemigo vea siete.
Uno que no trabaja en domingo,
otro que comienza su labor en lunes,
otro que enseña sin que le paguen,
otro que aprendió a nadar ahogándose,
otro que es semilla del bosque
y otro por antepasados salvajes protegidos.
Pero todas sus tretas no bastan:
Tú mismo debes ser el séptimo.

Si quieres encontrar mujer
deja que siete hombres la busquen.
Uno que dé su corazón por las palabras,
otro que se ocupe de sí mismo,
otro que diga ser soñador,
otro que pueda sentarla bajo la falda,
otro que sepa de chasquidos y señuelos,
otro que se enreda en su chalina,
deja que la rodeen como moscas.
Tú mismo debes ser el séptimo.

Si escribes y te alcanza para hacerlo
deja que siete hombres escriban tu poema.
Uno que levanta pueblos de mármol,
otro nacido en un sueño,
otro que traza el cielo y lo conoce,
otro a quien las palabras llaman por su nombre.
otro que perfeccionó su alma,
otro que disecciona ratas vivas.
Dos son valientes, cuatro son sabios.
Tú mismo debes ser el séptimo.

Y si todo ocurre según lo escrito
morirás por siete hombres.
Uno al que mecen y amamantan,
otro prendido a pechos jóvenes y firmes,
otro que arroja platos vacíos,
otro que ayuda a los pobres a vencer,
otro que trabaja hasta quebrarse,
otro embelesado por la luna.
El mundo será tu lápida:
tú mismo debes ser el séptimo.




 Grandes Obras de
El Toro de Barro

Juan José Mendoza
El hospital inglés
Premio de Cuentos del Ateneo de la Laguna
Ediciones El Toro de Barro, Carlos Morales Editor
Tarancón de Cuenca, 2004.
ISBN: 84-95543-95-8
64 páginas.


















martes, 21 de febrero de 2017

«Al príncipe», de Pier Paolo Pasolini

Bet Hardy 
Pier Paolo Pasolini
(1922-1975)

Al príncipe
Versión de Juan Carlos Villavicencio








S
I retorna el sol, si desciende la tarde,
si la noche tiene sabor de noches futuras,
si una tarde de lluvia pareciera volver
de tiempos demasiado amados y nunca del todo nuestros,
no soy más feliz ni gozando ni sufriendo:
delante de mí no siento más toda la vida...

Para ser poeta se debe tener mucho tiempo:
horas y horas de soledad son la única manera
para forjar algo, que sea fuerza, abandono,
vicio, libertad, para dar estilo al caos.

Ahora tengo poco tiempo: por culpa de la muerte
que ya viene en el ocaso de la juventud.
Pero también por culpa de nuestro mundo humano,
que a los pobres quita el pan, y a los poetas toda paz.





Se torna il sole, se discende la sera, / se la notte ha un sapore di notti future, / se un pomeriggio di pioggia sembra tornare / da tempi troppo amati e mai avuti del tutto, / io non sono più felice, né di goderne né di soffrirne: / non sento più, davanti a me, tutta la vita… // Per essere poeti, bisogna avere molto tempo: / ore e ore di solitudine sono il solo modo / perché si formi qualcosa, che è forza, abbandono, / vizio, libertà, per dare stile al caos. // Io tempo ormai ne ho poco: per colpa della morte / che viene avanti, al tramonto della gioventù. / Ma per colpa anche di questo nostro mondo umano, / che ai poveri toglie il pane, ai poeti la pace.


De su libro
La religione del mio tempo,
Garzanti, 1961


                        


Grandes Obras de
EToro de Barro
Las peregrinaciones
Ediciones El Toro de Barro
Carboneras del Guadazón,
Cuenca 1965
(Agotado)