El Toro de Barro

El Toro de Barro

sábado, 17 de diciembre de 2016

«El séptimo hombre», de Attila József

Adriano, por Pierre Gonnord
Attila József
 (Hungría, 1905-1937)
El séptimo hombre
Traducción de Pablo Reina


Si a este mundo te lanzas
mejor que nazcas siete veces.
La primera en una casa en llamas,
otra en una helada inundación,
otra en un manicomio desquiciado,
otra en un campo de trigo maduro,
otra en un claustro vacío,
y otra en un chiquero entre puercos.
Seis bebés berreantes no bastan:
tú mismo debes ser el séptimo.

Cuando debas luchar por sobrevivir
deja que tu enemigo vea siete.
Uno que no trabaja en domingo,
otro que comienza su labor en lunes,
otro que enseña sin que le paguen,
otro que aprendió a nadar ahogándose,
otro que es semilla del bosque
y otro por antepasados salvajes protegidos.
Pero todas sus tretas no bastan:
Tú mismo debes ser el séptimo.

Si quieres encontrar mujer
deja que siete hombres la busquen.
Uno que dé su corazón por las palabras,
otro que se ocupe de sí mismo,
otro que diga ser soñador,
otro que pueda sentarla bajo la falda,
otro que sepa de chasquidos y señuelos,
otro que se enreda en su chalina,
deja que la rodeen como moscas.
Tú mismo debes ser el séptimo.

Si escribes y te alcanza para hacerlo
deja que siete hombres escriban tu poema.
Uno que levanta pueblos de mármol,
otro nacido en un sueño,
otro que traza el cielo y lo conoce,
otro a quien las palabras llaman por su nombre.
otro que perfeccionó su alma,
otro que disecciona ratas vivas.
Dos son valientes, cuatro son sabios.
Tú mismo debes ser el séptimo.

Y si todo ocurre según lo escrito
morirás por siete hombres.
Uno al que mecen y amamantan,
otro prendido a pechos jóvenes y firmes,
otro que arroja platos vacíos,
otro que ayuda a los pobres a vencer,
otro que trabaja hasta quebrarse,
otro embelesado por la luna.
El mundo será tu lápida:
tú mismo debes ser el séptimo.




 Grandes Obras de
El Toro de Barro

Juan José Mendoza
El hospital inglés
Premio de Cuentos del Ateneo de la Laguna
Ediciones El Toro de Barro, Carlos Morales Editor
Tarancón de Cuenca, 2004.
ISBN: 84-95543-95-8
64 páginas.


















martes, 29 de noviembre de 2016

«Crucifixión», de Federico García Lorca









Federico García Lorca
 (España, 1898 – 1936)
Crucifixión


La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos.
Un rayo de luz violeta que se escapaba de la herida
proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto.
La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban,
pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos.
Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente
ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas.
Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca.
Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos.
Un sastre especialista en púrpura
había encerrado a tres santas mujeres
y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana.
Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco,
que lloraba porque al alba
tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja.
¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina!
¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxiden los planetas!
Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse.
Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron:
Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche.
La muchedumbre cerraba las puertas
y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón
mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores
y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros.
Esa maldita vaca
tiene las tetas llenas de perdigones,
dijeron los fariseos.
Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos
estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo.
Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida.
Porque la luna lavó con agua
las quemaduras de los caballos
y no la niña viva que callaron en la arena.
Entonces salieron los fríos cantando sus canciones
y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del río.
Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita
no nos dejará dormir, dijeron los fariseos,
y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle
dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios
mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.
Fue entonces
y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.


Del libro
 Poeta en Nueva York (1940)


 Grandes Obras de
EToro de Barro
Carlos Edmundo de Ory
Noches dantescas

Col. La piedra que habla
Carlos Morales ed.
Ediciones El Toro de Barro
Tarancón de Cuenca 2000
edicioneseltorodebarro.yahoo.es

  






















viernes, 18 de noviembre de 2016

«Los únicos días de eternidad de A. Tello», de Jorge Rodríguez Hidalgo




Jorge Rodríguez Hidalgo
 (España, 1961)
Los únicos días de la eternidad de A. Tello


Anoche soñé que montaba un potro blanco y
que galopaba por los andurriales periféricos de una
ciudad que suponía abandonada.

De Los días de la eternidad, de A. Tello



(
En la calle de Buenos Aires,
junto a "Pescados Videla",
la madrugada regentaba nuestra desolación
y ordenaba el caos de la amargura
que, sin saberlo, por el Atlántico
avanzaba hacia nosotros.)

Aire y nubes; miedo y angustia
y una vaga idea de las Indias colonizadoras...
Tal era tu bagaje
cuando del Nuevo Mundo llegaste
al mundo nuevo;
fueras Antonio, o Rafael,
o aquel Julián Tapia que siempre llegaba en el pasado,
llegaste con la muerte en los talones
-que era mucho entonces-,
cuando la voluntad era privilegio de héroes
o atributo de traidores
y Cary Grant estaba a punto de morir gracias a Hitchcock.

De golpe, inauguraste el mundo.
Aquí estábamos los indígenas
esperando que alguien nos dijera
que estábamos en tierra.
Viniste antonio -que es el nombre del hombre solo.
Viniste antonio, sí,
porque llegaste antonio,
sin prisas,
pues el tiempo no existía,
a pesar de que todo era tiempo entonces.
Llegaste con la muerte en los talones
-esa muerte que sólo a los poetas acecha.
Y vinimos a nacer en tu retina,
mientras el tiempo, que todo lo cubría, era aún extranjero.

La tez bruna, negro, no eras argentino
aunque argentino fueras. Eras poeta, ¡qué desgracia!
Te vimos antonio, Antonio;
te vimos llegar, te vimos merodear por la conciencia
de los que no piden espacio -ese lugar extraño-;
te vimos llegar
poniendo boca a la desesperación
de quienes no sabíamos de qué desesperábamos.

Y nos trajiste el argumento.
Fuiste Homero, con tus dedos
sonrosados por una aurora
de esperanza
que ahora nos parece arrogancia.
Nos asignaste tus atributos de hombre
para que, como personajes reales,
viéramos tu ficción de hombre
removido por el sueño a sangre del pasado.
Y nosotros, Ulises o Aquiles de ti
-porteador de la amargura-,
nos empeñamos en la obra
de tenerte siempre como padre,
o tal vez como el viejo
que nunca se despidió de ti
porque toda la muerte estaba aún por vivirse.

Ahora, ungidos de la sustancia del tiempo
-de tu tiempo detenido en la eternidad-
nosotros, los elegidos,
queremos salir de ti, antoniotello,
para disponer el silencio a tu manera,
un silencio por donde galope el potro blanco
entre hombres fabulosos
que te recuerden que el mundo
es nuevo, a pesar de todo.





 Grandes Obras de
El Toro de Barro
Ángel Crespo
No sé cómo decirlo
Ediciones el Toro de Barro
Carboneras del Guadazaón,
Cuenca 1965

Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
























jueves, 17 de noviembre de 2016

«El árbol», de Amir Gilboa


So Nathaliev, Un momento en el paraíso
Amir Gilboa
 (Ucrania, 1917 – Israel, 1984)


El árbol
Traducción de Gerardo Lewin
 
 


Por esta senda, de seguro, ya no andaré otra vez.
Ahora apoyo mi mano sobre la corteza del árbol.
Probablemente antes de que caiga la lluvia alguien distinto
pasará por aquí, apoyará también su mano sobre el árbol
y sin saberlo agregará, por sobre un toque de aire, otro.

Caerá luego la lluvia y las huellas todas de nuestras manos
se deslizarán hacia la tierra en donde nace el árbol,
serán bebidas por el suelo, alcanzarán las raíces,
subirán por el tronco y por las ramas
y darán a las hojas renovada lozanía.

Dónde estaré cuando el breve y verde aliento de mis manos
y de las manos de quienes después de mí lleguen
se fundan en la incesante brisa de vegetal eternidad.





Grandes Obras de 
El Toro de Barro
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2002.
PVP 10 euros.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.