El Toro de Barro

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jueves, 3 de julio de 2014

«El libro», de Carlos Morales

Poema El libro, de Carlos Morales. Traducido por Anat Hidekel (אנת חדקל); de EL LIBRO DEL SANTO LAPICERO. L. Ref Carlos Morales, "Salmo” Col. «Cuadernos del Mediterráneo» Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2005. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Carlos Morales
(España, 1959)
El libro
Traducción al hebreo de Anat Hidekel
(אנת חדקל)


El libro que abro.
El libro que yo soy.
El libro de páginas selladas
que nunca te escribí,
recuerdos que empaqueto
de una lámpara colgado,
y estas mudas rosas,
y estos versos tercos que aún me quedan,
todo cuanto debo
llevarme adonde voy,
es el libro que beso para no perderte,
amor, en medio de la luz
que a su fondo me arrastra
con sus cuerdas de oro,
la luz que me lleva
allí donde empieza una vida sin ti,
y es todo silencio,
y yo como un pájaro entrando en la blancura...

***
הספר
Carlos Morales


הספר שאני פותח
הספר שבי אני
הספר שכל עמוד בו
חתום בשמי
ומעולם לא כתבתי
זכרונות שאני נושא
עששית האור התלויה בחשכה
הורדים האילמים
הפתגמים העקומים
שעדיין נותרו לי
הנם כל מה שאני חייב לקחת אתי
לכל מקום אליו אני הולך
זה הספר לו אני נושק
בכדי לא לאבד אותך
כאהבה בחצי האור
הגוררת אותי אל העומק
בשלשלאות הזהב שלה
היא המובילה אותי אל האור
האור שלוקח אותי
למקום בו מתחילים שוב חיי בלעדייך
מקום בו הכל כבוי ושקט
ואני כציפור מתכנס אל הלובן הערפילי





De
El Libro del Santo Lapicero
Valdepeñas, 2000.
Prmº Internacional de Poesía Juan Alcaide. 



Grandes Obras de 
El Toro de Barro 
Carlos Morales, "Salmo”, Col. «Cuadernos del Mediterráneo», Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2005.
Carlos Morales, "Salmo
Col. «Cuadernos del Mediterráneo»
Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca, 2005.

 





















martes, 29 de enero de 2013

"Música", de Antonella Anedda



"La música", de Antonella Anedda. Poesía de El Toro de Barro.

Antonella Anedda
Sica





No son nobles las cosas que nombro en poesía:
están debajo del paladar, atentas, conscientes sólo del calor,
ignorando la lengua.
Se escuchan, oyen el movimiento, la onda de un eco,
que lleva rojas letras, destinos y un remolino de voces
perdidas -como siempre- en lo que es sombrío y profundo.
Digo luego otra vez: árboles, o mejor, plátanos,
atraídos por el agua y aferrados a la superficie de las piedras.
Esto sí que es difícil: cantar lentamente su milagro,
ese peso de luz, esa sombra
que se cruza con el viento y se expande en el olor del prado.
Todo es un cuerpo donde el alma llega con retraso
pero resplandece el otoño en los rincones y la palabra se forma
con su ritmo justo: en grumos, en vacío,
a saltos, dentro de los siglos.
Y no es la música lo que nombras sino un ruido de vajilla, de granizo
que castiga las paredes.


De su libro
 Il catalogo della gioia, 2003




Musica


No son nobili le cose che nomino in poesia: 
stanno sotto il palato, attente, coscienti solo del caldo
ignare della lingua.
Se ascoltano, sentono il moto, l'onda di un 'eco
che porta rosse lettere, destini, e un turbine di voce
smarrite -como sempre- in ciò che è cupo e cavo.
Dunque di nuovo dico: alberi -anzi- platani
attirati dall'acqua e sostenutti ai bordi dalle pietre.
Questo sì è difficile: cantarne piano il miracolo
quel peso nella luce, quell' ombra
che s' incrocia col tempo e divampa sull' odore del prato.
Tutto è corpo che l' anima raggiunge con ritardo
ma sfolgora l'autunno in cantuccio e la paralola si forma
con il ritmo che deve: a grummi, a vuoti
a scatti dentro i secoli.
E non è la muscia che dici, ma un rombo di stoviglie,
di grandine che batte contro i muri.


























viernes, 27 de julio de 2007

Poesía del Holocausto, Antonella Anedda, "Las tres estaciones"

El debate sobre la naturaleza moral de la colaboración de las víctimas judías y sus ejecutores nazis sigue abierto. En la imagen, una víctima de la Shoa lame las botas de su verdugo, grabada durante la representación de Guantes de piel humana, de Carlos Morales y Julio C. Lourtau (ambos en escena), la primera obra de teatro sobre el Holocausto escrita en lengua castellana.


Las tres estaciones

Traducción de Emilio Coco


I
Echa tu pan a la superficie del agua, lo encontrarás en los días: no encontraremos el alimento, ni la recompensa, no la levedad sino el hacha pesada de la bendición.

Quien pierde tiene la espalda libre para cargar con el mundo. Ningún equipaje para arrastrar mejor el hierro y la madera de un carro, y dejar que en el dorso se amontonen el aire y la lluvia, la multiplicidad, el desorden de las cosas. No es la resignación terrena sino la fuerza dócil de Cristo que en Getsemaní responde a los soldados: sí soy yo; la pobreza de la roca, de la mortaja vacía por el peso de los pecados humanos.

Giotto vio todo esto en la Renuncia de los bienes de Asís. Francisco está desnudo pero en torno a su privación, en el ángulo recto de su cuerpo arrodillado todo pesa: las arquitecturas, el escudo del cielo, las vestiduras; todo se espesa como si la ciudad con sus cuidados, sus ganancias, su beneficio no esperaran más que su gesto.

Tal vez la santidad sea hacerse burro: ser la borrica que siente en los ijares la espina de los olivos, en la fatiga de la mañana, bajo el gran cuerpo de Dios, en el gran casco de Jerusalén.


II
Tenemos muy poco para no pecar a través de los seres humanos, para impedir que el rencor se mueva entre los cuerpos y recorra un trayecto hasta crear un horizonte.

Podemos sólo constreñir al odio a recaer en nosotros, exactamente, simplemente, como el agua del jardín que la tierra vuelve oscura y olvida. Un solo chorro. Es el misterio del miedo, hermano del pecado, el tremendo asomar de los dos, el uno puente del otro, el uno empujado por el otro. Sin embargo, existe la gracia de un punto oscuro y perfecto, la posibilidad de que el mal permanezca en nosotros hasta descomponerse, hasta morir antes de alcanzar a los demás.

No la huida, sino la espera que protege e impide al mal que nos atraviese. Nosotros estamos en la mesa del Señor, estamos de lado, todavía lejos de cualquier cruz, aunque volcada como la de Pedro. No podemos redimir sino defender. Somos el perro ligero que el Veronés pinta en la Última cena: tumbado y en vilo, su pequeño cuello golpeado y bendecido por el mantel de hilo.

III
Al contestar a Gershom Scholem que le acusaba de falta de Herzenstakt, de dureza e insensibilidad por haber estigmatizado la colaboración de funcionarios judíos durante la “solución final”, Hannah Arendt plantea una cuestión importante: “He sostenido”, escribe, “que no existía ninguna posibilidad de oposición, pero existía la posibilidad de no hacer nada”.

No hacer el mal, no acogerlo, significa de alguna manera obligarlo a un trayecto más largo, retardarlo en una acción política que es posibilidad de dilación, lentitud que puede salvar una vida.


Es verdad, no obedecer era la diferencia que probablemente hubiera consentido: organización, huida, salvamento o rebelión. Sin embargo esto no ocurrió y no ocurrió por lo que el mal promete y puntualmente niega, por ese eterno “quizás” que oscila cosiendo la incertidumbre al horror.


Un ser humano obedece por miedo y por angustia, por incapacidad para imaginar un estado distinto a aquel en que se encuentra, y sin embargo espera sobrevivir, transformarse en alguien capaz de estar cerca de quien, por el momento, lo ha perdonado. Como quien se abstiene del mal, una vez más es el tiempo con el que se enfrenta: tiempo para quedarse, tiempo para justificarse y justificar. Un tiempo privado, sin derroche, el tiempo seco del cálculo y el escalofrío de la ilusión.


Es la inútil astucia de hacerse comer el último. Es la ilusión de toda vileza. El poder no necesita al justo sino al paria, matará al paria el último y tendrá la justificación de su odio. Deslumbrado, antes aún de cualquier amenaza, el paria ha ido hacia el odio y se ha entregado a él generosamente, velozmente.


De esta velocidad, de esta trayectoria del alma y del cuerpo, se sirve cualquier organización criminal a la que basta activar simplemente los resortes del odio y del temor.


De esta velocidad no es, absolutamente, fácil escapar. A menudo para no hacer nada, para conocer la libertad de la no participación es necesario justamente ser “santo”, saber renunciar al tiempo de la ilusión, saber distinguir en lo profundo de sí mismo la pálida diferencia que pasa entre una atmósfera de terror y el choque inmediato del terror.


La lentitud necesita un coro de inteligencias, la resistencia precisa de luz, la capacidad de espera se da a los hombres, raramente, como un don.


Porque es verdad; el bien es profundo, pero el bien es frágil. A diferencia del mal se esfuma lentamente entre los siglos, a diferencia del mal tiene nostalgia también de una sola criatura.





De su plaquette
Las tres estaciones.
Cuadernos del Mediterráneo.
Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca 2001.
 






"Música"

Poesía del Holocausto: "Las tres estaciones"






Shamer Khair, en Carlos Morales COEXISTENCIA, Antología de la poesía israelí -árabe y hebrea- contemporánea.
PVP 10 euros
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Libro recomendado

En todo lugar
hay un precipicio para los valientes
y una sombra para los exhaustos
y un manantial volcando su frialdad.
En todo amanecer
hay rocío para los temblorosos
y luz para los amantes
y frías piedras y salvajes pastos.
En todo anochecer
hay sosiego para los tempestuosos
y liviandad para los solitarios
y una roca para los que yacen al final del camino.



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Poeta de
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