El Toro de Barro

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viernes, 12 de agosto de 2016

«El vino», de Carlos de la Rica

Poema EL VINO, de Poemas de Amar y Pasar, Carlos de la Rica. Fotografía de Carmelo Blázquez. Libro de Referencia, Ramón Andrés, Canción de un hombre feliz   Col. «Cuaderno del Mediterráneo» Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed. Tarancón de Cuenca, 2005. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Carmelo Blázquez

Carlos de la Rica
(España, 1929–1997)


El vino
                                                                                                                     




Hundo el vino en el vaso,
desde su orilla me besa;
dando me alejo tumbos
hacia el almendro y su abeja.
Entra en mis labios el vino,
mis dientes bien en su boca.
Beso el vino y me ama,
llego a su espalda y me besa.
Entre mis dedos el vino
es espuma, astro y es arena
donde el sol toco y me toca.
Arde la luna en el vaso,
el vino vive en mis venas.
Llega su pez y me duermo,
abre su casa y sus puertas.
Mi terciopelo acaricia,
toca su vientre mi dedo,
laten mis pulso con fuerza.
El alumbra mi garganta;
abro temblando su pecho,
con su brisa me penetra.
Bajaba su mano el vino
y con el pie me sujeta. 



De su libro
Poemas de amar y pasar



Otros cantos de
Poemas de Amar y Pasar,
De Carlos de la Rica







 Grandes Obras de 
EToro de Barro
Ramón Andrés, Canción de un hombre feliz   Col. «Cuaderno del Mediterráneo» Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed. Tarancón de Cuenca, 2005. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Ramón Andrés, Canción de un hombre feliz  
Col. «Cuaderno del Mediterráneo»
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2005.
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
  







































lunes, 12 de diciembre de 2011

"El Desván Sumergido", de Pedro Antonio González Moreno



Darren Holmes


PEDRO ANTONIO GONZÁLEZ MORENO

En esta habitación

En este habitación, que va adquiriendo
día a día el tamaño de todos sus fantasmas,
no cabe ni siquiera
la voz con que te busco,
ni el leve contraluz en donde la memoria
alzó su arqueología de promesas.
Nadie
podría traspasar esta puerta de agua
sin ser agua también.
Todo, dentro, se queda
sellado con el lacre de los recuerdos;
dentro crecen las llamas imposibles
de poemas no escritos,
y crecen las imágenes
de unos espejos rotos
en donde ya no caben nuestros gestos,
en donde ya no cabe ni ese grito
de mi voz inventándote.






(De El Desván sumergido)





Entro siempre en el nombre

Entro siempre en el nombre igual que quien regresa
a un desván muy antiguo, ve ante sí sus recuerdos
y nada reconoce.
Igual que quien descorre unas cortinas
que se abren al vacío
y descubre de pronto que recordar es sólo
asomarse a las sombras.
Como se entra en un cuerpo
que tampoco las manos reconocen
(la memoria se empieza perdiendo por el tacto),
así entro yo en los largos paisajes del olvido,
como se entra en un nombre
que cuando se pronuncia va agrandándose y crece
por encima del vaho de sus sílabas.

Entro siempre en el nombre como se entra en un cuerpo:
besando su misterio al pronunciarlo.

(De El desván sumergido)













jueves, 3 de marzo de 2011

"Fugaz", de Juan Ramón Mansilla

Darío Morales



FUGAZ
Juan Ramón Mansilla




Nubes

Junto al amigo contemplar el poniente,
sus luces veladas por el humo
del tabaco. Hablar de cosas
malgastadas, viejos proyectos.
Sentados frente al mundo,
pequeños y solos, figuras
de Friedrich, negras hojas
que oscilan sin viento.
Hacer acopio de signos
como quien el invierno previene
y llena de pan la despensa
para cuando deje la lluvia
sólo limo en los campos.
Instantes para callar y reír,
retener e ignorar.

Oteando las nubes ajenos a los cielos.


Panorámica
Ni una nube, ni una mancha del día
en el cielo, ni delgadas líneas
de cisura entre campo y horizonte.
Una grúa entre pinos como un pino
más, apenas diferentes las casas
de la maleza que floreció allí
y allí estará muchos años después.
¿Y este empeño por hacer, transformar?
Vanamente se llena
el paisaje sino con el paisaje.
Lomas donde tender el cuerpo,
arroyos más sonoros en la noche,
árboles con el agua del verdor.
Rocas, barro, fuegos
que nos suplican no malgastar la poesía
en cálculos estériles sobre la eternidad.



Primicias
Con cuánta inquietud preguntamos en las rudas
noches de enero y dejamos calentarse
las manos al rescoldo de tardías respuestas,
con qué docilidad pasamos las páginas
y escribimos ficciones al dorso,
cuánta respiración, cuánto silencio,
cuánta renuncia antes de tener
las primicias de mayo de nuevo en la boca.


Arte poética
Por la noche, mientras duermes,
haciendo de las suyas los fantasmas,
los relojes parados para luego,
un murmullo del que apenas sabes,
versos te vienen en el sueño,
pugnas por despertar y recordarlos,

hallar un papel donde queden bien
sujetos para la tarde siguiente.

Pero, siempre es así como sucede,
tiene tu amanecer esa amargura
que producen las mañanas,
acaso por la sensación de haber
perdido, y ya van tantos, el mejor,
el único de los poemas.



(Tinta sobre papel, siglo XIII, dinastía Song)

Ni el agua que transcurre torna a su manantial
ni la flor desprendida de su tallo
vuelve jamás al árbol que la dejó caer,
escribe Li Po,
quien según la leyenda se ahogó en una noche
de curda tratando de abrazar la luna
en el río.
Quizá él sea la figura que demora
su paso en una senda de montaña.
Un arroyo entre los riscos,
un cerezo da las primeras flores.
Las aves se elevan y desaparecen
como con las nubes las sombras.
Silba el viento del norte
acordes de mandolina, lejanos
tañidos de campana,
largo sonar de un mundo transitorio.
De pie, entona una canción
para las cimas que el añublo desvanece
en el equívoco sepia de la tinta.
Bien sabe que el despertar agosta
los racimos y bayas que maduró la noche,
y un cauce de agua hace
dudar de cuál es el curso verdadero.

Delta 

Demasiada belleza para hablar de belleza,
demasiado silencio para hablar de silencio.
Mira el paisaje: Nada en él es blando ni duro,
nada en él calla si aún vibra una última nota
del eco de los pasos por el delta callado.
¿Cómo decir lo inefable sin contradicción,
clasificar lo irreductible a categorías,
dividir lo infinito sin hallar infinitos?
Mira el río: nunca es el mismo, se nos ha dicho,
creyendo más por comodidad que por análisis
que su solidez viene del agua, no del cauce.
¿Y el agua? Lo contingente, sí, tu contingencia
que desemboca en el mar y olvida
plantar en la orilla un ciprés por cada difunto.





Otra noche para Konstantinos Kavafis

Con cierta parsimonia el viejo poeta
toma la pluma y para nuevas estrofas,
¿en yambos o espondeos?, ¿elegíacas,
satíricas?, medita un asunto ¿sobre un sabio
sofista vituperado o falúas como ibis
en el delta?, ¿acerca de ventanas que no
existen?, ¿de la orquestina de un café o las ingles
de Antonio y Patroclo? ¿Marinos
devueltos por el mar, más jóvenes y bellos,
¡ah! sí, azules, azul zafiro, años después
del naufragio? ¿De Esmirna, Atenas,
Antioquía? ¿Del ágora o los suburbios?
¿Acaso de los días de 1903, rojo vino
todavía en el cáliz?
Pero algo, ¿una mano, una voz,
un sueño?, interrumpe sus reflexiones...
Y aunque ya la edad no concede
el vigor que el cuerpo le exige,
las noches alejandrinas son demasiado
salaces para perderlas con unos versitos.


La mariposa de Chuang-Tzé

Es cálida esta tarde de febrero
y los almendros visten la franela
malva de todo lo naciente.
Por unos instantes la realidad
nos exime de ser algo distinto
a nosotros según las leyes
falsas de la vida.
Hace calor, demasiado calor
para fechas semejantes. El clima,
como los abrazos, es relativo
y puede traer los fríos pasados
aunque en el plantío las rosas vayan
a abrirse a quemarropa.
No, no nos equivoquemos.
No es la primavera que se anuncia.
Cada estación tiene sus flores y su sed
y ésas son de las que dejan su olor
muriendo pronto.

Gusanos de seda

Por mucho que sus años transcurrieran
lejos de allí de la casa de las voces
familiares por más que una ciudad
tras otra fue teatro de sus idas
bar tras bar y cuartucho por cuartucho
nunca dejó de llevar una caja
de zapatos con gusanos de seda
Los prodigios con frecuencia
suceden al alcance de la mano
y nada como el cartón de la caja
para comprender el milagro
de la metamorfosis aunque al abrirla
huyeran en vuelo las mariposas

Clase de música

Ludwig van (Beethoven, se entiende),
sin oír ni el silencio ni el aplauso
abandona el pentagrama a su ventura.
Poco significa un acorde más
si entornando los ojos puede escuchar un sueño.
Ser joven, estar allí, volver
a lo que ya nunca se repetiría.

¡Si la añoranza fuera solamente sonido!
Pero no dice nada. Lee en los labios,
mueve la mano queriendo atraparla
cerca de su boca.
Notas de deserción, sonidos de clausura.
Él -algo habitual en los sordos- las oyó.
Su cadencia fue la de un postigo que se cierra.






(Biografía de Juan Ramón Mansilla; Antología poética; Comentarios y reseñas de su obra literaria; Títulos del autor editados por El Toro de Barro y blog del autor)

lunes, 22 de febrero de 2010

José del Saz-Orzco, Poemas del saltamontes....



aben-amar
moro ibicenco
gustaba ladearse
la apretada faja

y así
en el día santo
bebía rocío

íbase
a buscar
el bosque

distraído
tibio
candente

aben-amar
henchidas las costillas
trasladábase con el viento

y una multitud
esculpiendo un beso
oraba



***


amo tanto
el tiempo
tonto

seré breve
en este inaugural
discurso

al grano

pasemos
amemos
conozcamos

señores
imposible amar más
ámense

stop


***

en el balcón
crispo
hoy
en negras manos:
crespón negro

restante
soy menos
si trozo de tierra
o trozo de dios

entiérranos
al final

***


A Carlos Edmundo de Ory

cianuro
noble discípulo
de edmundo
joven filosofo
gaditano
esparcíase
al contemplar
cómo le buscaba
la vida

así
arroja la capa
un día

se desplanta

nos hace
una burla
una reverencia

y se va
con los ojos
teñidos de cielo
***



A Gabino-Alejandro Carriedo,
íntimo del corazón y de las letras
"Murió don Guido, un señor, de mozo muy jaranero"
Antonio Machado


M
i gabino
de sienes plateadas
risa de trueno
maestro

gabino
quiero tu bastón
quiero el testigo
de tu amor
gabino
que me dejas solo

gabino
tu irreverencia
gabino
tu insensatez

gabino
que nos entierras
la poesía
y marchas
en día de fiesta

gabino
voy a matar
los domingos
y el mes de septiembre
esta noche

y debes perdonar
gabino
estas lágrimas
este imperfecto poema
inaccesible ya
para ti

MI GABINO

lunes, 29 de junio de 2009

Franciso Mora, "La Bruma"




LA BRUMA


Sobre la vieja rama
de la desolación, yace la vida.
DIEGO JESÚS JIMÉNEZ


1 8 de mayo de 1994,
una nueva visión extinta de la vida;
garzas de aire hienden
la flor de la caléndula,
supura el tiempo, lentamente,
los dedos se desgranan en pústulas
de agua estancada,
mi cuerpo se desnuda de mi cuerpo,
de los ecos mi voz
rota, ininteligible, mi voz
surgida de la lluvia, mi voz
en la caverna llora
palabras de amor y es bruma;


2 intento reunir mis pedazos en torno
a mí, en torno a esta mesa
dividida mi cuerpo se conforma,
intento derramar lo que unido estuvo
¡oh desposesión de la carne!
tan fútil tu apariencia, tan torpe
tu postura, intento reunirme
en vocablos orgánicos, convoco
al vacío y sus conjuntos;
estéril es la huida, presiento
el corazón de lo que huye
como un jardín baldío,
como un pájaro ajado,
como esfuerzo inútil:
convoco al alma y no responde;

3 nada de lo que estuvo unido
permanece,
todo lo que nace se divide
y al cabo se derrama,
supura el tiempo en mi cuerpo
como fístula,
es la edad del dragón la que golpea
la puerta,
son los años que no tuve
los que apacientan mi alma,
es el pájaro, las alas
quebradas de la jaula,
es el destiempo mutilado, la fibra,
el don, la bruma;

4 no el tiempo de la gracia
sino el de la consumación,
no la gloria del instante, mas
acaso un instante, el mismo,
repetido eternamente
en espiral interminable:
pero alguna vez un sueño
escapa al tiempo
y a voleo toca la espalda de un hombre
y eludiendo la muerte
se perpetúa en el ángel
y se jacta y se yergue y se arroba
del sueño de jade de otro hombre:
en mi lecho de arena
no hay señales ni dote ni limosna;

5 la casa está lista
para hacer del invierno un almendro,
están listos los aperos, la horca
del huido, la semilla del cierzo
arañando los postigos, listos
los labios para la consagración
de la tierra, la carne
para ser inmolada:
madura la lluvia
y en la carne, apenas,
un nuevo brote
de almendro por la boca;
mi alma está lista
para adentrarse en la noche;

6 mi alma, oquedad desmembrada,
tiene textura de incendio,
mi alma, que fue materia y anduvo
a vueltas conmigo y me llamó por mi nombre
y yo no la oía, bate las alas
y se agita en mi fosa;
yo la convoco y no me responde,
los años que no tuve la apacientan;
ahora es este tilo que tiembla
bajo la lluvia, el aire
que de aire se ahoga,
el río que siento bullir
bajo la tierra
y no alcanza mi sed, la muchacha
de mirada ausente que ante la verja
con un ramo de flores secas
contiene el llanto,
acaso la llama, la lumbre, el incendio;

7 al alma de la tierra, al alma
de la roca, al alma fértil,
gozosa de la mujer cuyo pecho
es reposo: los labios
trémulos del niño,
se me aparecen ahora
como canto ebrio de huida,
como canto anegado, invertebrado ya,
congoja súbita, y siento latir
de la existencia el pulso
como un lejano eco a cuya voz
debí pertenecer
pero no me reconoce, un eco
entrecortado, debilísimo
que en mi boca se hace alivio
confusamente vivo; al alma del árbol
y del agua, al alma desbordada
del trueno y del fuego,
al alma redonda de los astros,
en mi alma de cuerpo presente
al universo;

8 es oración de cautivo este silencio
sueño de Dios, concepto,
vértigo purísimo que enajena
mi atracción por el vacío;
me duele la ausencia en los dedos
y mis piernas son sal esparcida
en la tierra: la vida se sueña
a sí misma: una ilusión
de luz extinguida, un soplo
en el viento, un poco de nieve
en el árbol, así el corazón,
¿quién vierte este amargo cáliz?
¿quién se esconde en la penumbra?
¿quién detrás de mi nombre
dirige la tramoya?;
en el dolor mi corazón fue silencio,
la carne, por el dolor, una espiga
de trigo maduro que apaciguó
la lluvia,
la vida se sueña a sí misma
pero del sueño surge otro reino
ajeno a la vida, un espacio
tibio que no ocupa nadie, la soledad
del que huye como un pájaro herido,
los brazos vencidos del que regresa;
la vida se sueña a sí misma
mas todo es silencio;

9 un largo silencio derramado,
presiento como un trago la noche,
como inevitable huida hacia adelante,
intuyo la muerte como bruma,
camino trazado sobre bruma
evanescente y frío y solitario:
advocación de un dios terrible
que descarga su ira sobre un ser
que contempla y no alcanza su rostro,
que mira la hoja desmayada
del sauce y dice: lloró Dios
sobre la piedra
y brotó un río de sangre
y de la sangre, el agua y del agua
que fluye, la vida
y de la vida, el hombre
perdido en la corriente,
braceando contra el silencio inexorable;


10 ¡oh laxitud de la carne!,
dispensadme del lamento del sueño,
asidme del párpado azul
de la tormenta
y entregad mi ser al abismo,
mas, ¿cómo hablar
este dialecto inaprensible
sin arañar el alma?,
¿cómo decir lo inasible, lo etéreo,
el aroma de una flor de luto
cómo atraparlo
hallar su esencia, su tonalidad, su textura?,
¿cómo plasmar la abolición
del color, de la línea, del espacio,
de la sugerencia o el estímulo
sin que el vértigo anule los sentidos?:
polvo de ángel, la nada
sustrayendo al alma del ser
que se sueña diferencia y sustrato,
¿cómo se nombran las cosas
en el lenguaje de los muertos?,
¿dónde el tacto para señalarlas,
la luz,
la íntima materia
que hilvana los vocablos?,
¿qué espejo cóncavo o convexo
desmiente así mi imagen? ¿qué trance,
desde el espejo, ocultan esos ojos
cerrados? ¿qué otro yo me sueña
desde el otro?;

11 libérame, señor, del sueño, aparta
de mis labios este vaso, sumérgeme
en el reino descreído de tus manos,
indícame el camino de la casa;
yo sé, señor,
de la hermosura de tu rostro,
de la humilde cordura de tu amor,
de la bondad de tu palabra,
sé de la esencia de la nieve
según tus ojos constelados,
yo sé del pan y de la espiga
y de la ausencia omnisciente
de tu mirada de ave
pero no sé de tu muerte, no sé
de tus lágrimas
de hombre como lluvia del otoño;
tú, que todo lo alcanzas
alienta este soplo de noche encadenada,
triza la luz de mis ojos oferentes
que miran al mundo y se obstinan
en negarte, apaga
esta sed homicida de amor
y sella mis labios
con el nombre de lo eterno,
tú, que todo lo puedes,
que en tu cuerpo derramado el mundo
se hizo cáliz
vierte el agua y la palabra:
hágase la luz en carne mortal,
álcese la rama del árbol
de lo humano en tu reino inextricable,
señor, mitiga el hambre de Dios
con tu caricia
y líbrame del amor, líbrame
del amor;

martes, 11 de septiembre de 2007

Ángel Crespo, Últimos poemas

Pilar Gómez Bedate y Ángel Crespo

Ángel Crespo

FUEGO NEGRO


Poitiers 1984
¿Dónde anidaban las palomas
de Peitieus, cuando Leonor
de Aquitania cerraba esta ventana
contra el sol de la tarde?

Ahora las veo -bajo el sol

de esta tarde -batir
las alas en la torre
que la hiedra devora.

Y no hay halconero que a la alcándora

lleve al falcón para que no disperse
-ni hay tal halcón- al bando
que aletea aquel nombre
sobre el rumor de la ciudad.

Celosa de sus vuelos, la ventana

solía ella cerrar: que no cambiasen
la intimidad sombría de su estancia
por el sol de una tarde.




Bajo un cielo sin pájaros


Bajo un cielo sin pájaros

¿qué redención podemos
esperar -o qué canto
suspendernos sabría?

Va el sol cayendo, y su cadáver frío

no cruza un ala -y todas las auroras
gritan desde su ayer que no está muerta
la hoja postrera.
¿Pero en qué paisaje
tiñe de verde, en qué país, al viento?

Cuando te quedas solo...

Cuando te quedas solo, eres espejo

de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como luz en tus venas;
un viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.

Iban mirándome al pasar

En una cueva de un monte lejano

me refugié. Y era de día
y cantaba el agua en el agua
y el aire soñaba en el aire.

Me refugié para no huirme

y no encontrarme. Era de noche
y el monte aquel era de luz.

Nunca supe de procesiones

como aquéllas: vestían clámides
transparentes, sin fibras, iban
mirándome al pasar.

Lo que no tiene fin no se posee

ni nos posee: las miradas,
suyas y mías, eran formas
de otra forma de amor.

No hay dioses muertos si son dioses,

ni aquella cueva, ni aquel monte,
ni aquella luz, ni clámides
sin fimbrias, pues abrí
los ojos, y hasta el pecho
surgió el río del río.

Los ojos de la corza

Viajo desde los ojos de la corza

a su interior. Un mundo de cristales
ternísimos y velos ligerísimos
acoge al primer paso de mis ojos.
Avanzo sin temor; sobrecogido,
no obstante, por lo fácil del camino
que, de ojos adelante, ya discurre
por pasadizos y pasillos suaves
al tacto de los pies que me imagino,
y porque a su través se transparentan
leves arquitecturas sinuosas,
edificios de flor carnal y ramas
que, aunque no mueve el viento, se cimbrean
al borde de arroyuelos escarlatas,
y suaves y pulidas piedras puestas
en orden de descanso y sobresalto.
Lejos quedan los ojos de la corza
en tan corto trayecto transcendidos
y, cuando vuelvo hacia ellos la mirada
-ya huésped familiar de lo aludido-,
no encuentro su salida luminosa
y me pierdo en un prado de mil prados,
hechos de tiempos idos y presentes,
vigilados por vuelos agresivos
y por olfatos que el marfil afilan.
Sigo los vericuetos de la corza,
que se han hecho mi propio laberinto,
y hallo en su centro de lucientes ojos
los suyos y los míos junto a un pozo
del que desborda el agua suya y mía.

No te asomes

No te asomes a ese jardín

ni quieras descubrir sus rosas.
Mueren tras ese idéntico
perfume, igual color,
y la sed llena el vaso.
No te acerques a ese jardín

si quieres que aún existan
y que tu amor de siglos no se apague,
y si amas la esperanza.
Déjalas bajo el sol: búscate dentro

esa otra cosa que renace y muere,
esa flor que sospechas que hay en ti,
esa rosa que fue, pasó, nunca hubo rosas.

Paloma de Helsinki

Por miedo de que ardiese una paloma

que eclipsaba al sol con sus plumas
volando hacia las llamas
que apagaba el crepúsculo,
ya no pude escribir aquel poema
que temblando empecé
por miedo de que ardiese una paloma.

Paseata del destronado

¿En qué jardín sembrar una rosa

de Francia? ¿A que follajes
confiar una estatua de Ceres la rubia,
un bronce del Verrocchio, una matita de verbena?

¿Puede ascender sobre estos pastos

un quinteto de oboes,
o bien una gentil perdiz
que podríamos llevar al lienzo?

¡Ah! ¿Dónde crece el laurel oloroso,

dónde canta al oído el agua,
dónde unas columnas caídas
que sonrían sin una mueca?

La distancia se me convierte

en un reino redondo y cristalino,
a través del cual una mano
ofrece a mi cansancio sus sortijas.

Ula

Aquella noche te llamabas Ula

y huías ululando por la nieve.
Aquella noche escandinava
en que las alas de la nieve
entraban por debajo de la puerta
y, ateridas, se desplumaban
-yo te veía figurarte en Ula,
estremecida por el fuego,
e internarte en el bosque
en connivencia con lo oscuro.
Es verdad que no traspasaste
la puerta de la casa
-pero ésa eras la otra-
mientras, melena al viento,
Ula, con pies alados,
asustaba a la noche.

¿Cómo lograste, cómo hubiste

que aquélla fueran, que la nieve
te cambiase aquel nombre
-y que tus pies dejaran
huellas legibles: y dejases
a tu conmigo amando
de mentidor testigo?

Y entonces me mirabas:

cuando ibas
alzándote ululante
-delicada Eloísa de la nieve-
mientras yo el albedrío
te entregaba
de mano de mi lengua.