El Toro de Barro

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viernes, 16 de agosto de 2013

El "Atardecer" de Antonio Tello

Monochrome Gallery, Photo of the Day



AtardeceR


Cae la tarde. La brisa, que huele a algas y a sal,
rola descontando collares sobre las aguas.
Un barco, en su navegar, rompe la pesada corva del mar,
en cuyo fondo yacen los pecios de civilizaciones pasadas.
Ido el sol, el extraño que, afirmado en la borda del barco,
mira el Mediterráneo es también el atardecer.
El instante en que el día siente la nostalgia de la luz
y el alma el anhelo de otro horizonte.




Del libro
Cuaderno de notas de Manuel T.



 

 Grandes Obras de 
El Toro de Barro

PVP: 8 euros
Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Puedes entrar. He dejado la puerta
abierta, la luz, la calefacción
encendidas. Hay un poco de vino
en la alacena, el café está reciente
por si me demoro y te vence el sueño.
Acaso estés aquí cuando regrese,
arropada en el sofá con mi manta
de viaje, reconfortada, quizá
complacida del mundo en su belleza,
sabiendo que hay una técnica pura
en esta maravilla de estar vivo.
Y si no estás, bendito sea el tiempo
en que estuviste. Sólo he de abrir
los postigos para que fluya el agua
llovida en la memoria. La luz, pronto,
dejará en las paredes una sombra
que llamará en sus labios con tu nombre,
contenta de estar en casa de nuevo.

 Otros poemas de
 Juan Ramón Mansilla



"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci





 
 
 
 






 

 
 



 

jueves, 25 de octubre de 2012

"Oh, los amantes, qué cerca están de lo que pierden", por Carlos Morales...



 Bosque del Agua, parque del Garajonay


¡Los amantes! ¡Oh, los amantes!
¡Qué cerca están 
de lo que pierden!


Antonio Tello
Desde aquellos tiempos legendarios y primeros en que, en palabras del poeta azteca Nezahualcóyotl, el gran «Dador de vida» se entretuvo en “escribirlo todo con sus flores” y en “derramar con sus cantos el color sobre las cosas”, el «bosque» no ha dejado de ser otra cosa que el ámbito sagrado más antiguo y el más  propicio para las revelaciones. Desde el Oriente hasta el Poniente, las teogonías más remotas lo dibujaron siempre como ese gran hogar en el que los dioses reproducían para sí mismos y en la tierra el orden de esos cielos de los que desde siempre habían formado parte. En sus laberínticas umbrías se realizaba la más perfecta unión entre la «tierra» y los ámbitos celestes, entre la feraz carnalidad de la naturaleza que busca su perpetuación y el orden divino al que pretende ajustar toda su existencia. Gracias al majestuoso «árbol» hincado firmemente en lo más profundo de la tierra, y cuyas enhiestas ramas crecían y crecían hacia lo alto para atrapar el «aire» en que los guardianes del cielo dejaban sus silbos misteriosos, el hombre podía encontrar un remedio a su mortalidad, reafirmándose a sí mismo como una  reverberación de los dioses capaz, por sí  solo, de superar el duro trance de la muerte y, por obra de las lenguas del «fuego» purificador, alzarse por fin a los suelos celestes. El árbol, sí, «El árbol de la vida»…
Bernini
El poeta argentino Antonio Tello ha escogido este espacio mítico para adentrarse en la laberíntica y compleja experiencia del Amor. Como los hombres y mujeres de la antigua Hélade, y arropado por sus sombras, se ha dejado caer sobre la piel de una oveja recién sacrificada a la espera de que la divinidad le conceda –por fin– el privilegio de vivirla con su sabiduría. Esto es, y no otra cosa, el libro de O las estaciones, una visión oracular, una revelación pánica de la experiencia amorosa construida toda ella como una alegoría en la que el «árbol», el «aire», la «tierra» y el «fuego»  protagonizan, junto a la ninfa y el fauno, un papel primordial de gran carga simbólica en ese abrazo interminable al que ambos se entregan con una incendiaria desesperación largamente inesperada.    
Esta referencia mítica no es, en absoluto, el único rasgo que sitúa una vez más a Antonio Tello muy lejos de las corrientes estéticas que, desde los años ochenta, vienen explotando la ética rehumanizadora que, al menos en España, ha llevado en volandas a los «partidarios de la realidad» hasta la cima misma de la gloria. Sin embargo, fuera de esta elección, que es muy signficativa pero que  no obedece a otra voluntad que la de hallar un espacio escénico habitable para la pulsión amorosa, no hay  en el poemario ninguna otra ambición culturalista. Ni tampoco, como cabría esperar de toda visión oracular, despliega ninguna marejada de abrumadora irracionalidad que tantas veces no pasa de ser sino un mero ejercicio de vanidad o un vademecum de símbolos antiguos sin pies ni cabeza y demasiado alejados del presente como para servirnos de señales redentoras de la sabiduría buscada. La realidad es otra, muy distinta. Y es que, para llevar hacia delante este «drama» coral, Antonio ha escogido un arriesgada estrategia literaria en la que toda narración, toda evocación y toda reflexión han sido escenificadas con un lenguaje abrumadoramente pictórico y cinematográfico en el que los versos –muy cortos– y hasta las mismas palabras tienen la misma funcionalidad que las abigarradas pinceladas de color en un lienzo  cualquiera de Monet…
 En realidad, tomados uno a uno, los poemas  del libro de O las estaciones no son sino una delicada sucesión de imágenes en las que la textura, la musicalidad y hasta la misma chiquez de las palabras alcanzan su mayor potestad evocadora cuanto más se aleja la mirada del mismo cuadro. Tomados en su conjunto, nos sentimos arrastrados por una cadena de secuencias cinematográficas preñadas de voluptuosidad pero cuyo dinamismo, desbordante a veces, está fieramente sometido a un férreo marcaje con el que el autor busca no ya sólo el equilibrio expresivo sino conducirnos, también, a un estado absoluto de quietud. En esta paradoja, que nos arrastra a su antojo a las cimas más ardientes de la carnalidad báquica para llevarnos luego hacia el más sonoro y detenido de todos los silencios, reside el principal atractivo de este lienzo de amor que nos ha pintado Antonio, sí, pero con un pincel mojado...
Esta paradoja no sólo afecta al lenguaje poético: también señala los mojones antitéticos a los que se ata, en la vida real, la experiencia amorosa de todos los humanos, como una larga y delicada soga. El amor es, en el tiempo, la consecuencia de un combate entre Eros y Anteros, entre las llamaradas abrasadoras de un Eros que todo lo conmueve a la Psique que toma al animal y en sus brazos lo amansa; de la yesca de la juventud a la serenidade cotidiana de la madurez, que nuestra debilidad nos hace equiparar, erróneamente, con la propia muerte; de la fiebre que “nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema” a lo que Marguerite Yourcenar llamaba la “invasión de la carne por el espíritu...”. El amor, sí, como esa fuerza que, al igual que la rayuela de Cortázar, es capaz de arrojarnos –sin que nos demos cuenta– tanto al cielo como a los infiernos...

Lucian Freud



Ese es el gran oráculo que los dioses del bosque conceden  a los hombres, la gran epifanía que nos es anunciada cuando ya nada es posible.
Ese es el universo del libro de O las estaciones. Un libro de amor. Un libro valiente. El libro que sólo es posible cuando media el espíritu de un auténtico «hijo del valor»; y eso es, sí, Antonio Tello
   


(Prólogo del libro) 



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© Del prólogo, Carlos Morales
En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.

















jueves, 11 de octubre de 2012

"Resplandores en el bosque", de Antonio Tello





La ninfa durmiente, de Antonio Cánova






Resplandores  en el bosque





N o es el murmullo del agua
lo que oímos a orillas del río.

Ni el susurro de la brisa,
ni el rumor de los sauces.

No son las voces del bosque,
ni el paso de las estaciones.

Es desespero de ramas verdes.
Adioses en pos de la corriente.

El río es silencio que fluye. Lo que
oímos no es el rumor del agua.


El abrazo es el escudo de los amantes.



 A ntes de que la miel reboce y endulce el
tronco del árbol, la abeja ha libado la flor.

El panal es memoria asida a la piedra.
Voluntad y gozo que nutre la vida.

La miel que él rezuma es saliva y néctar.
Murmullo de la obrera, su dulzura.



T u cuerpo es la tierra donde nacen los ríos.
Tus dedos los que alivian el tronco del árbol.
Tu boca, la fuente que riega sus raíces.



Es quizás tu risa la que trae las lluvias?
Los amantes ríen. Se abrazan. Y en el abrazo
son. El fragor. La tormenta. El tumulto
de las nubes. El relámpago del verano.
Ajenos al dolor. Se entregan. Los amantes.
La caricia. El viento. El trueno entre las espigas.
Son. La gota que colma los campos. Sus cuerpos.
Desnudos. La espesura. De ellos nace,
con gemidos de nieve, la primavera.



 L a mano que ha conocido la caricia
restaña la sangre y cura las heridas
que en el árbol el hacha o el viento dejan.



L os amantes ríen. Se abrazan. Y en el abrazo
son. El fragor. La tormenta. El tumulto
de las nubes. El relámpago del verano.
Ajenos al dolor. Se entregan. Los amantes.
La caricia. El viento. El trueno entre las espigas.
Son. La gota que colma los campos. Sus cuerpos.
Desnudos. La espesura. De ellos nace,
con gemidos de nieve, la primavera.



 L os amantes! ¡Oh, los amantes!
¡Qué cerca están de lo que pierden!



L a fruta es la inicial de los amantes.
La última vocal del paraíso.




el fauno y la huérfana recuerdan
 el futuro recuerdan
 cuando las criaturas del bosque renazcan
 cuando vuelvan las estaciones
 y con las estaciones los sueños
 los dioses serán otros recuerdan
 otros los dioses que gobiernen el bosque.
 El jaguar y la ninfa recuerdan
 el futuro recuerdan
 Los dioses lo saben
 ráfagas de furia
 hieren el misterio de la fronda
 y vueltos los ojos al yermo
 caigo
 sin asidero
 incendiadas las ramas del árbol
 al abismo
 sin asidero tu nombre
 tu nombre
 en la boca muda del origen
 sin asidero sigo cayendo en el silencio
 o las estaciones




De su libro





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© De los poemas, Antonio Tello

En caso de reproducción, rogamos se cite su autoría.
 

























Página maquetada por Carlos Morales para El Toro de Barro