El Toro de Barro

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martes, 20 de marzo de 2018

"Himno a Atón", de Amenophis IV Akhenaton



Amenophis IV Akhenatón
Himno a Atón

-Versión de Teresa Soria Trostoy
inspirada en la versión inglesa de Miriam Litchein-



¡Espléndido te alzas en el horizonte,
Oh, Atón viviente, creador de vida!
Cuando amaneces en el horizonte oriental,
llenas todas las tierras con tu belleza.
Eres bello, grande, deslumbrante,
elevado sobre todas las tierras;
tus rayos abrazan las tierras,
hasta el límite de todo lo que has creado.
Porque siendo Ra, alcanzas sus límites,
y los has doblegado para tu amado hijo;
aunque estás lejos, tus rayos brillan sobre la tierra,
aunque cualquiera sienta tu presencia, tus rayos son invisibles.

Cuando te pones en el horizonte occidental,
la tierra queda en tinieblas, como en la muerte;
todos yacen en las habitaciones, sus cabezas cubiertas,
un ojo no puede ver a su compañero.
Ellos podrían ser despojados de sus propiedades,
aunque estén sobre sus cabezas,
la gente no se daría cuenta.
Todos los leones salen de sus guaridas,
todas las serpientes muerden;
la oscuridad se cierne, la tierra está en silencio,
así como su creador descansa en el horizonte.

La tierra brilla cuando amaneces en el horizonte,
mientras resplandeces como Atón durante el día;
cuando disipas la oscuridad,
cuando ofreces tus rayos,
las Dos Tierras están en fiesta
despiertas y erguidas sobre sus pies,
tú las has levantado.
Sus cuerpos están purificados, vestidos,
sus brazos adoran tu aparición.
Toda la tierra se dispone a trabajar,
todos los rebaños pacen en sus pastos;
los árboles y las hierbas florecen,
los pájaros echan a volar de sus nidos,
sus alas saludan a tu ka.
[1]
Todo rebaño brinca sobre sus patas.
Todo lo que vuela y se posa,
vive cuando amaneces para ellos.
Los barcos van corriente arriba, y corriente abajo,
todos los caminos se abren cuando te alzas.
Los peces del río saltan ante ti,
tus rayos están en el centro del mar.

Tú, quien haces crecer la semilla dentro de las mujeres,
tú, quien creas las personas del esperma;
quien alimentas al hijo en el vientre de su madre,
quien calmas apagando sus lágrimas.
Nodriza en el vientre,
dador de aliento,
para animar todo lo que creas.
Cuando sale del vientre para respirar,
el día de su nacimiento
tú atiendes sus necesidades.
Cuando el pollo está en el huevo, piando dentro de la cáscara,
tú le das aliento dentro de ella para insuflarle vida;
cuando lo has terminado,
para que pueda romper el huevo,
sale de su interior,
para anunciar su terminación,
caminando sobre sus dos patas sale de él.

¡Cuán grande es tu obra,
aunque escondido a la vista,
Oh, Dios Único junto a quien nadie existe!
Tú creaste la tierra según tu voluntad, tu sólo,
todos los hombres, todos los grandes y pequeños animales,
todas las cosas que hay sobre la tierra que caminan sobre sus piernas,
todo lo que vuela por medio de sus alas,
las tierras de Khor
[2] y Kush,
la tierra de Egipto.
Tú pones a cada hombre en su lugar,
tú satisfaces sus necesidades,
cada uno tiene su alimento,
calculas la duración de sus vidas.
Sus lenguas difieren en el idioma,
así también sus caracteres;
sus pieles son distintas,
para distinguir a las personas.

Tú provocas la inundación desde la Duat[3]
tú la llevas cuando deseas
dar vida a los hombres,
pues tú los has creado para ti.
Señor de todo, quien trabaja para ellos,
Señor de todas las tierras, quien brilla para ellas,
el Atón del día, ¡grande en su gloria!
A todas las tierras lejanas, que haces vivir,
tú les has concedido el descenso de la inundación desde los cielos;
él crea olas sobre las montañas, como lo hace el mar,
para empapar sus campos y sus ciudades.
¡Cuán excelentes son tus obras, Oh, Señor de eternidad!
Una inundación desde el cielo para los extranjeros
y para todas las criaturas de la tierra que caminan sobre sus patas,
para Egipto la inundación viene desde la Duat.

Tus rayos alimentan todos los campos,
cuando brillas, ellos viven, ellos crecen para ti;
tú creas las estaciones para desarrollar toda tu obra:
el invierno para refrescarlos, calor para que te sientan.
Tú has creado el lejano cielo para brillar allí,
para contemplar toda tu obra,
tú solo, brillando en tu forma de Atón,
elevado, radiante, distante, cercano.
Tú creas de ti mismo millones de formas,
ciudades, pueblos, campos, el curso del río;
todos los ojos te observan por encima de ellos,
pues tú eres el Atón de las horas del día sobre lo alto.

..........................
[4] 

Tú estás en mi corazón,
no hay nadie que te conozca,
excepto tu hijo, Neferjeperura
[5], el Único de Ra,
a quien has mostrado tus sendas y tu poder.
Todos aquellos en la tierra salen de tus manos cuando los creas,
cuando amaneces ellos viven,
cuando te pones ellos mueren;
tú eres el tiempo vital en todos tus miembros, todos viven gracias a ti.
Todos los ojos están puestos en tu belleza hasta que te acuestas,
todas las labores cesan cuando descansas en occidente;
cuando te levantas haces que todos se apresuren por el Rey,
todas las piernas están en movimiento desde que fundaste la tierra.
Tú los alzas para tu hijo quien proviene de tu cuerpo,
el Rey que vive en Maat
[6], el Señor de las Dos Tierras,
Neferjeperura, el Único de Ra,
el Hijo de Ra, quien vive en Maat, Señor de las Coronas, Akhenatón, grande durante su vida;
y la gran Reina a quien él ama, la señora de las Dos Tierras,
Nefernefruatón-Nefertiti, que viva eternamente.






Otros poemas en torno a la
Creación:

"Salmo 104", de David (Versión de Reina Valera)

Psª Maya: Cantos de la Creación, Popol Vuh (Versión de Miguel Ángel Asturias).





Grandes Obras de 

El Toro de Barro

 


[2] Siria.
[4] Aquí aparecer unos versos de muy difícil traducción.
[5] Era el nombre de nacimiento de Akhenatón.
[6] Maat era la diosa de la justicia, que aparecía reprensada como una mujer con una pluma blanca en la cabeza, o como dos gemelas (el alto y el bajo Egipto).



















domingo, 10 de mayo de 2015

«El calor», de Rosa Lentini

Poema EL CALOR, de Rosa Lentini. Libro de Referencia: Carlos Morales del Coso, "Salmo”, Col. «Cuadernos del Mediterráneo», Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2005.


Rosa Lentini

(España, Barcelona,1957)

El calor


 «…Si la muerte nutricia vive y muere en nosotros, en tierras
de hielo las otras le ofrecen sus labios…»

Rosa Lentini


Dentro de la casa, al alba
te refriegas los ojos como el caballero
que ha velado sus armas
ha ardido en el fuego toda la noche
y ahora solo deseas dormir.
Ha sido una larga espera de tres lustros,
te detienes, piensas por un momento
en tu vasto cansancio.
Pero hoy es mucho más,
se remonta hasta la margen legendaria de un guardián
que hiere tu cuerpo con su lanza.
Viste fracasar la entrega tantas veces,
tantas veces fueron inútiles las cartas
enviadas a Dios.
¿Hay suficiente calor en la habitación?
Con cuidado dobla tu ropa
y la dejas sobre la butaca,
los zapatos bien alineados al pie de la cama
protegerán tu sueño.
Mañana la carta que escribas
no será ya una oración.

De su libro
Tuvimos
Ed. Bartleby Poesía – 2013©

Otros poemas de Rosa Lentini
Grandes Obras de 
El Toro de Barro 


Carlos Morales del Coso, "Salmo”, Col. «Cuadernos del Mediterráneo», Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2005.
Carlos Morales del Coso, "Salmo
Col. «Cuadernos del Mediterráneo»
Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca, 2005.

 














jueves, 23 de agosto de 2012

Rosa Lentini, Cuaderno de Egipto



 (Antología imposible de la poesía catalana contemporánea)








Cuaderno de Egipto




¿Dime amor, qué te ha susurrado la arena,
con sus mil palabras monótonas?
¿Te ha hablado de los templos, de la esfinge,
de las pirámides,
de sus grandes ancestros que dejaron de existir?
¿Qué mas te ha susurrado amor,
al enterrarte como reza la vieja canción?


Ismael Kadare




Isla Elefantina


Desde orillas de la isla plantas con flores blancas beben sobre el Nilo. A su lado, árboles con puntos blancos en las copas colmadas. Un ruido cruza el aire. De los sauces y las acacias salen las flores en bandada, y por unos instantes las ramas quedas desnudas y monócromas. Tu ojo registrará durante años esta ausencia suspendida. Tras un breve vuelo de reconocimiento, las aves regresan a su posición sobre la exacta rama del mismo árbol, ahora bullicio estático de vida.







Las barcas del Nilo
 

En diminutas barcas, usando los brazos como remos, se acercan niños a las falucas a cantar las canciones de moda que creen que los turistas desean oír. A unos ojos enterrados en una piel aceituna le pedimos una canción egipcia. Los ojos se iluminan mientras surge del delgado pecho del pequeño la tonada más dulce, y toda otra melodía deja de oírse a lo largo del río. Y aunque sorprendido no entiende por qué recibirá una recompensa a cambio de ese placer tan privado, por unos instantes sus ojos son más blancos en su piel oscura y su sonrisa cruza el amplio Nilo de una orilla a otra.






La faluca


Mientras la faluca se desliza, nuestro guía Mahmut cuenta las hazañas del faraón Ramsés -siempre el gran Ramsés II-, habla de los dioses Ra y Osiris, de sus hijos Set y Horus, y a su lado el joven barquero nos observa. Siglos de acontecimientos aparecen de nuevo bajo el toldo tórrido de esta barca, donde todos somos mecidos por las palabras inspiradas, melódicas y lentas del último descendiente copto del antiguo Egipto.
"Si lo que ya se ha vivido se escribe, se hace historia -dice-, se consigue hacerlo suceder dos veces"




Valle de las Reinas
 

En medio del valle, el templo de la primera faraón, Hatshepsut, el Edén, rescatado de la arena y coronado de montañas, en el oleaje de siglos del cielo. La historia: sus reinos desaparecidos tras diez y siete años de mandato, y el odio que coronó su contrato de la vida y escribió otro nombre en el cartucho. Sin embargo, blanca de sal fue la efigie del sucesor, tan enorme como necesaria para su pueblo, donde sólo la revancha despertó el deseo de superar a su antecesora. Pero si el negro limo del lago del templo dedicado a Hathor no llegó a guarecer la tierra fértil, del viento del desierto que con los siglos la secó, sí apagó la sed de debajo de la roca. Limo filtrado hasta la piel amiga, curtida y reseca de Nonufre y MeritreHatshepsut, sus hijas, quienes, como ella, esperan ser desenterradas. Su historia poco a poco hacia la luz, aflorando, algún lejano día.

 

Abu Simbel

En el interior de la montaña de arena, y tras subir los escalones de la escalera de metal, se obtiene una visión de la gran cúpula sobre el contorno posterior del templo.
Afuera, agobiado por el calor del mediodía, el corazón empezó a latirme con una nueva y descompensada fuerza.
Ya en la sombra, cuento el bombeo de la sangre y observo la inmensa ingeniería que soporta la montaña y guarda el templo de Ramsés.
Estamos dentro del bosque de cemento que dejó que los muertos regresaran, y caminamos sobre sus hombros, vivimos sobre sus voces en el interior de este tronar mudo.
Una masa violenta de hormigón nos aísla y salvaguarda la piedra caliza y el derrumbe de las rocas. Protege incluso esta vena mía que se dilata y se acerca a la arena de allá abajo,
a los túmulos de granos que silencian sobre la boca las palabras que vuelven: "ausencia de rizos de agua", "sal", "frescor de sombra".
Si a lo invisible lo sepulta lo visible, el arte es un poema, cúpula y centro de otro poema del que se sostiene sólo los bordes.


 


El mercado de El Cairo

El gran poeta de Alejandría sobresale en el alto Egipto antiguo. Pero en El Cairo y en el Egipto moderno el gran personaje es -y por la abundancia su obra y sus diferentes registros ahora nos parece que siempre lo fue-, Naguib Mahfuz. El autor de "El callejón de los milagros" vive en las calles angostas del mercado de la capital, se contornea en el humo de los narguiles que se fuman en las mesas de los cafés al aire libre, o penetra en las ventanas a medio abrir y habitadas de las casas, pero también pervive en el diferente Akhenatón, cuya figura se considera tanto en la historia real como en las hipótesis que la historia antigua inventa, como la de un semidios hereje. Mahfuz, que ha escrito sobre el afeminado faraón esposo de Nefertiti, sabe que pequeñas y grandes cosas se confabulan para formar una corriente que desborda a los hombres, pero a la que un hombre solo, un escriba como él, antepone una visión revisora del pasado, herética para la gran mayoría. Y aunque la corriente del Nilo lleve necesariamente al delta, envolviendo las voces en el oleaje que una primera ola arrastra fuera de Egipto, las palabras que se pronuncian seguirán su viaje en el sueño de las ventanas semicerradas, de los estrechos callejones umbrosos del mercadillo de El Cairo.

 



La llave del mundo



Del antiguo Egipto destaca su geografía egocéntrica. El dibujo del mundo en forma de triángulo con una punta hacia abajo reunía las dos partes del país, la alta y la baja. Una línea en el centro lo partía en dos. La figura obtenida de esta representación era la llave de la vida, la llave de toda existencia. En términos generales el norte era rico y el sur bastante más pobre. Las grandes capitales como Memphis, Tebas o Alejandría florecían en la frontera al borde del Nilo o en el delta cerca del mar.
Egipto tendía a las estrellas o se abismaba en la arena.
Como una llave de la vida inmensa hecha de plomo dorado se abren hoy los dos templos a Abu Simbel o el de Luxor, en la antigua Tebas, con sus columnas, obeliscos, estatuas de dioses y la gran avenida incompleta de tres kilómetros de esfinges que unían antiguamente esta última construcción a la de Karnak.
Al volver al barco después de la visita a Luxor, un grupo de chiquillos que saludaba a los turistas, en la avenida que desciende hasta llegar al florido puerto, hizo un corro a nuestro alrededor. La niña más pequeña, con una cara hermosa como el rostro del mundo despertando, se acercó a mi falda. De Egipto me llevé el recuerdo de esas mejillas iluminadas, en donde fui a buscar el vuelo increíble de los pompones rojos que florecen en las acacias, y encontré el fruto de la semilla que planté como un beso, e hice crecer, como llave de vida, en el blanco de los dientes de una sonrisa.

 



El poeta de Alejandría

Un poema ocre como un atardecer de playa en la costa del delta bordea el mediterráneo. Poema quemado por el sol del mediodía y del norte. Poema que huele a yodo y a salina. Un blanco entre versos acerca el dedo sobre los labios del poeta de Alejandría. Él se tragó las sílabas finales de todas las estrofas. Las lanzó a la hora en que el reflujo de la marea las hunde en lo profundo de la arena, en el fondo de la melodía de las olas. Algún día, estas mismas dunas marinas formarán la única presencia sobre el suelo de Egipto. Y entonces, erosionados por el paso del tiempo cuya acción combinada de sal y agua pulió sus cantos, los finales de estrofa volverán a nacer naturalmente. Romos, se encaminan a su muerte natural, como estos gramos de sueño en los que apoyamos la cabeza sobre estas playas, estas tempestades rojizas en el sueño. Buenas noches arena, sin un poeta que termine tu canción.



La cancíon del río y de la arena


He visto lo que ha hecho la vanidad de los hombres con la tierra y la roca. Alguien sueña con un pasado muy antiguo. Bajo los grandes artesonados del templo de Karnak, alguien cuenta lo que no es dado a ninguno: los pasillos de relieves, las cabezas grises colgando en la sombra, el encuentro de las barcas de los dioses en el centro del Nilo un día de fiesta, mientras la tarde dora los parterres.
Nadie en este recuento de pasos.
La canción que nace de la arena que canta el río, del viento que levanta la arena y la entierra, acaba aquí.
Con algunos nombres adivinados la puerta de Egipto se abre.
El sueño que el universo sueña coloca lentamente nuestra silueta sobre estos contornos milenarios, espirales de la sombra.





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© El poema, de Rosa Lentini
© El libro, de Ed. El Toro de Barro.
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