El Toro de Barro

El Toro de Barro
Mostrando entradas con la etiqueta .Juan Calero Rodríguez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta .Juan Calero Rodríguez. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de agosto de 2017

«Pasajero sin oficio», de Juan Calero Rodríguez


Juan Calero Rodríguez
(Cuba, 1952)
Pasajero sin oficio
  
 Yo debí ser un par de garras melladas
                                                                             escabulléndose en los lechos de mares silenciosos.
T.S.Eliot





Siento gritar la ciudad desde un mundo sin oídos. Aún pago alquiler por estas calles.
Dentro hay un extranjero que batalla mientras impacienta la muerte a vivir sin más harapos los días de otros.
Cada cual tiene su tiempo, su estancia, su huella, súbdito de dioses. A fin de bendecir el mundo.
Contra el tiempo no valen compresas de lava ni sismos donde se violen trampas de colores más brillantes.
El tiempo anda hirviendo en sus calderas de hierro, la vida es una raza que se extingue.
Somos este siglo de esperma sin que llueva polvo al paso de los cometas.
He pasado agosto por todas partes zurciendo precipicios, perdido, por alguna grada,
desde entonces septiembre sabe a fin de vacaciones y cocino mis propios viernes.
Venderse como emigrante resulta más barato que prófugo, ser cómplice y asesino a la vez.
La ciudad muestra todas las máscaras, no regala ni el viento de algunos segundos.
Las calles han perdido sus nombres. Ahora tienen un número colgado al cuello, alineadas fríamente.
Esta esquina trae la muerte de cuatro compañeros y una muchacha.
Frente al cine se reúnen otros amigos, nadie me conoce.
Nunca he rezado en altares de dioses, jamás fiestas de dioses, siempre ajeno a una guitarra.
Converso con cuadernos llenos de vergüenza por sus poemas, las integrales no me han resuelto ninguna dificultad.
Ni reflectores ni cámaras han jugado la exclusividad de verme -vencedor- de gladiadores enemigos.
Acorralado por los días he tenido vicios, lo confieso, como confieso aquí mi testimonio, mi sangrar. El lóbulo convexo de un ojo.
La ciudad se destierra con un balazo. Cientos de hambres deambulan oxidándose en busca de una lengua herrumbrosa.
Mi lengua es la escoria de cada pecado intacto y yo como un desastrado más reduciéndome, un mediocre casi moribundo.
Lenta, fríamente, cual gota de suero, la soledad desgarra. Nos aniquila plácidamente.
Todos los dioses tienen un hijo bastardo. Soy ese, sin dios.
Me descalabro. Caigo por este despeñadero árido.
Detesto el olor a sangre y la llevo caliente, comprime el cansancio entre la cintura y el pavimento.
Caigo entre materiales de desecho, erosiones del ocaso sostenido por profundidades no obstante exijo de mis pulmones, de mis propias fermentaciones y arranco cada ventosa prófuga de llagas por el manoseo, por las dudas, por el hombre.
Doy miedo. Siento náuseas, deliro, jadeo, vomito buches de ansiedades.
Huelo a la porquería de mi vientre, las uñas se derriten, ahoga tanto la impotencia, la fiebre hace flotar.
La mugre nos mantiene húmedos. Miro durante un largo episodio. Hago rechazo, extraviado, entre tanto espacio cada vez más lejos.
Esta no es la muerte. Esta no es mi muerte.
Me repugno. Este cuerpo es una gota de pus maloliente, apenas un gemido sediento de locura.
Tengo que matar este venado. Se come las lilas.
Endurece las venas. Intoxica. Engulle el aliento, no necesita espátula, aceite, ni óleo
donde hacer espuma la nostalgia de otras tardes.
Esconde la vergüenza por los confines de las viejas estaciones.
Hacer el amor es descargar el inodoro. Si no mato este venado se come las lilas.
Pido permiso para cruzar este celaje desnudo entre palabras, huir a la certidumbre por fulminantes navíos, herrajes de silencio y resumen.
Pido permiso por amaneceres amontonados entre generaciones salvadoras en jornadas festivas.
Soy ese hombre acorralado por la ciudad acorralada. No teman por mi proceder, el azar es un perro que todos llevamos dentro sin domesticar y sólo falta un chasquido de dedos para que huya despavorido.
Y me digo yo, Juan sin oficio, mediocre por leyes de dioses, adoradores de ídolos, pasajero diario de este útero de Tierra por no asistir a otra empresa, mediocre de qué, hay que comenzar de nuevo, cada jornada un párrafo, la página perdida.
Me sacudo de ruinas, muerdo venas para no gritar, escarbo recuerdos a puñados hasta sanar lo que escribo y limpio de toda luminosidad salgo de entre las palabras. Renazco.
Vuelvo a contemplarme acosa el hambre pero aún me sostiene la luz.
Conservo un susurro fatigado, me desnuda de viejas maderas.
Yo, un ansioso de la suerte por enésima vez abro los párpados para buscarme detrás de los ojos, sentir un desgarro, una evidencia, esta lengua arrastra un atroz apetito.
Voy acercándome a la rabia, cruzo la línea inflexible del horizonte y salgo por el proscenio.






 Grandes Obras de 
EToro de Barro
Neus Aguado, "Intimidad de la fiebre”, Col. «La piedra que habla», Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed., Tarancón de Cuenca, 2005, PVP 10 euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Neus Aguado, "Intimidad de la fiebre”
Col. «La piedra que habla»
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2005
PVP 10 euros.
Neus Aguado, "Intimidad de la fiebre”, Col. «La piedra que habla», Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed., Tarancón de Cuenca, 2005, PVP 10 euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es





  
































sábado, 29 de abril de 2017

«Marilyn», de Juan Calero Rodríguez

Poema Marilyn, de Juan Calero Rodriguez; Fotografía de Marilyn Monroe. Lib. de Referencia: Coexistencia, de Carlos Morales, Ed. El toro de Barro.

Juan Calero Rodríguez
(Cuba, 1952)
Marilyn
                                                             



Yo, Thomas Noguchi, médico forense
cotizado por gladiadores del Universo
ante este semidiós de la mitología contemporánea
desnuda sobre una mesa fría común a todos los muertos
declaro:
Norma Jean Baker. Treinta y seis años
ciento diecisiete libras
con estómago limpio de barbitúricos
y útero tamaño natural sin temores
amado desde los nueve años
por un padrastro innoble
hasta el presidente más poderoso
por supuesto nombrado y respetable John F. Kennedy
precipitada a la confianza
burlando vértigos y lluvias
ingenua, cosmetómana, narcisista
torpe frente a la soledad
indisciplinada y maravillosa
perdida en alguna grieta bastarda
ebria de autógrafos y tranquilizantes
con casi kilogramo y medio de cerebro
pulmón derecho pesando cuatrocientos sesenta y cinco gramos
y corazón deseado por millones de hombres
tuvo de todo, menos la vida.
Ella que soñó reinar desnuda
entre aplausos en alguna iglesia
hoy soy su público
y la poseo sin fotógrafos.

Declaro:
Caso forense No. 81128
fue asesinada
por sus fieles admiradores.

Apaguen reflectores. Ha muerto la reina.




 Grandes Obras de 
EToro de Barro
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2002.
PVP 10 euros.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.





































martes, 11 de abril de 2017

«Testimonio de un soldado desertor», de Juan Calero Rodríguez



Juan Calero Rodríguez
(Cuba, 1952)
Testimonio de un soldado desertor
                                                             
A los estigmatizados y humillados de por vida, en las UMAP





Un día me negué a que el fuego ardiera por el resto de mi vida.
Y fui olvidado, como se olvida tarde o temprano a los héroes.
No es posible latir, como otro madero cualquiera, sin ritmo
o mejor digo, con el mismo ritmo de otro madero cualquiera.
Primero amanecemos en el brocal para luego tallar los tuétanos
donde los pinos inventan su mito entre tanto ruido.
Una razón se sienta tras el eterno cadalso
donde nadie pregunta, ni se explica.
Las razones no mueren en los cementerios,
reclaman
la techumbre por donde escapar del silencio.
He dormido en barracones, en el suelo,
entre tantos otros
apilados en hogueras, cuerpo con cuerpo, por frío.
Y nos saltamos la penitencia
en aquellos campos olvidados por los sueños.
No por ello fuimos héroes, ni mártires,
cada adversidad reta un nuevo milagro.
Solo inocentes.
Y ofrendamos nombres a náufragos cotidianos
y aceptamos como fósiles las derrotas
entre amigos que se ocultan y se privan
y alguna vez recuerdan
el regreso a donde nada queda por hacer.




Grandes Obras de

 EToro de Barro
Federico Gallego Ripoll, "Mal de piedra", Col Cuadernos del Mediterráneo, Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2005. Carlos Morales, edicioneseltorodebarro@yahoo.es, Luis Vicente de Aguinaga

Federico Gallego Ripoll, "Mal de piedra"
Col Cuadernos del mediterráneo
Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca 2005


Federico Gallego Ripoll, "Mal de piedra", Col Cuadernos del Mediterráneo, Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2005. Carlos Morales, edicioneseltorodebarro@yahoo.es, Luis Vicente de Aguinaga








































miércoles, 10 de agosto de 2016

«Sloopy Joe`s Bar», de Juan Calero Rodríguez


Juan Calero Rodríguez
(Cuba, 1952)
Sloopy Joe`s Bar
                                                             




En los portales donde todavía se besan las calles
Zulueta y Ánimas, donde estuvo la parada de la 22.
Sólo resistía una barra de dieciocho metros de caoba negra
maltratada y maloliente, donde María Félix
pronunció más de uno de sus acostumbrados I love you
mientras se desamoraba de esos pobres jirones, ese sabor a olas.
Yo era un escurridizo pardillo de la gloria
atraído por la magia en aquel antro de perdición.
No conocía nada de hombres solos o acompañados
en el mismo baño donde se abrieron la bragueta
Errol Flynn y Marlon Brando.
Y me asustaba qué hacía en un local tan solitario
frente a esa galería de caras sonrientes y autografiadas.
Sus vitrinas desconchadas, como cofres de gaitas,
conservaban el polvo de lo que pudo ser la torre de Babel.
Ava Gadner titila el ojo insomne
donde la pestaña postiza le pesaba tanto como el escote.
Clark Grable con su interminable pitillo humeante
aun surcaba sus puentes imaginarios,
con el cejo levantado,
bebiéndose su enésimo high boll.
Muy cerca,  el Hotel Plaza, donde durmieron sus orgías
Spencer Tracy y Tyrone Power, quizás
en las mismas habitaciones yo fui un almendro florido
cuando ya no era ni hotel, ni plaza, ni puerto de peces
pero sí en la misma esquina del Parque Central
donde José Martí nos saluda para siempre
con su mano levantada.





LIBROS RECOMENDADOS

Un manojo de cartas póstumas del poeta Carlos Edmundo de Ory a su compañero y amigo de fatigas vanguardistas Eduardo Chicharro.
Y una obra maestra.


"Noches dantescas", de Carlos Edmundo de Ory. Ed. El toro de barro, Cuenca 2000.(CARTAS EN LA NOCHE)


PVP: 10 Euros más gastos de envío
Pedidos a edicioneseltorodebarro@yahoo.es


 Clara Janés, "Huellas sobre una corteza". Col Cuadernos del Mediterráneo. Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2004.