El Toro de Barro

El Toro de Barro

viernes, 15 de enero de 2021

«El retrato», de Carlos Motales del Coso

 


Carlos Morales de Coso

(1959)

El Retrato

 

 

A Andrea Sáiz y Gabino Alejandro Carriedo

 

 

En el revellín de la chimenea hay un retrato,
y dentro una mujer que pintada parece.
Mujer dibujada en la orilla del fuego
-ella misma orilla,
ella misma fuego-
en actitud de súplica elevando
sus brazos amarillos
que apenas tienen aire que abrazar.
 
El retrato es el centro de un jardín con palabras
donde habita un hombre que optó por el silencio.
El silencio es su culpa, el monstruo
de la oscura esquina del retrato,
negra fauce que canta en las espaldas
y un dolor de siglos en el hombro nos deja.
 
Un hombre contempla en el invierno
el jardín que fue previo a su derrota.
El hombre que besa un cuadro con mujer
que de pronto aparece, el hombre
que no sabe morir aunque el reloj se pare.
 
Conocido jardín con ángeles arcádicos,
ángeles que abate el desamor
con sus hachas melladas y filosas,
espíritus doblados
por el peso de la culpa en el jardín perdido.
Paisaje que respira casi por piedad.

Como la vida.


De Un rostro en el jardín (2000)



  

 

Grandes Obras de

El Toro de Barro
PVP: 10 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es


 
En un dramático–y real– camino de retorno, algunos de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz viajaron de nuevo al escenario de aquel apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual y colectiva, cuya historia fue narrada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, Esta novela coral pone de manifiesto las diversas formas de experimentar la presencia real de aquella tragedia en todas las generaciones del Israel contemporáneo, de cuyas patologías Amela Einat es una reputada e innovadora especialista






"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci
















jueves, 14 de enero de 2021

«Mujeres en el jardín de la mezquita», de Carlos Morales del Coso

Carlos Morales del Coso

(España, 1959)

  Mujeres en el jardín de la mezquita

 

A María Victoria Atencia

 

       Oculto entre los naranjales

a cámara lenta pasan las mujeres
cantan los vestidos
de las mujeres que pasan
y a cámara lenta miran donde yazgo
como si yo estuviera
mirándolas
pasar


         Bajo su falda
la sombra rinde el moecín  
y a cámara lenta la oración se duerme
y las abejas liban
y el minarete calla
detiénense en el aire los pájaros también
congelados quedan
colgados de los tiestos
y el sol ciñe su fajín ladéase el turbante
a cámara lenta se arrodilla
como junco que fuera en la orilla del alma
y entre sus piernas muere
como muere un cuchillo
en el rumor del agua
entre las rosas
 


         Anochece
y se inclina el azahar y con su boca
besa las campanas
las mujeres que tañen
con jazmines despiertos en los dientes
a cámara lenta
bajo los naranjales
mujeres que volan
pintadas en el viento
como si yo estuviera
como si yo no fuera de cuerpo presente
mujeres que ríen
mujeres con cestas
que lentamente pasan
cabellos negros
negros caballos negros
negros relinchos
de alazanes negros
que lentamente caen de sus vestidos
sobre la cicatriz
como un latigazo en medio de la noche
como una navaja
de plata en mi cuello
entrando en los ojos
del muerto
bajo los naranjales
a cámara lenta
                      a cámara lenta 
                                            a cámara lenta 

Mercedes Ridocci


Grandes Obras de
EToro de Barro

Ángel Crespo, "Oculta transparencia" (Antología 1950-1959), Introd. Toni Montesinos Gilbert. Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000.

PVP: 8 euros Pedidos a:














miércoles, 13 de enero de 2021

«El Tren», de Mónica Mera

 


Mónica Mera

(Argentina, 1963)

  El tren

 


Disfruto mucho
del pensarte,
me recuesto en el patio
de la casa bajo el árbol
en el sillón blanco
y entrecierro los ojos
Te veo correr hacia
el tren cuando llega
y huelo ese perfume intenso
del abrazo
Yo pequeña
enredando mis rulos en los
botones de tu saco
y las palabras entre risas
Recuerdo papá que
hay algo distinto entre nosotros
y la gente
que se apura
Nosotros nos quedábamos
para mirar al tren
cuando se iba.
Sentados los dos
en ese banco largo.

                                 Otros poemas de
                                    Mónica Mera


«Es la voz de mi madre»

Los «Ojos»

«El chino del agua»

«La abuela»

«Desnudez»

 

Grandes Obras de 
EToro de Barro
Neus Aguado, "Intimidad de la fiebre”, Col. «La piedra que habla», Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed., Tarancón de Cuenca, 2005, PVP 10 euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Neus Aguado, "Intimidad de la fiebre”
Col. «La piedra que habla»
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2005
PVP 10 euros.
Neus Aguado, "Intimidad de la fiebre”, Col. «La piedra que habla», Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed., Tarancón de Cuenca, 2005, PVP 10 euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es





 

















martes, 12 de enero de 2021

«Las bañistas del viejo calendario», de Carlos Morales del Coso

 


Carlos Morales del Coso

(España, 1959)

  Las bañistas del viejo calendario


Nadie sabe qué acontece en esa casa del final de la calle, en la que nunca se apagan ni se encienden los faroles rojos ni se limpia de maleza los rosales viejos que en otro tiempo lucían al amanecer, ni siquiera los borrachos se aventuran a buscar cobijo en sus habitaciones cuando el frío se abalanza sobre sus gabanes  sucios, sólo los gatos se atreven a seguir el rastro de los pajarillos que sus dientes afilados atrapan con ternura al atardecer, como si los besaran, o los viejos cansados que en el aire se apoyan y atraviesan temblorosos los cristales rotos a pedradas de los ventanales para ocupar su lugar entre los muertos que bailan elegantes en el antiguo salón, como si fueran las pavesas de esa chimenea que ya ninguna mano enciende ni hace murmurar cuando los lobos de la noche se despiertan. Más yo sé que no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que el sol atravesaba con sus primeras lanzas las cancelas de la casa y bordaba en las umbrías del aire la gozosa algarabía del polvo que, con sus mandiles limpios, aquella mujer de blanca cabellera levantaba de las mesas de madera oscura sobre las que, entre cuartillos de vino, no tardarían los viejos en apoyar los codos de su melancolía y jugarse a las cartas los pocos himnos de la juventud que apenas les dejaron saborear los abruptos tambores de una guerra que nunca concluyó. La señora Cándida iba y venía entonces por entre las mesas con las bandejas llenas vino enteco y somatenes viejos como si arrastrara su lánguida viudez bajo su vestido negro, el semblante pálido, el temblor maduro  de un cuerpo que ya nadie perseguía bajo la madrugada, y eso pelo ondulante y blanco que parecía el plumón suavísimo de los polluelos de las águilas reales. Iba tan absorta en su felicidad remota que no se percataba del muchacho de nariz aguileña que, al atardecer, atravesaba al son de sus camperas manchadas de barro la puerta de aquella humilde taberna de la que vivía, y se sentaba cerca de la vieja estufa de carbón de pobre mientras crepitaba el puchero de café macizo que la Señora ponía a calentar para los últimos borrachos silenciosos que la visitaban con las mismas manos con que blandía diligente el estropajo con que abrillantaba los ojos del muchacho aquél y el tosco cencerro que, como un corazón, lucía colgado del pecho, y que en silencio cantaba cuando la veía pasar con su falda ondulante como pasan las dunas tras el silbo del viento, quebrando los címbalos rugientes de su cintura adolescente y la amorosa flauta con que acercaba el cielo.

Un día de Reyes de hace demasiados años aquella mujer triste colgó al lado de una de las ventanas de su tasca un calendario antiguo cuyos días colgaban como minúsculos globos de colores de la fotografía de un lienzo olvidado. Era tan hermoso, que el joven y los viejos dejaron de mirar los días y se olvidaron de contar el tiempo, y los muertos dejaron de abrir inesperadamente la ventana por la que entraba la luz de la mañana. El cuadro del calendario se convirtió así, de pronto,  en la única ventana por la que se veía el mundo. Dentro del lienzo corría un río de aguas serenisimas con ninfeas en las que se bañaban unas jóvenes muchachas de espaldas fibrosas y ondulantes y cabellos deliciosamente recogidos. Todos se acercaban con un chato de vino a contemplar su risa, y a escuchar de cerca el rumor que dejaban las ajorcas que abrazaban sus tobillos como si fueran alas de pájaros dorados. Sus pequeños pechos caían lentamente hacia lo alto, como las ubres de la Sulamita que corría enfebrecida entre las muchachas morenas de Jerusalén, danzando por los campos, y buscando entre las flores de los huertos la boca de su amado Salomón, la higuera en cuya sombra le hacía enloquecer de amor entre sus piernas al son de los tambores y de su joven flauta. Entonces las muchachas se empinaban hacia el aire, sobre los montes, para besar las nubes y pintarlas con la sangre del atardecer, y luego se dejaban caer, bulliciosas y valientes, oh las jóvenes muchachas, sobre los riachuelos del alma para esconder en su barro las sandalias perdidas de mi juventud, las abarcas humildes del muchacho que sólo las miraba y creció entre los corderos. Así no había Dios que pudiera contar el tiempo. Y mientras, la Señora Cándida iba por aquí y por allá, como si flotara, bailando en secreto con el mismo viejo amor de hombros anchos que le quitó la Guerra, cuando amar aún era posible bajo el cielo.

Hoy, unos viejos albañiles han abierto con sus picos el hueco que antaño ocupó la puerta gris. Nada quedaba ya de su calor lejano. Sólo piedras en la que arrodillarse y toneladas de polvo en las bombillas. He visto entonces al muchacho antiguo atravesar las sombras con un poco de pudor y detenerse al cabo frente al viejo calendario del que poco se ve que no sea sino esa mancha oscura que dejara en la pared sin alma. Y el hombre ha acercado su mano a donde estaba el río de las jóvenes bañistas, ha rozado su risa con sus dedos transparentes, las ha visto fluir, iluminar lo oscuro, ha peinado sus cabellos mojados y con sus labios secos ha besado sus salados territorios negros, entonces unos ojos han mirado sus ojos, unos ojos han besado sus ojos desde la pared, y sus ojos temblorosos se han arrancado a reír y a derramarse luego, pues algo le decía en los oídos  que había llegado la hora de apagar la luz en la casa de los versos olvidados donde nadie te llama, ni te busca, ni te espera.  

 

 

 

 

Grandes Obras de

EToro de Barro
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2002.
PVP 10 euros.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.




























lunes, 28 de diciembre de 2020

«De Rimbaud», de Damià Huguet

 


Damià Huguet

(España, Mallorca 1946-1996)

  De Rimbaud

Traducción Carlos Vitale

Y su blog Carrer de la Marina

 



 
De Rimbaud te he hecho un vestido
y, hoja por hoja, he cubierto tu cuerpo.
Ahora me siento desnudo sobre un terrón,
y escribo, sobre un pie, este deleite.

Vuelan los cuervos con un poema en el pico.





Grandes Obras de 
EToro de Barro
Viento fresco es, sin duda, el libro más atrevido del poeta Jesús MunárrizPublicado en el año 2000, le sirvió al director de la prestigiosa editorial HIPERIÓN para escenificar un gesto de complicidad de los primeros momentos de creación literaria con el movimiento postista, a cuyos líderes de su "segunda hora" -en especial Gabino-Alejandro Carriedo- le unió una estrecha amistad.