El Toro de Barro

El Toro de Barro
Mostrando entradas con la etiqueta .- Realismo Mitológico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta .- Realismo Mitológico. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de agosto de 2014

"El ciervo", de Ángel Crespo.

Ángel Crespo, "Oculta transparencia" (Antología 1950-1959), Introd. Toni Montesinos Gilbert. Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000.






El ciervo


Sobre el atardecer camina un ciervo
mientras al sol la noche desposee.
El hocico del ciervo, malherido,
sangre derrama encima de las nubes.
Tiemblan las casas, crujen levemente,
mientras inquietos van sus habitantes
del espejo al balcón y, una vez más,
contemplan su mirada en los espejos.
Un ciervo a tales horas
corre el camino que ante el hombre pende,
devorando las hierbas luminosas
que alimentan los ojos.
Un ciervo abre sus fauces,
ciervo feroz de boca cotidiana,
que con los dientes rompe las cortinas
de la diaria luz, mientras derrama
sangre herida de sol en su camino.



 

"El ciervo"      *     "Junio Feliz"
"La mano"      *     "La noche"
"El aire"      *     "El fuego negro"


Grandes Obras de
El Toro de Barro


Ángel Crespo, "Oculta transparencia" (Antología 1950-1959), Introd. Toni Montesinos Gilbert. Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000.
PVP: 8 euros Pedidos a:













martes, 1 de julio de 2014

Psª del Holocausto: «Yad Vashem», de Carlos de la Rica


Anochecer en El Mar Muerto: Carlos de la Rica,"Yad Vashem” Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto» Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed. Tarancón de Cuenca, 2000. PVP 8 Euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es

"No olvides nunca, pueblo mío, / que en Yad Vashem hay un lago / manso y no conviene dejarlo / nunca que vuelva / y embravecido se repita"
(Carlos de la Rica)
Anochecer en el Mar Muerto.



Estudio, selección y notas de Carlos Morales.
(En preparación) 

Carlos de la Rica
(España, 1929 – 1997)
Yad Vashem



I

Tras Guival Ram y de repente
están los pinos, refulgen rápidas
las aves transitivas y el paisaje;
embravecido el cemento llega;
llegan al encuentro enhebrados
los personajes de piedra y la madera
quemada, como quemadas fueran
las viviendas un día.
Se abren la voz y su argamasa,
el cemento y su zócalo de esféricos
pedruscos primordiales;
aparece del centro una hoguera,
el río que corre y es un lago
negro, profundo y en sus aguas
–nacidas de inmisericordia antaño–
las tablas de un no usado naufragio.
Está mi pueblo, los plintos en el suelo,
los latidos invisibles del dolor,
los prohibidos nombres están
escritos en hebreo. No hablo alemán,
pero también puedo leer:
Dachau que es él un grito,
un astro metálico abatido;
el hambre de las bocas y
consumidos los cuerpos, las muñecas
con las manos ceñidas por las cuerdas.
Auschwitz hirsuto y de granizo,
fuego lento de gases, nubes
de cabañas arrasadas según costumbre.
La fosa silenciosa donde bajara el ave,
mujeres y los niños que desnudos
los himnos cantan como antes,
–cuando una madre anciana
con su dedo crecido y largo
al cielo señalaba y humo
de incienso a la pradera de arriba
se echaba a andar y rezaba–.
Los montones de zapatos y ropa,
la fauna de la risa fría,
el estallido de Treblinca;
Meidenek y la pechuga inmunda
de la coz y la viga gamada.
Desconozco el idioma, lleva plomo
como llevábalo la vida
segada de un ave libre que volaba
y abatida al suelo cae por el tiro
del cazador. ¡Cuál cómo cada nombre
escrito ha sido en su lugar!
El calofrío del animal con sed,
de la paloma y de sus crías;
digo que no alcanza mi voz
en circundar el pretensado cemento:
fluye, clava y grita la alambrera.
Ocurre que la corriente pasa debajo,
es un pozo que brota, lanza su voz
a lo alto y el pie mío
en movimiento pongo.
Oh pueblo, enciende la lumbre
y la llama deja perenne
en funeral fluir de la epopeya.
Y de Yad Vashem salgo, de la pared
me traigo el jeroglífico
donde tropezar suelen los hombres.
No olvides nunca, pueblo mío,
que en Yad Vashem hay un lago
manso y no conviene dejarlo
nunca que vuelva
y embravecido se repita.


II

Oh pueblo:
Yo he sido un niño ignorante,
pero el río crece y va a parar al mar,
un ruido corre produciendo: yo he contado
los caudales de agua gota a gota,
pues en mi intención siempre pensaba
volver de la tormenta y en la paz
penetrar.

Judíos de Europa:
me siento agarrado del brazo de todas las criaturas,
tú has sido embadurnado de amarillo
y rápido corro hacia el montón apilado,
hacia el humano fardo que de ti hicieran
¡Oh qué lluvia de muerte en vuestra lápida
penetra!

Oh ángeles:
busco de la tarde los perfiles,
la simiente de tanta figura destrozada;
tu nombre busco santo, Sión,
y peregrino recorro las calles y callejones de las ciudades,
en las aldeas tembladas por el viento;
la alambrada repaso de los espinos. Pero busco
igualmente
la sombra de mi pueblo que un gemido lanza,
de tu pueblo, Miguel, del pueblo tuyo,
cuyo destino te fuera confiado y la cinta
aún sostienes con la mano de plumas.

Jersusalem:
escombrada y partida, arrasada,
bufanda arrastrada por los suelos;
oh Tito incendiador, déspota humano,
¡qué lento el desplomarse las torres y las columnas bellas,
los plintos! Y –saltamontes– el humo ennegrecía
las grandes y doradas paredes del Templo.

Massada, oh Massada:
amasada para el placer y la defensa;
pero, ante todo, masa del valor, génesis
de aquel rebaño cuyos corderos signos fueron
del encuentro del grillo y el alfiler que pincha.
Armario de la memoria, lugar
donde el joven llora aún cuando
la emoción penetra en su torso desnudo.

Menorat:
lluvia de luz, estrellas siete en el cobre o el oro,
sobre los viejos hombros transportada
y en las sortijas recordada por cuantos tocan
el sol fulgiendo encima de las cúpulas
de Sión.

Tierra:
humus testigo
de la sangre y la savia
que luego convertida en árboles de las colinas son;
como un abrazo amoroso rodeando con sus dedos,
cercando; y envuelven la ciudad,
Jerusalem
oliendo a hierbaluisa y cedro.

Oh sombras,
ángeles otra vez,
descansad, la caracola de Esther,
ha vuelto
la lentejuela que como recua de cabras tintinea
y es Judit.

Creced,
oh naranjos,
montes poblados de cipreses y rosas,
de cedros y otros árboles más cuyo
nombre ahora no es menester recordar.
Y bajad de la colina donde quedan
el holocausto y el perdón también.

Pero tú, pueblo mío,
vosotros, pueblos de toda tribu, condición y raza,
de toda
familia-especie-humana, recordad siempre
y no olvidéis este nombre
y no lo repitáis más.

Atrás queda el cemento
cuadrado, la arquitectura
exacta en paralelepípedo,
el poderoso sol que su luz desploma
sobre las losas y la yerba;
queda el astro quemante de Yad Vashem,
grano caído en los surcos
de la tierra,
Madre-de-todos-los-pueblos 



De su libro
Yad Vashem
El Toro de Barro 2000.


 

Otros poemas de Carlos de la Rica

(«Realismo mitológico»)

 

«A Ezra Pound» (1977)

«Yo amo una raza hermosa que vivió en América» (1977)

«La marcha de los negros» (1977)

«Ícaro» (1977)

«Saludo desde Z a Yuri Gagarin» (1977)

«Yad Vashem» (1977-2000)

«El rapto de Europa» (1977-2000)

 

        
Grandes Obras de 
El Toro de Barro
Carlos de la Rica,"Yad Vashem” Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto» Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed. Tarancón de Cuenca, 2000. PVP 8 Euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Carlos de la Rica,"Yad Vashem”
Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto»
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed.
Tarancón de Cuenca, 2000.
PVP 8 Euros.
Carlos de la Rica,"Yad Vashem” Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto» Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed. Tarancón de Cuenca, 2000. PVP 8 Euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es




 

lunes, 29 de abril de 2013

"El mar", de Carlos de la Rica.

Guido Cagnacci, Noè ebbro,

 
El maR


 
   Antonio, no vayas hacia dentro, entra en el agua,
que por la inquieta onda se va al mar;
toca todos los ríos, viste con todos los paisajes
y en las aldeas deja ese jirón de tierra que te arrastra:
Detrás quedarán los puentes y los árboles,
e impávidos los volcanes seguirán repitiéndose en las alturas.
El mar se abate cerca con su guerra.

      Yo lo recuerdo ahora, al viejo anciano,
al musculoso mar por cuyo rostro jamás dejó el tiempo su fatal
[mordisco.
      Al mar que golpeando las escarpadas rocas con sus manos
playas de arena roza y golfos, y ensenadas
que seduce y achica de las peñas.
     Antes era la noche, el caos, pero Dios lo hizo todo con su boca;
cantó Dios, hizo el relámpago, la minúscula araña;
también el pez que habitó la cálida hoguera del mar,
Antonio.
Los pájaros, la serpiente, el fondo donde descansan hoy los fabulosos
[tesoros de los barcos,
toda la transparencia del mundo la hizo Dios,
el mar incluso, y lo vistió de azul.

      Casi un grito rotundo, sonoro, es
el mar;
por su cara resbalan los ríos, la lluvia, la lava hirviente
que transforma,
los rojos corales que hacen señas desde dentro.
Y yo le palpo con mis palmas; acaso sea también un mar
y Dios así lo permite.

      Yo vi llegar las aguas todas del amplio Océano,
a los puertos salí de Europa por vocear mi rara mercancía
y en las bodegas de los barcos recosté tus espaldas, marinero.
Soy como el mar, Antonio, y como el mar
he soplado en las costas de Francia y de Inglaterra.
 
   Ah marineros, veo que el mar se curva ahora y que en sus lomos
la nave surca y llega a las tierras de América. Marinero,
Antonio: la arrugada Cerdeña y la antigua Caribdis se alborotan de rabia,
el mar nieva con su espuma
y el arroz brota como una caricia en el lodo de China.
Helena es la hija del mar; Dios azotó las ondas de los mares,
paseó su viento por encima del agua; sus manos de gracia han conmovido
al África con sus lagos y pirámides.

     Antes sólo Dios paseaba su túnica. Pero un día
lucieron sus cristales al contacto del fuego. Y luego la
extensión difícil,
el cuerpo gigantesco con cuyo contaco la tierra brilla y se cubre
de verdor.
Antonio, sólo Dios pudo hacer el mar
y lo hizo de la nada.

 Carmelo Blazquez

     No subas los puertos, mar; Dios te puso una cerca
y te prohibió manchar de barro los preciosos montes de España.
Vueltas da la tierra en torno y un otoño arranca las semillas de la luna.

     Australia, un continente casi, América y Europa,
millares de islas tal estrellas, como Helena, son hijas del mar.
Y yo, otro mar, permanezco y canto con mi espuma.

      Lo llamaron Mare Nostrum, y Roma con su estola
rizó sus aguas en el norte de África.
¿Quién eres, mar?
¿Quién eres tú, Antonio, al asomarte a la playa
y sumergir despacio los pies y ojos en la noche?
Patria mía, España; digo mar, ciudades marineras,
que asomáis las manos y navegáis eternamente por el manto de Océano.
Voy sembrando, yo, otro mar, mi espiga de oro en los surcos que deja
el arado del barco romano.

      Como la copa de un árbol se cimbrea el mar.
Antonio extrajo piedras de abajo, guirnaldas,
machacó corales, raíces, sopló su fragua el viento.
      Vi cómo un volcán palpaba la blancura de las olas,
las lanzaba, y un remolino,
hirió la espesa selva de abajo.
    
      Aquí todo es rigor, el taco no descansa, terrestres
animales huyen, sólo peces deseo, vasijas con que poder raptar el mar.

      ¡Oh, si Dios repitiera el milagro!
El recinto suyo, el tuyo, Antonio, resultaría más grande.

      ¡Ay!, marinero, Antonio, el mar persiste.
Acaso vea la lámpara que enciende Dios en su vuelo,
los faros que en el cabo ponen los hombres como un destino,
la proa hiriente que abre su paso con una máscara.
Todo lo veo en el mar de Cataluña, en la orilla alargada y dorada 
[de levante,
y un rumor como de algas y de sales sube despacio hasta rozar
[mi garganta...

      Llegan los conquistadores, los que detrás dejaron las escarpadas rocas,
los que del Egeo sus cabellos trajeran un día para después
[tornarlos a su templo;
el cetro lo empuña España y un puente alcanza
la extraña tierra, y de sus ríos agua les lleva con que
mezclar el origen bellísimo de los hombres rojos de América.
Los cascos cubiertos de cuernos, los ciervos salvajes de Islandia,
los hijos del Norte han sacudido asombrados su cabeza
y mil pájaros sobre los bosques giran despacio.

      La mano airada del Océano amansa, y como una pluma
sopla suave las naves que llevaran la Gloria.

      Antonio, hombre, marinero, desde esta playa
el mar océano es para nosotros la Gloria. Quizás los buitres
caigan del cielo. Dios nos dio el mar y esto nos basta.

       Peces negros y hambrientos, formas oscuras
por entre las olas pululan, Legión se llaman
y azota el hombre con piedras su morada.

      Yo soy un marinero, calcé mis sandalias de algas,
y la costa acaricié con mis dedos. Sorprendí la aurora
de múltiples colores, me llamo Antonio
y tú estabas conmigo y también conmigo cantabas.

      ¡Ah, pescador!, ¡quién como tú que alojas en tus cuencas al mar!,
¡quién como tú para apresarlo entre las redes!
¡Soy un pescador! El mar también,
y como el mar, tengo mis barcos.
Y como el mar, respiro y ando y toco la orilla de Europa.
Y como el mar seré por siempre.

     Quise que Dios me hiciera como la esponja,
con pieles bien distintas, cubierto quise estar
y túmulos con las olas gigantescas levanté a los hombres y los seres;
entonces comprendí, y un águila vino a mi frente y la ciñó de aire.

      Aire, mar, Antonio, de un tamaño infinito
que hoy regala Dios con las olas a mi cuerpo.
Soy un mar, el mar, Antonio. Lo repito.
Y como el mar seré por siempre.






 Grandes Obras de 
El Toro de Barro
 PVP 8 euros
edicioneseltorodebarro@yahoo.es

llegar limpia de nombres
a tu nombre
sin gestos del pasado
ni voces que reclamen
como recién nacida
que viera por vez primera
a alguien
que no fuera su madre
sin ecos reconocibles
y poder nombrar nuestra mirada
con palabras nuevas
que contengan
la profundidad

del primer día sobre la tierra
Otros poemas de 
Neus Aguado



"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci

 

 

   












lunes, 13 de agosto de 2012

«La marcha de los negros», de Carlos de la Rica.


Poema, "La marcha de los negros", de Carlos de la Rica. L. REf:  Antonella Anedda, "Las tres estaciones". Antología de la poesía del Holocausto. Col. Cuadernos del Mediterráneo. Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2001. edicioneseltorodebarro@yahoo.es


Carlos de la Rica
(España, 1929 – 1997)
La marcha de los negros


A Josefina Baker, con mi corazaón.

“Yoruba soy, soy locumí,
Mandinga, congo, carabalí”.
Nicolás Guillén.



 
Al despuntar de la mañana
bajo los árboles, el kiosco y en la acera
cerca del río y de la plaza
esta noticia leí en los periódicos de Tebas:

JOB EQUALITY FOR ALL MINORITES
NO U.S. DOUGH TO HELP JIM CROW GROW

(Algo ocurre cuando el pulso de los negros
cual yunques tempraneros su sobresalto crecen;
ocurre algo cuando la dulzura en la muchacha
la rubia muñeca peina y acaricia;
tal vez sea que los sistemas envejezcan).

Los negros alzaban sus huesos,
alzaban sus manos los negros.
Los negros cantaban bajo los postes.
Los negros hablaban de tambores.
Los negros decían, trepaban al trono de los negros
Decían
Those birds sing upon the tree:
Hijos somos todos de Dios.

Y el habitante de Tebas vio que en la llanura
crecían los negros como una alta columna,
los brazos alargaban los negros al estanque,
salta el mulato, el lucumí, carabalí,
grita el muchacho
I see my neighbour drinking

(mandinga, congo, carabalí;)

Y el negro duerme, el negro espera, el negro dice,
los brazos planta en la colina:

FREEDOM.

FREEDOM color pared, color dulzura,
color de luz. El negro espera, también
perdona.
Y el blanco canta:

kept you waiting so long;

Ya no es el muro tranquilo del Sur,
ni el fiel cafetal lucumí, ni la botella.
¡Negro en los caminos del palacio de la Igualdad!
Negro del trigo que las lágrimas maduran
de esperanza.
Negro que esta mañana de nupcias me hablas
y cien astros en las espaldas amplias anudas.
¡Habrá justicia!

Mi corazón saluda la marcha de los negros del Sur,
de los que hoy encienden de antorchas
su noche
y ante Lincoln o Wasington reciben
los odres llenos y los cáñamos del nuevo orden.
Saluda mi alma
a los chiquillos que hacen señales con sus tripas desnudas,
a los corredores de los estadios;
a King Martin Luther y a su Coretta.
Estabas condenado, oh negro, y ahora
mi corazón saluda
a Harry Belafonte y a Sidney Poitier
a la oliva de Ralph Buncke,
los pájaros preciosos de Marian Anderson
y el capelo o la sagrada púrpura en la bondad del pastor.

Saludo, yo os saludo
en donde el sol nace y sus dedos entretiene
en recoger diez mil rosas,
FREEDOM pues sois mis hermanos,
hijos de Mississippi y de Virginia,
Alabama, hijos
De la salva y de Brasil, de Luanda
o de Georgia.

Yo leí esta mañana,
Una piedra cayó esta mañana,
Hasta aquí, en el kiosko,
a mis manos vino una esmeralda.
Mi corazón está en el viento
mis manos un ramo de flores
para ti, Josefina
Baker, y un beso
vaga hasta besar tu frente,
oh Nicolás
Guillén
de Cuba. 


De su libro
Poemas Junto a un pueblo,
Poesía de España, 1977.

 

Otros poemas de Carlos de la Rica

(«Realismo mitológico»)

 

«A Ezra Pound» (1977)

«Yo amo una raza hermosa que vivió en América» (1977)

«La marcha de los negros» (1977)

«Ícaro» (1977)

«Saludo desde Z a Yuri Gagarin» (1977)

«Yad Vashem» (1977-2000)

«El rapto de Europa» (1977-2000)




Grandes Obras de 
El Toro de Barro
 Antonella Anedda, "Las tres estaciones". Antología de la poesía del Holocausto. Col. Cuadernos del Mediterráneo. Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2001. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Antonella Anedda, "Las tres estaciones".
Antología de la poesía del Holocausto.
Col. Cuadernos del Mediterráneo.
Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2001.
edicioneseltorodebarro@yahoo.es