El Toro de Barro

El Toro de Barro

lunes, 9 de abril de 2012

"La batalla", poema árabe de autor anónimo








Autor anónimo
La batalla

 


Traducción dedicada a
Irene Zamorano
(Marrakesh, 2006).
 

Habíamos agotado todas las palabras del amor.
Callamos entonces.
Un silencio profundo se extendió entre nosotros
como entre dos ejércitos dispuestos para la batalla.
  
Y libramos la más grande batalla de amor.
El ruido de los sables estaba en nuestra boca.
Los suspiros de los moribundos en nuestros estertores.
El estruendo de los carros de guerra ardía en las arterias...
Y te conservé,
contra mí,
como un estandarte destrozado.....





Traducido de la edición francesa de
El jardín de las caricias,
De Fanz Toussaint





"La voluptuosa"       "El sueño de los lebreles"       "El alfarero"

"Canto de despedida"       "La serpiente"       El alfarero

"La bailarina"        "La batalla"        "El Vencido"

"La canción del guerrero"       "La arena"


Grandes Obras de 
El Toro de Barro

 
 PVP 8 euros
edicioneseltorodebarro@yahoo.es

 
llegar limpia de nombres
a tu nombre
sin gestos del pasado
ni voces que reclamen
como recién nacida
que viera por vez primera
a alguien
que no fuera su madre
sin ecos reconocibles
y poder nombrar nuestra mirada
con palabras nuevas
que contengan
la profundidad

del primer día sobre la tierra
 

Otros poemas de



 

 

   

 

  














domingo, 8 de abril de 2012

Poemas secretos de Federico Muelas...








Federico Muelas

CONFIDENCIA PRIMERA





            No sé si triste o malogrado,
tenor o caracola pronta a ser invadida por la arena,
combato mi destino.
            Se me ha escapado el aire que antes me decoraba;
se me ha extraviado un lucero en la memoria
y temo una invasión de gusanos felices
tercos en su heroísmo de mesa camilla.
            Avanzad, avanzad pronto, mis fantasmas,
los que me acompañasteis y vigilasteis mis sueños
                                          [inesperados.
Encended contra el viento vuestos cantos impuros
y caracolead vuestros caballos de silencio
entre tanta adoración bovina y tanto engullir pausado.
Buscadme aquella piedra que me hacía invisible;
aquel violín verde que lágrimas recorren.
Rescatad mi anillo azul en desposorio con la tierra,
mi melena rizada como una ocarina.
            Salvadme de los pasos, las caricias, las nubes;
de las manos calientes como ubres de burguesa.
¡Salvadme, sí, salvadme!....No os besaré las manos
porque no tenéis manos ni yo soy un infame,
pero os diré despacio mis palabras mejores,
junto a vuestros muñones con cascabeles fríos;
junto a vuestras linternas con cristales de lluvia,
junto al suspiro largo que es emboza y dilata.
            Salvadme: desead de nuevo mi agonía,
expuesta en la vitrina de los atardeceres.
¡Salvadme!. Yo os prometo
mis lágrimas surcadas de peces desgarrados,
de luces de trasmundo.





                 
Este poema de tendencia surrealista fue publicado en el nº 2 de la revista El pájaro de paja, en 1951.  Estos dos hechos nos sitúan al poeta conquense en los alberos de las escasos reductos vanguardistas que vivían en el inframundo de la poesía española de los años cincuenta, y nos ilustran su compromiso con aquel movimiento plagado de heterodoxos que, organizados en torno del buque insignia del "pajarerismo" intentaron preservar en la poesía el impulso de la imaginación sobre la que se habían abatidos las losas de la rehumanización -de tendencia religiosa o revolucionaria- sobre las que se levantaría, en los años 60, la poesía social. El poema fue recogido en la revisión antológica de su Poesía que, reunida al cuidado de Carlos de la Rica, fue editada por El toro de Barro en 1973. Después, yo mismo la incluí en la que preparé bajo el título de Poesía Secreta, editada en el año 2000 por la misma editorial, y en la que quise recoger los libros que Federico Muelas nunca quiso publicar por razones complejas y dramáticas que aparecen recogidas en su introducción.














sábado, 7 de abril de 2012

"La danza de la carretera", de Carlos Morales



Poema del Siete de abril

Carlos Morales


Tang-Lo le dijo a Tang-Li:
No me quieras tanto,
Quiéreme mejor.
Y Tang-Li lloró,
porque no conocía otra manera de amar

Carlos Asorey
La Camama, Toro de Barro, Cuenca, 1982


Padre mío: 

El invierno ha llegado ya. 
Dando tumbos como un gato de suave techumbre.

Yo lo he visto llegar
bajo el frío,
abrirse paso 
- sigilosamente- 
entre los amapoles rojos.

He sentido su lengua posarse sobre mi cabeza, Padre.
He sentido su rabo turbándome la nuca, Padre.
Su oscuro maullido entre las flautas silenciosas 
que duermen en el fuego que danza sin calor...

He ahí la ceniza, 
amasada y reseca,
como la senda de un viejo arroyo que enlodó el simún. 
Toma tus dedos, Padre,
y escúlpela.

Ya no sueñes más. 
No despiertes la yesca.


Ahora mismo estoy contemplando la carretera. 
La carretera se mueve
como una lombriz brillante entre las zarzas.
La carretera baila.
Sube la testuz. Su falda negra en la angostura
del atardecer la carretera baila
el rumor el silencio
 y no deja de bailar
la carretera
como un caballo en flor que de los montes baja
sube baja negras crines
relinchando sobre la cárcavas filosas de mi corazón
mordiendo el cielo
mordiendo el cielo.

Pero no es por eso por lo que me detengo. Padre.
Me detengo porque el día es hermoso.
Porque la noche luce. 
                                             Luce. 
                                                                 Luce.
Porque la noche no cesa de lucir sobre 
el barrizal, sí,
como un farolillo que ruge en medio de las sombras,
con mi sombra.
Ya no esperes más, padre mío. 
Toma tu barro y ya no esperes más.
Descanse cuanto amo de tan oscuridade. 
                                 
He venido a buscarte, Padre.
Anda, sube y cierra la puerta
de este burro de fierro que fluye hacia el atardecer
entre los alfileres fríos de la primavera, 
como un rayo dorado.
El viaje no es tan largo, Padre.
No queda tanto trecho ya.

Déjame deslizarme sobre el alféizar de tu corazón.
Como un gato perdido, Padre,
enroscado entre tus rosas.
Abrázame un poquito, 
un poquito no más, querido Padre,
como cuando llovía
y tú
ordenabas al cielo que cesase su dolor
y la tierra -mojada- se callaba.

Yo sé que estás ahí. Padre. 
Entre los setos.
Una enorme piedra vigilando el aire.

¡oh, Pater, cubre con tu vello el helor de este fuego
que no cesa de tronar con sus tambores rojos. 
Estoy cerca, Padre, rozándote casi con mis dedos.

No me dejes llegar solo a la estrechura.










miércoles, 4 de abril de 2012

«Estocolmo», de Mónica Nepote

Monica Nepote
(1970)
Estocolmo


Mi rostro tiene la huella de tu puño cerrado,
un sello cardenal.
Es perfecta la armonía,
el sollozo contenido,
corazones rabiosos.
Nos pienso así:
divinos, enlutados,
atrincherados en nuestras propias bombas
de tiempo.
La sumisión,
los cerrojos.
Ciega soy, estatua rota.
Si un dios decadente nos filmara
hasta el fin del mundo,
aquí estaría
roja y liada
ante mi hermoso verdugo.




Otros poemas de Mónica Nepote 

«Timbuctú»

 

Grandes Obras de 
El Toro de Barro 
Carlos Morales, "Salmo”, Col. «Cuadernos del Mediterráneo», Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2005.

Carlos Morales, "Salmo
Col. «Cuadernos del Mediterráneo»
Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca, 2005.
 



















 

 


martes, 3 de abril de 2012

"La mujer del farero", de Mercedes Escolano





La mujer del farero




Cuando arrojó a los peces de su reino
ciñó la tristeza al faro, se le murieron
los hijos, los pechos, las entrañas.
Suyo era el gesto preciso de inclinar
la cintura hacia el ocaso,
cimbrear las mareas domesticando
el pulso circulatorio de las aguas.
La tarde trajo aquilones homicidas,
desmelenada cola de pescado,
un golpe de roca entre los dientes.

Un día de su pecho huyose el mar,
bandada de gaviotas alejándose.
Hallaron su blusa en la escollera.

El viento en el mar.
El mar en su seno.
Su seno ondeando
sin ton ni son,
camisa loca.



De su libro


Abriendo esta ventana, encontrarás otros poemas de Felina calma y oleaje; levantando estas cortinas, hallarás una amplia antología de su obra; y traspasando esta puerta, accederás a una seguramente incompleta bibliografía de esta Poeta de El Toro de Barro

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© El poema de, Mercedes Escolano
En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.