El Toro de Barro

El Toro de Barro

domingo, 8 de abril de 2012

Poemas secretos de Federico Muelas...








Federico Muelas

CONFIDENCIA PRIMERA





            No sé si triste o malogrado,
tenor o caracola pronta a ser invadida por la arena,
combato mi destino.
            Se me ha escapado el aire que antes me decoraba;
se me ha extraviado un lucero en la memoria
y temo una invasión de gusanos felices
tercos en su heroísmo de mesa camilla.
            Avanzad, avanzad pronto, mis fantasmas,
los que me acompañasteis y vigilasteis mis sueños
                                          [inesperados.
Encended contra el viento vuestos cantos impuros
y caracolead vuestros caballos de silencio
entre tanta adoración bovina y tanto engullir pausado.
Buscadme aquella piedra que me hacía invisible;
aquel violín verde que lágrimas recorren.
Rescatad mi anillo azul en desposorio con la tierra,
mi melena rizada como una ocarina.
            Salvadme de los pasos, las caricias, las nubes;
de las manos calientes como ubres de burguesa.
¡Salvadme, sí, salvadme!....No os besaré las manos
porque no tenéis manos ni yo soy un infame,
pero os diré despacio mis palabras mejores,
junto a vuestros muñones con cascabeles fríos;
junto a vuestras linternas con cristales de lluvia,
junto al suspiro largo que es emboza y dilata.
            Salvadme: desead de nuevo mi agonía,
expuesta en la vitrina de los atardeceres.
¡Salvadme!. Yo os prometo
mis lágrimas surcadas de peces desgarrados,
de luces de trasmundo.





                 
Este poema de tendencia surrealista fue publicado en el nº 2 de la revista El pájaro de paja, en 1951.  Estos dos hechos nos sitúan al poeta conquense en los alberos de las escasos reductos vanguardistas que vivían en el inframundo de la poesía española de los años cincuenta, y nos ilustran su compromiso con aquel movimiento plagado de heterodoxos que, organizados en torno del buque insignia del "pajarerismo" intentaron preservar en la poesía el impulso de la imaginación sobre la que se habían abatidos las losas de la rehumanización -de tendencia religiosa o revolucionaria- sobre las que se levantaría, en los años 60, la poesía social. El poema fue recogido en la revisión antológica de su Poesía que, reunida al cuidado de Carlos de la Rica, fue editada por El toro de Barro en 1973. Después, yo mismo la incluí en la que preparé bajo el título de Poesía Secreta, editada en el año 2000 por la misma editorial, y en la que quise recoger los libros que Federico Muelas nunca quiso publicar por razones complejas y dramáticas que aparecen recogidas en su introducción.














sábado, 7 de abril de 2012

"La danza de la carretera", de Carlos Morales



Poema del Siete de abril

Carlos Morales


Tang-Lo le dijo a Tang-Li:
No me quieras tanto,
Quiéreme mejor.
Y Tang-Li lloró,
porque no conocía otra manera de amar

Carlos Asorey
La Camama, Toro de Barro, Cuenca, 1982


Padre mío: 

El invierno ha llegado ya. 
Dando tumbos como un gato de suave techumbre.

Yo lo he visto llegar
bajo el frío,
abrirse paso 
- sigilosamente- 
entre los amapoles rojos.

He sentido su lengua posarse sobre mi cabeza, Padre.
He sentido su rabo turbándome la nuca, Padre.
Su oscuro maullido entre las flautas silenciosas 
que duermen en el fuego que danza sin calor...

He ahí la ceniza, 
amasada y reseca,
como la senda de un viejo arroyo que enlodó el simún. 
Toma tus dedos, Padre,
y escúlpela.

Ya no sueñes más. 
No despiertes la yesca.


Ahora mismo estoy contemplando la carretera. 
La carretera se mueve
como una lombriz brillante entre las zarzas.
La carretera baila.
Sube la testuz. Su falda negra en la angostura
del atardecer la carretera baila
el rumor el silencio
 y no deja de bailar
la carretera
como un caballo en flor que de los montes baja
sube baja negras crines
relinchando sobre la cárcavas filosas de mi corazón
mordiendo el cielo
mordiendo el cielo.

Pero no es por eso por lo que me detengo. Padre.
Me detengo porque el día es hermoso.
Porque la noche luce. 
                                             Luce. 
                                                                 Luce.
Porque la noche no cesa de lucir sobre 
el barrizal, sí,
como un farolillo que ruge en medio de las sombras,
con mi sombra.
Ya no esperes más, padre mío. 
Toma tu barro y ya no esperes más.
Descanse cuanto amo de tan oscuridade. 
                                 
He venido a buscarte, Padre.
Anda, sube y cierra la puerta
de este burro de fierro que fluye hacia el atardecer
entre los alfileres fríos de la primavera, 
como un rayo dorado.
El viaje no es tan largo, Padre.
No queda tanto trecho ya.

Déjame deslizarme sobre el alféizar de tu corazón.
Como un gato perdido, Padre,
enroscado entre tus rosas.
Abrázame un poquito, 
un poquito no más, querido Padre,
como cuando llovía
y tú
ordenabas al cielo que cesase su dolor
y la tierra -mojada- se callaba.

Yo sé que estás ahí. Padre. 
Entre los setos.
Una enorme piedra vigilando el aire.

¡oh, Pater, cubre con tu vello el helor de este fuego
que no cesa de tronar con sus tambores rojos. 
Estoy cerca, Padre, rozándote casi con mis dedos.

No me dejes llegar solo a la estrechura.










miércoles, 4 de abril de 2012

«Estocolmo», de Mónica Nepote

Monica Nepote
(1970)
Estocolmo


Mi rostro tiene la huella de tu puño cerrado,
un sello cardenal.
Es perfecta la armonía,
el sollozo contenido,
corazones rabiosos.
Nos pienso así:
divinos, enlutados,
atrincherados en nuestras propias bombas
de tiempo.
La sumisión,
los cerrojos.
Ciega soy, estatua rota.
Si un dios decadente nos filmara
hasta el fin del mundo,
aquí estaría
roja y liada
ante mi hermoso verdugo.




Otros poemas de Mónica Nepote 

«Timbuctú»

 

Grandes Obras de 
El Toro de Barro 
Carlos Morales, "Salmo”, Col. «Cuadernos del Mediterráneo», Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2005.

Carlos Morales, "Salmo
Col. «Cuadernos del Mediterráneo»
Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca, 2005.
 



















 

 


martes, 3 de abril de 2012

"La mujer del farero", de Mercedes Escolano





La mujer del farero




Cuando arrojó a los peces de su reino
ciñó la tristeza al faro, se le murieron
los hijos, los pechos, las entrañas.
Suyo era el gesto preciso de inclinar
la cintura hacia el ocaso,
cimbrear las mareas domesticando
el pulso circulatorio de las aguas.
La tarde trajo aquilones homicidas,
desmelenada cola de pescado,
un golpe de roca entre los dientes.

Un día de su pecho huyose el mar,
bandada de gaviotas alejándose.
Hallaron su blusa en la escollera.

El viento en el mar.
El mar en su seno.
Su seno ondeando
sin ton ni son,
camisa loca.



De su libro


Abriendo esta ventana, encontrarás otros poemas de Felina calma y oleaje; levantando estas cortinas, hallarás una amplia antología de su obra; y traspasando esta puerta, accederás a una seguramente incompleta bibliografía de esta Poeta de El Toro de Barro

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© El poema de, Mercedes Escolano
En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.




 

























miércoles, 28 de marzo de 2012

Carlos Morales, "La danza de los pásharos"


 


La danza de los
Sharos




Cielo triste
cielo mira mujer con niño dentro
hombre solo mira cielo
mira niño
mira mujer sola
contempla nube oscura pintada en cielo triste

Indio pone quena en boca
quena silba mágica
trota en aire
llama pájaros
pájaros duermen en monte
pájaros no quieren despertar
no pueden despertar
no saben volar en cielo triste

De pronto cielo fulge
de pronto brama cielo
toca címbalos y llora
entorna sus esclusas himen Dei
vienen pájaros en medio de tambores
pájaros y espinos la música buscando

Quena encuentra pájaro qui vola
rara escoba baila cielo triste
danza tosca
oh pájaro insolente
oh pásharo que bajas
oh páxaro infelice en plomo dibujado

Hambriento el Agnus Dei el cielo triste cruza
cielo llove pájaros y lluvia
quena llora pájaros cursivos
gozoso Santo Espíritu a pájaros espera
a pájaros que lumen pecatta tollis Dei
al cabo pico santo rompe pájaros ingrávidos
plumas llueven
en garra de Dios oh pájaro abolido

Indio sella boca
guarda quena
hinchado Sancti Espíritu regresa a la montaña
ya no pájaros
ya no ojos mirando cielo triste
solombras nubes rojas
sólo un hombre en la tempesta
mujer sola con niño dibujando
el rastro del espíritu
el caos que se avecina
 





De su libro 
El Toro de Barro, 2003.




Algunas Traducciones
Algunas Versiones



Nota sin demasiada interés.-

     Escribí este poema en un autobús, sobre unas servilletas de papel que tomé de un bar y en el vaho de la luna de la ventana que me separaba del frío. Iba con mis hijos, entonces muy pequeños. Nos había impresionado el espectáculo que un peruano escenificó con sus pájaros en un zoológico. Y es que ocurrió algo sobrecogedor: un águila desobedeció las órdenes de aquel hombre pequeño y racial, y agarró con sus garras a un pajarillo despistado, cuyas plumas comenzaron a caer sobre el viento. Me dio por pensar que el pájaro era yo en las garras de Dios, o del destino, que por primera vez me había dibujado un tumor que luego -con el tiempo- apenas sí tuvo consecuencias. 
Esto ocurrió en noviembre de 1999. 
Llevaba sin escribir catorce años.
     Utilicé expresiones sefardíes y latinas. Y lo hice sin señalar -mediante subrayados- su individualidad. Las integré voluntaria y conscientemente en las expresiones en castellano, buscando en su continuidad un solo, un único lenguaje poético, capaz de adecuarse a las visiones enloquecedoras de la desesperación que, por aquellos días, me doblaba las espaldas del espíritu. Pero hice más: procuré borrar del paisaje del poema los artículos, adaptarme al lenguaje dificultoso de mi -entonces- hijo más pequeño, Darío, que hablaba como los indios de los western. 
     En mi cabeza retumbaban los versos deslumbrantes del Ite misa est, de Gabino Alejandro Carriedo, que acababa de leer después de que Francisca Domingo, su gran estudiosa, me lo enviara en un puñado de cuartillas que contenía los poemas que mi admirado poeta palentino había escrito antes de que lo encontraran muerto, y sólo, en su apartamento de San Sebastián de los Reyes....
     Aquel atardecer decidí que sí, que pondría en marcha El toro de barro, que merecía la pena perseverar en el camino editorial de su fundador, y de mi amigo, Carlos de la Rica. Y decidí hacerlo con Gabino, con El libro de las premonicionesY también los poemas sefardíes de Margalit Matitiahu, sus solombras, sus pásharos que lloven y que volan bajo la tempesta del espíritu de Dei...
     Y aquél atardecer comencé -por fin- a escribir, obsesivamente, como si aquella escena hubiera abierto totalmente todas las esclusas de mi corazón...     Durante los cuatro meses que siguieron a aquel día, tallé -esa es la palabra, a golpe de martillo- los poemas de El Libro del Santo LapiceroY desde entonces, apenas sí he vuelto a escribir más. Pocas cosas, pocas que merezcan la pena ser salvadas de la quema...
     Pero ahí comenzó la rebelión. 
     Mi pequeña lucha por el hombre que yo soy, por mi pequeña vida.
     


     Perdone el lector esta mancha autobiográfica. 

Carlos