El Toro de Barro

El Toro de Barro

miércoles, 14 de octubre de 2009

José Ángel García, "El día en que todas las mujeres del mundo me desearon"

 Renoir


José Ángel García


El día en que todas 
las mujeres del mundo
me desearon




- I -

El día que todas las mujeres del mundo me desearon
estaba de vacaciones; no pudieron encontrarme.
El día que todas las mujeres del mundo ansiaron mi presencia
y a casa por teléfono, por fax o por la red
llamaron en busca de una cita
tan sólo por respuesta hallaron el eco de su anhelo..
El día que todas las mujeres del mundo (todas menos una)
con pasión total reclamaron a coro mi presencia,
ese día – ese día justo – andaba yo ausente de
mi habitual domiciliada angustia y
no les pude siquiera decir no, lo siento, de verdad, no puedo ...
no, gracias, lástima, otra vez será ...

El día que todas las mujeres, en común pulsión,
me codiciaron
paladeábamos - ¿te acuerdas? – a sorbos breves nuestro
fugaz encuentro
(fine old scotch whisky)
en la pequeña, minúscula terraza de aquel café
- tu, yo y nadie –
en el Quartier Latin de un París condenadamente nuestro.

Fue justo entonces, en ese preciso momento,
cuando los pequeños locos de media mañana,
los tímidos gnomos callejeros,
salieron, sigilosos, de sus más ocultos escondrijos,
brincaron de la acera a la calzada y,
rompiendo sus horarios,
asaltaron sentimientos, desconectaron lutos, apalabraron besos
y superando el rítmico resuello de todas las rutinas
sembraron de esperanzas las adustas esquinas de las calles
destapando pomos de menta y regocijo detrás de cada verja,
a flor de cada seto.
Serios y grotescos, cual solemnes guardias cojos,
narraban los mirlos sus historias
cualquier encrucijada aprovechando.

Todo ocurrió – ocurría – un segundo antes, un instante después
del comienzo.
Todo tenía, al tiempo, lugar y no lugar y, casi sin saberlo,
se nos iba olvidando que estaba sucediendo.

(Fue – era - eso sí, cuando aún nadie
nos había descubierto)



- II -

El día que todas las palabras del mundo me desearon
había salido a dar una vuelta (estaba algo confuso).
El día que todas las palabras del mundo ansiaron que,
siquiera una vez, las empleara
y a casa por teléfono, por fax o por la red giraron su propuesta
tan sólo por respuesta hallaron el eco de su ansia.
El día que todas las palabras del mundo (todas menos dos)
con pasión total a coro reclamaron mi presencia,
ese día, ese preciso día, andaba ausente de mi habitual
domiciliada tarea y
no les pude decir siquiera no, lo siento, de momento ..,
no, en fin, quizá otra vez.
El día que todas las palabras del mundo, en global anhelo,
me ansiaron,
paladeábamos - ¿te acuerdas? – a sorbos suaves un nuevo encuentro,
(bitter, exceptional bottled ale)
en la pequeña, minúscula terraza de aquel café
- tu, yo y nadie -
junto al Támesis, en pleno corazón de un Londres
condenadamente nuestro.
Fue justo entonces, en ese preciso momento,
cuando los pequeños silencios a media frase,
transformándose en glosas tímidas de lo nunca dicho,
salieron sigilosos de sus más ocultos escondrijos y,
cediendo su tiempo a los vocablos, los dejaron que
brincaran de la estrofa al estribillo y rompiendo cesuras
asaltaran acrósticos, olvidaran normas, ajustaran trovas
para, tras superar el rítmico resuello de todas las rutinas,
sembrar de licencias las adustas medidas de los metros
destapando en juego, detrás de cada cancionero,
el ansia de volar de cada verso.
Serios y grotescos, cual solemnes guardias cojos,
dictaban viejos vates sus poéticas
cualquier nimia ocasión aprovechando.

Todo ocurrió – ocurría – un fonema antes, una locución después
del entreacto.
Todo tenía, al tiempo, lugar y no lugar y, casi sin saberlo,
se nos iba olvidando que estaba sucediendo.

(Fue – era – eso sí, cuando estábamos de nuevo
jugando a descubrirnos)



- III -

El día que, de nuevo, todas las mujeres del mundo
me desearon,
no estábamos en casa.
El día que, de nuevo, todas las mujeres del mundo
ansiaron mi presencia
y a mi domicilio por teléfono, por fax o por la red
su petición de cita me cursaron
tan sólo por respuesta hallaron el eco de su ansia.
El día que de nuevo todas las mujeres del mundo
(todas menos tú)
con pasión total a coro reclamaron mi presencia,
ese día, ese día justo en que otra vez
todas las mujeres del mundo, en común pulsión, me codiciaron
estábamos - ¿te acuerdas? – paladeando
a sorbos lentos nuestro renovado encuentro
(porto fine ruby)
en la pequeña, minúscula terraza de aquel café
- tú, yo y nadie -
en pleno Chiado de una Lisboa condenadamente nuestra.


Fue justo entonces, en ese preciso momento,
cuando a la caricia del aire en la mañana
y al abrazo del sol en los aleros
tornaron los duendes más urbanos
a abandonar sus viejos escondrijos
y brincando de la acera a la calzada,
rompiendo de nuevo sus horarios,
asaltaron sentimientos, desconectaron lutos, apalabraron besos
para, tras superar el rítmico resuello de todas las rutinas
sembrar de esperanzas las adustas esquinas de la historia
destapando pomos de menta y de futuro detrás de cada azar,
a flor de cada sueño.
Huidizas y parleras las gaviotas
chillaban en lo alto sus noticias
cualquier vuelo rasante aprovechando.

Todo ocurrió – ocurría – un segundo antes, un instante después
del último momento.
Todo tenía, al tiempo, lugar y no lugar y, casi sin saberlo,
se nos iba olvidando que estaba sucediendo.

(Fue – era – eso sí, cuando ya ambos nos habíamos al fin
hallado, descubierto)





 
Libros de José Ángel García publicados por El Toro de Barro.























sábado, 8 de agosto de 2009

"Recomendaciones para domesticar a un avestruz", de Gabino Alejandro Carriedo



Vietnam



Recomendaciones para domesticar una avestruz





Primero se le coge de una pata,
luego se le propina un puntapié,
más tarde se le da un terrón de azúcar
y acto seguido pan y leche y palos.
Transcurridos seis meses por lo menos
diciendo abracadabra se le cuelga
de un árbol muy frondoso de tal guisa
que pasar pueda ver los autobuses.
Después de encomendarle a San Pancracio
-patrono de las aves de corral-,
se le cortan las alas, se le pinta
de amarillo y azul la cresta y basta.
Y a esperar, esperar... Todo en la vida
ya sabemos que es cosa de paciencia.
Si esto hacéis, yo os prometo que algún día
podréis llevar a un avestruz al cine.





De su libro
El Toro de Barro, Cuenca 1966.




"La caza de la cigüeña en África"

"Recomendaciones para domesticar a un avestruz"

"Soneto buey"








_______________________________________
© De Los animales vivos, Ediciones El Toro de Barro.
 En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.




Poeta de 
El toro de barro



























lunes, 29 de junio de 2009

Franciso Mora, "La Bruma"




LA BRUMA


Sobre la vieja rama
de la desolación, yace la vida.
DIEGO JESÚS JIMÉNEZ


1 8 de mayo de 1994,
una nueva visión extinta de la vida;
garzas de aire hienden
la flor de la caléndula,
supura el tiempo, lentamente,
los dedos se desgranan en pústulas
de agua estancada,
mi cuerpo se desnuda de mi cuerpo,
de los ecos mi voz
rota, ininteligible, mi voz
surgida de la lluvia, mi voz
en la caverna llora
palabras de amor y es bruma;


2 intento reunir mis pedazos en torno
a mí, en torno a esta mesa
dividida mi cuerpo se conforma,
intento derramar lo que unido estuvo
¡oh desposesión de la carne!
tan fútil tu apariencia, tan torpe
tu postura, intento reunirme
en vocablos orgánicos, convoco
al vacío y sus conjuntos;
estéril es la huida, presiento
el corazón de lo que huye
como un jardín baldío,
como un pájaro ajado,
como esfuerzo inútil:
convoco al alma y no responde;

3 nada de lo que estuvo unido
permanece,
todo lo que nace se divide
y al cabo se derrama,
supura el tiempo en mi cuerpo
como fístula,
es la edad del dragón la que golpea
la puerta,
son los años que no tuve
los que apacientan mi alma,
es el pájaro, las alas
quebradas de la jaula,
es el destiempo mutilado, la fibra,
el don, la bruma;

4 no el tiempo de la gracia
sino el de la consumación,
no la gloria del instante, mas
acaso un instante, el mismo,
repetido eternamente
en espiral interminable:
pero alguna vez un sueño
escapa al tiempo
y a voleo toca la espalda de un hombre
y eludiendo la muerte
se perpetúa en el ángel
y se jacta y se yergue y se arroba
del sueño de jade de otro hombre:
en mi lecho de arena
no hay señales ni dote ni limosna;

5 la casa está lista
para hacer del invierno un almendro,
están listos los aperos, la horca
del huido, la semilla del cierzo
arañando los postigos, listos
los labios para la consagración
de la tierra, la carne
para ser inmolada:
madura la lluvia
y en la carne, apenas,
un nuevo brote
de almendro por la boca;
mi alma está lista
para adentrarse en la noche;

6 mi alma, oquedad desmembrada,
tiene textura de incendio,
mi alma, que fue materia y anduvo
a vueltas conmigo y me llamó por mi nombre
y yo no la oía, bate las alas
y se agita en mi fosa;
yo la convoco y no me responde,
los años que no tuve la apacientan;
ahora es este tilo que tiembla
bajo la lluvia, el aire
que de aire se ahoga,
el río que siento bullir
bajo la tierra
y no alcanza mi sed, la muchacha
de mirada ausente que ante la verja
con un ramo de flores secas
contiene el llanto,
acaso la llama, la lumbre, el incendio;

7 al alma de la tierra, al alma
de la roca, al alma fértil,
gozosa de la mujer cuyo pecho
es reposo: los labios
trémulos del niño,
se me aparecen ahora
como canto ebrio de huida,
como canto anegado, invertebrado ya,
congoja súbita, y siento latir
de la existencia el pulso
como un lejano eco a cuya voz
debí pertenecer
pero no me reconoce, un eco
entrecortado, debilísimo
que en mi boca se hace alivio
confusamente vivo; al alma del árbol
y del agua, al alma desbordada
del trueno y del fuego,
al alma redonda de los astros,
en mi alma de cuerpo presente
al universo;

8 es oración de cautivo este silencio
sueño de Dios, concepto,
vértigo purísimo que enajena
mi atracción por el vacío;
me duele la ausencia en los dedos
y mis piernas son sal esparcida
en la tierra: la vida se sueña
a sí misma: una ilusión
de luz extinguida, un soplo
en el viento, un poco de nieve
en el árbol, así el corazón,
¿quién vierte este amargo cáliz?
¿quién se esconde en la penumbra?
¿quién detrás de mi nombre
dirige la tramoya?;
en el dolor mi corazón fue silencio,
la carne, por el dolor, una espiga
de trigo maduro que apaciguó
la lluvia,
la vida se sueña a sí misma
pero del sueño surge otro reino
ajeno a la vida, un espacio
tibio que no ocupa nadie, la soledad
del que huye como un pájaro herido,
los brazos vencidos del que regresa;
la vida se sueña a sí misma
mas todo es silencio;

9 un largo silencio derramado,
presiento como un trago la noche,
como inevitable huida hacia adelante,
intuyo la muerte como bruma,
camino trazado sobre bruma
evanescente y frío y solitario:
advocación de un dios terrible
que descarga su ira sobre un ser
que contempla y no alcanza su rostro,
que mira la hoja desmayada
del sauce y dice: lloró Dios
sobre la piedra
y brotó un río de sangre
y de la sangre, el agua y del agua
que fluye, la vida
y de la vida, el hombre
perdido en la corriente,
braceando contra el silencio inexorable;


10 ¡oh laxitud de la carne!,
dispensadme del lamento del sueño,
asidme del párpado azul
de la tormenta
y entregad mi ser al abismo,
mas, ¿cómo hablar
este dialecto inaprensible
sin arañar el alma?,
¿cómo decir lo inasible, lo etéreo,
el aroma de una flor de luto
cómo atraparlo
hallar su esencia, su tonalidad, su textura?,
¿cómo plasmar la abolición
del color, de la línea, del espacio,
de la sugerencia o el estímulo
sin que el vértigo anule los sentidos?:
polvo de ángel, la nada
sustrayendo al alma del ser
que se sueña diferencia y sustrato,
¿cómo se nombran las cosas
en el lenguaje de los muertos?,
¿dónde el tacto para señalarlas,
la luz,
la íntima materia
que hilvana los vocablos?,
¿qué espejo cóncavo o convexo
desmiente así mi imagen? ¿qué trance,
desde el espejo, ocultan esos ojos
cerrados? ¿qué otro yo me sueña
desde el otro?;

11 libérame, señor, del sueño, aparta
de mis labios este vaso, sumérgeme
en el reino descreído de tus manos,
indícame el camino de la casa;
yo sé, señor,
de la hermosura de tu rostro,
de la humilde cordura de tu amor,
de la bondad de tu palabra,
sé de la esencia de la nieve
según tus ojos constelados,
yo sé del pan y de la espiga
y de la ausencia omnisciente
de tu mirada de ave
pero no sé de tu muerte, no sé
de tus lágrimas
de hombre como lluvia del otoño;
tú, que todo lo alcanzas
alienta este soplo de noche encadenada,
triza la luz de mis ojos oferentes
que miran al mundo y se obstinan
en negarte, apaga
esta sed homicida de amor
y sella mis labios
con el nombre de lo eterno,
tú, que todo lo puedes,
que en tu cuerpo derramado el mundo
se hizo cáliz
vierte el agua y la palabra:
hágase la luz en carne mortal,
álcese la rama del árbol
de lo humano en tu reino inextricable,
señor, mitiga el hambre de Dios
con tu caricia
y líbrame del amor, líbrame
del amor;

martes, 7 de abril de 2009

"Soneto buey", de Gabino Alejandro Carriedo.


Familia campesina española, 1955



Gabino Alejandro
 Carriedo

Soneto buey

  


Me hubiera muerto de dolor si no
hubiera visto un buey, si no me alzara
su noble vista un buey, su testa dura,
su testa corniforme, su fiel cara.

Si no me hablara un buey, si no tuviera
quien me mugiera: un buey, si no tocara
con su trompeta Armstrong, con su batuta
dulces gestos no hiciera o me ladrara.

Si no me arrinconara un buey, o acaso
si la cuerna de un buey no me privara
de tanta libertad cual necesito.

Me hubiera muerto de dolor o el rito
me hubiera convertido en buey o en laso
ser dulcifacilón si no me hartara

De su libro
El Toro de Barro, Cuenca 1966.




"La caza de la cigüeña en África"

"Recomendaciones para domesticar a un avestruz"

"Soneto buey"






_______________________________________
© De Los animales vivos, Ediciones El Toro de Barro.
 En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.

Poeta de 
El toro de barro


























domingo, 5 de abril de 2009

"Praias desertas", de Rafael Ramírez Escoto


Praias deseRtas

  
Un hombre se reclina ante la ausencia,
se desabrocha el cuello que le oprime.
Da un trago largo. Suda, mas reprime
el desprecio a una vida que es sentencia
de muerte. Con él viaja una existencia
que se arrastra indecente, que lo exprime.
El alcohol le vence y le redime,
le hace firmar un pacto de impotencia.
Sobre el fondo del vaso brilla el mar.
Cree ver arrecifes y sirenas,
playas desiertas, sol del mediodía.
Ha visto otro universo por azar,
uno que le han vedado, las arenas,
playas desiertas,
                         la calle sombría.


De su libro
Praias desertas





Grandes Obras de 
El Toro de Barro

Shamer Khair, enCarlos Morales COEXISTENCIA, Antología de la poesía isralí -árabe y hebrea- contemporánea.
PVP 10 euros
edicioneseltorodebarro@yahoo.es

no apuntéis vuestros fusiles
sobre mi alegría,
contra la que no vale la pena malgastar
ni lo que cuesta un cartucho.
Lo que veis
ágil y rápido como una gacela,
huyendo en todas direcciones como una perdiz
no es alegría,
creedme,
mi alegría nada tiene que ver con la felicidad...

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