El Toro de Barro

El Toro de Barro

martes, 11 de septiembre de 2007

Ángel Crespo, Últimos poemas

Pilar Gómez Bedate y Ángel Crespo

Ángel Crespo

FUEGO NEGRO


Poitiers 1984
¿Dónde anidaban las palomas
de Peitieus, cuando Leonor
de Aquitania cerraba esta ventana
contra el sol de la tarde?

Ahora las veo -bajo el sol

de esta tarde -batir
las alas en la torre
que la hiedra devora.

Y no hay halconero que a la alcándora

lleve al falcón para que no disperse
-ni hay tal halcón- al bando
que aletea aquel nombre
sobre el rumor de la ciudad.

Celosa de sus vuelos, la ventana

solía ella cerrar: que no cambiasen
la intimidad sombría de su estancia
por el sol de una tarde.




Bajo un cielo sin pájaros


Bajo un cielo sin pájaros

¿qué redención podemos
esperar -o qué canto
suspendernos sabría?

Va el sol cayendo, y su cadáver frío

no cruza un ala -y todas las auroras
gritan desde su ayer que no está muerta
la hoja postrera.
¿Pero en qué paisaje
tiñe de verde, en qué país, al viento?

Cuando te quedas solo...

Cuando te quedas solo, eres espejo

de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como luz en tus venas;
un viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.

Iban mirándome al pasar

En una cueva de un monte lejano

me refugié. Y era de día
y cantaba el agua en el agua
y el aire soñaba en el aire.

Me refugié para no huirme

y no encontrarme. Era de noche
y el monte aquel era de luz.

Nunca supe de procesiones

como aquéllas: vestían clámides
transparentes, sin fibras, iban
mirándome al pasar.

Lo que no tiene fin no se posee

ni nos posee: las miradas,
suyas y mías, eran formas
de otra forma de amor.

No hay dioses muertos si son dioses,

ni aquella cueva, ni aquel monte,
ni aquella luz, ni clámides
sin fimbrias, pues abrí
los ojos, y hasta el pecho
surgió el río del río.

Los ojos de la corza

Viajo desde los ojos de la corza

a su interior. Un mundo de cristales
ternísimos y velos ligerísimos
acoge al primer paso de mis ojos.
Avanzo sin temor; sobrecogido,
no obstante, por lo fácil del camino
que, de ojos adelante, ya discurre
por pasadizos y pasillos suaves
al tacto de los pies que me imagino,
y porque a su través se transparentan
leves arquitecturas sinuosas,
edificios de flor carnal y ramas
que, aunque no mueve el viento, se cimbrean
al borde de arroyuelos escarlatas,
y suaves y pulidas piedras puestas
en orden de descanso y sobresalto.
Lejos quedan los ojos de la corza
en tan corto trayecto transcendidos
y, cuando vuelvo hacia ellos la mirada
-ya huésped familiar de lo aludido-,
no encuentro su salida luminosa
y me pierdo en un prado de mil prados,
hechos de tiempos idos y presentes,
vigilados por vuelos agresivos
y por olfatos que el marfil afilan.
Sigo los vericuetos de la corza,
que se han hecho mi propio laberinto,
y hallo en su centro de lucientes ojos
los suyos y los míos junto a un pozo
del que desborda el agua suya y mía.

No te asomes

No te asomes a ese jardín

ni quieras descubrir sus rosas.
Mueren tras ese idéntico
perfume, igual color,
y la sed llena el vaso.
No te acerques a ese jardín

si quieres que aún existan
y que tu amor de siglos no se apague,
y si amas la esperanza.
Déjalas bajo el sol: búscate dentro

esa otra cosa que renace y muere,
esa flor que sospechas que hay en ti,
esa rosa que fue, pasó, nunca hubo rosas.

Paloma de Helsinki

Por miedo de que ardiese una paloma

que eclipsaba al sol con sus plumas
volando hacia las llamas
que apagaba el crepúsculo,
ya no pude escribir aquel poema
que temblando empecé
por miedo de que ardiese una paloma.

Paseata del destronado

¿En qué jardín sembrar una rosa

de Francia? ¿A que follajes
confiar una estatua de Ceres la rubia,
un bronce del Verrocchio, una matita de verbena?

¿Puede ascender sobre estos pastos

un quinteto de oboes,
o bien una gentil perdiz
que podríamos llevar al lienzo?

¡Ah! ¿Dónde crece el laurel oloroso,

dónde canta al oído el agua,
dónde unas columnas caídas
que sonrían sin una mueca?

La distancia se me convierte

en un reino redondo y cristalino,
a través del cual una mano
ofrece a mi cansancio sus sortijas.

Ula

Aquella noche te llamabas Ula

y huías ululando por la nieve.
Aquella noche escandinava
en que las alas de la nieve
entraban por debajo de la puerta
y, ateridas, se desplumaban
-yo te veía figurarte en Ula,
estremecida por el fuego,
e internarte en el bosque
en connivencia con lo oscuro.
Es verdad que no traspasaste
la puerta de la casa
-pero ésa eras la otra-
mientras, melena al viento,
Ula, con pies alados,
asustaba a la noche.

¿Cómo lograste, cómo hubiste

que aquélla fueran, que la nieve
te cambiase aquel nombre
-y que tus pies dejaran
huellas legibles: y dejases
a tu conmigo amando
de mentidor testigo?

Y entonces me mirabas:

cuando ibas
alzándote ululante
-delicada Eloísa de la nieve-
mientras yo el albedrío
te entregaba
de mano de mi lengua.






domingo, 9 de septiembre de 2007

Ángel Crespo, "Con el tiempo, contra el tiempo"










Con el tiempo, contra el tiempo





La poesía es como una aguja en un pajar. Cuando el poeta, por fin, la encuentra, la esconde otra vez entre la paja.

La poesía es como un cazador que sale al monte con eu gavilán, y lo caza.

La poesía es como un campo sembrado de trigo. Llega el dueño y pregunta: ¿Qué desalmado expulsó de aquí a las langostas?

El poeta es como un cazador que tiene un arco y un rifle: lanza las flechas al aire y las persigue a balazos.

Cuando el poeta encuentra el dracma, se siente más pobre que cuando la estaba buscando.

La poesía es como un niño que juega en la playa con un cubro y una pala. Un sabio que se pasea meditando repara en él y le dice: ¿Cómo pretendes, criatura, sacar toda el agua del mar con un cubo de juguete? ¿No ves, hijo, que es imposible? Y el niño le responde: Yo no pretendo sacar el mar, sino quitarle un poco de sed a la arena. La poesía es como ese sabio, si se hubiera puesto a echar arena al mar.

La poesía es como una piedra en medio del camino. El buen poeta tropieza con ella y cae. El mal poeta nos la tira a la cabeza.

Lo discursivo puede ser poético, siempre que el discurso pague los platos rotos.

Lo evidente no hay que escribirlo.

Para ser capaz de decir algo, hay que renunciar a decirlo todo.

Algunos poetas parecen ignorar a la décima musa: la que aconseja no escribir.

Quien no se admire de hablar y que le entiendan, no lea poesía.

No escribas para el presente ni para el futuro, sino para los capaces de entender.

Lo más absurdo que puede escribirse es la biografía de un héroe.

La poesía no es la palabra en el tiempo, sino el tiempo en la palabra.

Sólo quien es capaz de soledad puede convertir el agua en vino.

Quien no sabe estar solo es incapaz de compañía. ¿Cómo podría sufrir otra compañía quien es incapaz de tolerar la propia?

La frontera del solitario no es su propia piel, sino el universo de sus intuiciones.

Antes se castraba a la gente para que su voz sonase mejor; ahora, para que no suene.

Antes de escribir, hay que aprender a no hacerlo. Los fundadores se retiraban durante años al desierto, no para meditar, sino para cumplir este aprendizaje.

El poeta grande no evita necesariamente los lugares comunes porque sabe usarlos con magnanimidad.

El exceso de sinceridad en la poesía, como en el trato, es un egoísmo y, en último término, una falta de educación.

Es una inmoralidad confundir la poesía con la moral.

No sólo son reaccionarios quienes sólo piensan en el pasado: también lo son aquellos que no piensan más que en el futuro.

Todo discurso sin zonas de oscuridad es convencional y carece de inspiración. Pero oscuridad, en este caso, no quiere decir falta de lucidez.

La poesía está hecha de lo que se dice, pero también de lo que se calla. Por eso, quien lo dice todo no es poeta. Quien lo calle todo, tampoco, pero resulta menos molesto.

La poesía flor se marchita y fenece cuando pasan sobre ella las sombras de lo profundo, de las cuevas del hombre y de las cosas. La poesía estalactita es bella en las entrañas del mundo, y cuando se la expone al sol o penetra en sus antros una luz cualquiera, resplandece y muestra su permanencia.
La poesía flor responde a la lluvia con prisas y aprisiona dentro de sí las aguas exteriores. La poesía estalactita se sirve de esas mismas aguas -una vez interiorizadas- y las deja gotear y ausentarse para quedarse sola en su cuerpo continuo, apretado, improfanable.







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©  Herederos de Ángel Crespo.
En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.
 








































miércoles, 5 de septiembre de 2007

Rui Pires Cabral, "Castillo"


Castillo
Rui Pires Cabral





¿Habrá un lugar para pasar la tarde
sin mayor quebranto? Extraña armonía
con la música… Aquí, donde la muralla se rompió
en los siglos y se sumergen las cosas
en sus simas: higueras esparcidas
en las huertas del llano, pavos, la cabeza de un viejo
como si estuviese envuelta en un dibujo.
Hallo un orden concreto en el contraste,
¿tú no? Asombra cómo tanto viene todavía
desde esa voz, en estas guitarras. ¿Es el desorden
lo que quieres apagar en mí, lo que tomas
por juventud? En el vagón, une tu pierna
a mi rodilla. Va casi vacío bajo esta luz blanca
e inerte. Nunca supe bien qué te hace reír
y tienes que aceptar que es una lástima.






(Traducción de Juan Ramón Mansilla)










Nervinson Machado, "La voz de hojarasca"

Nervinson Machado
La Voz de la Hojarasca o Historia del Libro


La voz con todo el silencio exhumado no bastará.
No bastará tampoco que hablemos de errante a errante. No bastará
Con esa mirada lastimosa a historia que tienes. No bastará
hablar de hojarasca a hojarasca
De una vez. Ya sé que no pediste ser un souvenir de efigie
Ni tampoco amanecer sin sombra, como nos dejaron
Convertidos en una palestra de humo.
Ya sé que no acostumbras a dejar flores en los altares
Para que no se enteren
De que estaban muertos.
Me guardo el silencio y las palabras
La muerte es empacable y desechable
Pero eso nada importa ahora,
Seguirás robándole enigmas a las manos
Y yo arrancándolos de tu mirada: Soy el espectador.

No nos atrevimos a levantar ningún templo
Por vergüenza a dioses, pero sí escaleras para alcanzar a los árboles de piedra voladores
Cuado los hombres pájaros dejaron de existir: que lo diga Dédalo
Y todos saltamos esperando el vacío, y sólo encontramos a la tierra baldía
Entonces fuiste grieta en el pantano
Como un zarpazo sumerio
En honor a la mentira o al poeta,
Pero a cambio
Volamos sobre todos los balcones
Tratando de que no se nos apartara de la memoria ni de los dioses
La incertidumbre del hombre. En eso nos parecemos.
Son demasiado colores a los que no se puede llegar en tan poco tiempo.

No bastará –repito— que le entregues cuentas a dioses o humanos
Si el escriba es el relojero sin tiempo
Volando sobre su papiro en llama y la pluma temblorosa
Conque escribes en el vientre de los sepultados.

Dime como entenderé la duda de quien tiene que crear y destruir
A la vez, sin que nos veamos entre los fragmentos y la ruina
Del hombre. Porque puedo asegurarlo:
Eres el momento preciso de lo impreciso de un tiempo pasado:
Apenas un viajero.

No arderá otra Alejandría, porque no habrá nada que quemar.
No habrá otro Gutenberg ni otro Voltaire
Ni otra pieza de soledad que quiera danzar con pasos ligeros
Porque estaremos ocupados viendo como el río cambia de dirección
Y esta vez la corriente arrastrará todo
menos a tus árboles voladores.






Poema extraído de El exumador de letras, de Nervinson Machado.
La fotografía es de Ryan Cardone