El Toro de Barro

El Toro de Barro

martes, 10 de julio de 2007

"La danza", de Mercedes Escolano





Howard Shatz





La danza  




una mujer
 levanta sin palabras
su cuerpo hace una ola
sus cabellos
inventa
la blancura y la curva
la desnudez y la danza
espuma
el movimiento
sobre los pies le flota
el lenguaje del arco
la onda
estremece
una mujer se diluye
su baile sube enrosca espiral aspira
el rito que no cesa no rompáis
los secretos del tigre









De su libro
Las bacantes (1984)
  





Abriendo esta ventana, encontrarás otros poemas de sus bacantes; levantando estas cortinas, hallarás una amplia antología de su obra; y traspasando esta puerta, accederás a una seguramente incompleta bibliografía de esta

 


_________________________________________
© El poema de, Mercedes Escolano
© Del libro, Ed. Catoblepas y El Toro de Barro
En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.










 























Página diseñada por Carlos Morales



Psª del Holocausto: "La espuma del cielo", de Miklós Radnoti



"La espuma se vierte sobre la luna, y el veneno
tiñe el horizonte con el rastro de su oscuro verdor"
(Fotografía de  María Claudia Antonelli)
 
 
(En preparación, por Carlos Morales)


Miklós Radnóti 
La espuma del cielo




La luna los mece en la espuma del cielo.
Aún me sorprende vivir.
Afanosa la muerte busca en este siglo
y pálidos se quedan aquéllos que la ven.
 
A veces mira el tiempo alrededor y grita,
mira alrededor y después se desvanece.
El otoño se esconde de nuevo a mis espaldas,
y el invierno se aturde de dolor.

El bosque sangraba y a la vuelta del tiempo
la sangre no dejaba de fluir.
Los grandes números que se avecinaban
eran dibujados por el viento en la nieva.
 
Viví para ver esto y ver aquello.
El aire se abandona pesado sobre mí.
Desde antes de nacer,,
una guerra silenciosa me toma entre sus brazos. 
 
Aquí me detengo, al pie de árbol
que furioso balancea su corona.
Inclina una rama ¿para agarrar mi cuello?
mas yo no soy débil ni siento temor,
 
tan sólo estoy cansado. Escucho. Y la rama
asustada explora en mi pelo.

Sería mejor olvidar,
mas yo nunca olvido nada. 
 
La espuma se vierte sobre la luna, y el veneno
tiñe el horizonte con el rastro de su oscuro verdor.
 
Enrollo un cigarrillo
lentamente, cuidadosamente. Vivo.




De su libro
Cluded Sky,
(Trad. S. Polgar, S. Berg y S.J. Marks)
Prensa Sheep Meadow, Nueva York, 2003
 
 foamy sky

The moon sways on a foamy sky,
I am amazed that I live.
An overzealous death searches this age
and those it discovers are all so very pale.

At times the year looks around and shrieks,
looks around and then fades away.
What an autumn cowers behind me again
and what a winter, made dull by pain.

The forest bled and in the spinning
time blood flowed from every hour.
Large and looming numbers were
scribbled by the wind onto the snow.

I lived to see that and this,
the air feels heavy to me.
A war sound-filled silence hugs me
as before my nativity.

I stop here at the foot of a tree,
its crown swaying angrily.
A branch reaches down — to grab my neck?
I'm not a coward, nor am I weak,

just tired. I listen. And the frightened
branch explores my hair.
To forget would be best, but I have
never forgotten anything yet.

Foam pours over the moon and the poison
draws a dark green line on the horizon.

I roll myself a cigarette
slowly, carefully. I live.


Otros poemas de

"Viví sobre esta tierra"   *   "La espuma del cielo"

"Lunes al atardecer"   *   "No puedo saber"

"Postal segunda"  

"Marcha forzada"

"Postal primera"     "Postal tercera"

"Última postal"

 
Otros

 

Grandes Obras de
El Toro de Barro
PVP: 8 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci















 

Rodolfo Häsler, "Mariposa y caballo"

Chris Buck

MARIPOSA Y CABALLORodolfo Häsler
La Habana

(en la casa de Lezama Lima)

A Reina María Rodríguez

Qué impresionante silencio en la angosta saleta,
en el exacto lugar donde la voz atronadora
reclamaba cada tarde su café, en fina taza china,
colado y servido con amor de madre. Remedio certero
para aplacar el ritmo entrecortado, entre risotada y risotada,
y recomendar a Góngora, leer cada día a los franceses,
los de la rosa. Adorando a Casal, maldiciendo a Virgilio,
logró ensalzar las sombras ante la oscura ventana,
oh los mayas, Ariosto, la impertérrita herencia española.
La ventana ahora clausurada es un tokonoma del vacío.


Berna
A mi padre

Desde arriba contemplo a la bestia dentuda
y recuerdo que en la infancia jugaba con una réplica
en peluche, mucho menos imponente,
presente en la formación de todo niño alpino.
El foso es la salida del laberinto medieval,
un camino sinuoso de piedra arenisca ocre
en la que han sido labradas las agujas más sorprendentes
y las ventanas de las viviendas.
En una de ellas, mi padre, que ahora es mi hijo,
tocaba la viola con método insistente
mientras yo aprendía el dialecto gótico de mis antepasados.
Los almacenes subterráneos de patatas y manzanas,
los barriles de mosto campesino, las sedes de los gremios
y sus emblemas, la cigüeña azul, el devorador de niños,
la carpa dorada o el ojo de la aguja
acaban en la rueda de la muerte que acucia a los berneses
junto al símbolo del oso, el animal.
Desde la altura de la nieve desciendo a la casa de las bestias,
y apoyado en el borde, me asomo a ver sus fauces.

Barcelona

Desde hace tiempo dejó de proveerse
de perfumes en la avenida de Pedro I de Serbia
para, de un modo delicado,
conjurar el olvido.
Se acabaron las raras esencias,
creaciones únicas pensadas para desconcertar,
marcarse el vientre con una vaporosa gota
de agua de olor y que el olfato
a tu cabeza se fijase.
Ya no existe tanta delicadeza y es de otro modo
como ahora ante los demás se ofrece.
Son las manos las que detentan el poder,
son ellas las que lo convierten en Pakistán
bajo el peso de la transformación,
una y otra vez, al responder a su reclamo.
Hoy, día lluvioso y casi negro, se compadecerá de ti.
El paladar arde apostando fuerte esta tarde,
y cosa extraña, no deja de fumar cigarrillos negros.
No se adentra demasiado por la izquierda de las Ramblas
cuando da con la puerta del local.
La calle es estrecha y el personal, malcarado
y de mirada torva, sabe que se llama Pakistán
y en silencio le cede el paso.
El espectáculo "Somos todos unos indocumentados"
acaba de dar comienzo y mientras zapatea,
los hombros casi imperceptibles,
cimbreando la cintura tensa y separando
los brazos del tronco hacia lo alto,
gira las muñecas así y asá, y el olor que despide,
tan acre ahora, mezcla de sexo, escalofrío
y la humedad del deseo, le otorga la categoría
de macho empapado en su sudor.
Tu corazón es una de sus paradas,
cuando las hojas de la antigua camelia
se han caído todas ya. Detente y festejemos,
no sabes cómo te felicitan.

Viena
(en el Café Museum)

A mi hermana Ana
I

Se puede entrar en el espacio de la memoria?
La estancia tiene forma de pentagrama, los muros oscuros
y anchos y unos cuantos libros en las esquinas.
Pudieran servirnos un café turco, en toda su gloria,
para contrarrestar la fría lluvia de primavera.
Si logramos traspasar la doble puerta
nos haremos fuertes frente a lo extraño. Para no escuchar
el reclamo de la caverna escondo un jacinto azul entre la ropa.

II
Hallamos en sus muros desconchados
un juego zodiacal que nos protege del hado,
al abrigo de la luz, al amparo de las miradas.
Los animales del cielo nos señalan desde sus asientos
y no podemos escapar a sus bramidos,
la fuerza del espíritu clama por el advenimiento
de lo oculto, el grito de Sardanápalo asesinado.
Los signos se repiten en la dureza de la piedra.

III
La disciplina gobierna nuestras vidas,
no podemos dejar de andar por las constelaciones
y atajar la suerte en el sueño de los antepasados.
Hasta el punto marcado, hasta el espacio acotado,
todo es reflejo de las aguas superiores, del movimiento
de la batuta sobre una línea negra.
El castillo de Bartók es sólo el punto de partida,
luz y dolor para encontrarnos en un jardín cifrado.


Bogotá
"Maresmer ver
desmeral dar
dar
ver
verd
verd smerald"

Visio smaragdina. Juan Eduardo CirlotA Juan Manuel Roca, Nubia Estela Cubillos y Victoria Cirlot

Un manto de materia verde cubre la montaña.
Verde, verde y verde. La alternancia con el rojo
y la rosa que abre entre hojas verdes, el verde helecho arborescente
y la verde piel del lagarto puntiagudo. Un viaje al centro del color verde
con un cuerpo nuevo, relámpago de la tierra que muestra su tesoro,
una savia resbaladiza que todo lo inunda,
pero no hay forma de poderla tocar aunque los dedos
corren hacia el grueso fuego verde de la esmeralda.
La complementariedad entre hombre y mujer,
el hombre rojo y verde, la mujer roja y verde, todo es impulso
en el equilibrio entre vida y naturaleza virginal.
La divina providencia tiene su color en el extremo del mundo
donde decae la flora, el cielo y la tierra
a igual distancia de la superficie
donde lo invisible se vuelve la causa más buscada,
el color de la revelación más esperada.
La luz del espíritu de los alquimistas, luz oculta
en lucha contra las tinieblas.
El camino intenso hacia el peso de la cosecha
de hojas verdes, tallos verdes, bosques verdes,
dominio inescrutable donde lavar la sangre de la herida.


CIUDAD JUÁREZ

Caminando por la ancha avenida, en dirección norte,
el paso lento y cimbreado, las manos en los bolsillos
del estrecho pantalón vaquero, azul como las largas piernas.
La cadera apretada por el cinturón incitaba a la lectura
de dos iniciales entrelazadas en plata, trofeo ostentoso y viril
que anunciaba vete a ver qué locura desbocada,
allí mismo, en un oscuro lugar, verde y amarillo sobre el metal
quemante de tanto manoseo.
Saliendo del Kentucky el aire achicharraba a los insectos
y la noche ya oscura lucía su oferta cercana a la frontera,
la camisa abierta y plateada era el diccionario sofocante
de un lenguaje incisivo de resabio tex-mex,
el alcohol verdoso, la madre de las margaritas,
apremiante ligereza para la voluntad vencida.
No podía imaginar el cielo cuya luna es un sombrero stetson
blanco, lo único puro que asiente en mi cabeza.
De nuevo en el bar las chicas nos sirven guacamole, fajitas,
machaca norteña, y mientras traen más bebidas
y nos obsequian con dulzura maquillada,
sus largas uñas buscan surcos en la carne de la espalda.
El paladar ansioso de ardiente chipotle
rumia palabras enredadas que no puedo pronunciar,
válidas no más para una noche arrebatada, inesperada,
noche rabiosa y cruel bajo el polvo del desierto.


LIMA

A Magdalena Chocano
Descubrir el peligro convierte a la ciudad en un lugar
rutinario. El horror da la pista de lo que hay que hacer
en semejante circunstancia, pues se trata siempre de buscar
la salida más rápida en lo que la violencia tiene de aproximación
a nosotros mismos. Para convertirse en dueño del destino
hay que comer del plato del peligro, hay que masticarlo y sacarle
su jugo para asimilar su contrario. La tierra forma montañas doradas
y polvorientas que pisamos imponiendo el temblor de nuestro cuerpo,
el dolor de nuestro peso, y descubrimos, si miramos adelante,
que el horror, como sabe César Moro, no es más que un nudo
para ocultar debilidad. No hay que huir de la acción desconcertante,
tan solo hay que sentir que no has sido elegido. Nada
perdura con éxito infinito y la raíz de magia brota del espanto,
de su boca envenenada, en su escozor tremendo. Todos agonizamos
lentamente bajo un cielo sin sol, bajo la luz pasada por la tela
parda de la incertidumbre, y todos nos quejamos hasta lograr salir,
hasta lograr ingerir nuestro fragmento iluminado.
(Extraídos del libro Mariposa y caballo)
(Página compuesta por Carlos Morales)