El Toro de Barro

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sábado, 16 de febrero de 2013

Clara Janés, "Huellas sobre una corteza"


Huellas sobre una corteZa





Como una oveja perdida en la noche
me acogí a la fronda... (1)

El día partió con su hato de esperanza,
llevándose las horas y el horizonte virginal
donde todos los brotes apuntaban,
y la noche, que pudo ser cristal para los sueños,
se tornó un ojo oscuro
y el grito airado del muchacho
que me apartaba para dar paso a su rocín.
La tierra se estremeció ante el cuchillo de su voz…
Y yo, que sembraba y recogía,
sacaba agua del pozo,
disponía los alimentos sobre el mantel
y corría por los campos ondeantes de brisa
cuando tenues mariposas
expresaban el cauteloso vuelo del despertar,
sentí que esa voz cercenaba mi aliento.

Como una oveja perdida, sí, vagaba.
Y la noche
se asentó en todos los confines,
y el grito proseguía,
ocupaba la angosta callejuela,
y prendía en mi como una llama
porque, frente a su bestia, nada era yo
para el que lo lanzaba.
Y crecía su ansia de dominio,
y por su voz se abrieron hendeduras,
se cayeron las casas
y estallaron minas en mi seno,
que toda voz de hombre es voz de guerra.

Como una oveja perdida,
como una tierra exhausta de dar fruto
vagaba por el filo de esa voz
que me arrasaba
y establecía el olvido del amor,
y en la senda dejé manchas de sangre…

¡Cúbrelas!, me decía,
convoca una niebla azul
que confunda tus pasos con el mar.
Nadie sabrá si son las olas que han alisado el paisaje
y se mezclan con el humo
y esa nube de ira que se destaca gris
ocultando el umbral de la acogida…

Como una oveja perdida por el amor
me retiré a la espera
y amansé en mí su negación de mis trabajos
y sufrí que su mano, un día hoja suave,
se tornara de acero…
porque hubo un tiempo de inocencia
y el río fértil y sagrado reflejaba nuestros rostros,
de hombre y de mujer,
mezclándolos,
y creimos en el paraíso de nuestro corazón,
y entonces alguien dijo: os daréis las manos como pares,
os pondréis los anillos de igualdad,
compartireis la dignidad y el techo
y vuestras vidas seguirán paralelas
hacia el devenir…
Y en esa espera continúo
porque vuelven las flores del almendro
y se extiende el perfume de romero por los valles,
y blancas campanillas que indican la paciencia.

Yo llevo todavía los panes y los peces,
llevo los higos y las avellanas,
la miel y el vino...
Yo cumplo antes del alba con la luz,
lavo el horizonte con mis palabras,
dispongo el amanecer,
tejo con mis manos los instantes del día,
escribo sobre una corteza las sucesiones y los cambios…
Ninguna de estas cosas es inferior a una transacción,
a la soldadura del ala de una nave antes del vuelo,
al arma que desgarra la tierra,
o al clavo en la madera del ataúd.

Fui espigadora un día,
y pastora por los riscos,
preparé el queso
y por la noche cantaba a las flores dormidas
y a los niños
para que entraran en el dibujo de la luna,
en las ondas de plata,
y se mecieran.
Ahora sólo se oyen susurros de dolor.

Ponte la burka,
no enseñes más el rostro,
que ya nadie soporta el rostro del amor.
Esconde tu mirada
o endurece tus ojos hasta el pedernal,
que aquel que lamentaba vivir entre asesinos
ofrece sólo brumas de discordia
y arden los decorados del abrazo
y sus cenizas se extienden hasta la lejana curva del paisaje.

Ponte la burka,
que al alba no serás una flor en sus labios,
ni el canto del gallo indicará separación,
y aquella cita para morir juntos
bajo las cuchilladas entre trigos
enmudece en el aire,
pues han dado muerte al clamor amoroso
y arrastran por los caminos su cadáver.

Ponte la burka
y no hables de tus muslos de terciopelo,
no te atrevas a mencionar tus dedos ni tu boca,
rechaza a Salomón
que celebró tu vientre como montón de trigo
y te abrió como una flor a la plenitud.
Llama a una tempestad de nieve
que sepulte tu voz y tu memoria,
llama a una tempestad de arena
que se lleve las dunas del deseo.
Recógete bajo el vacío silencioso.
Ponte la burka
y que ya nadie vuelva a ver tus ojos.

Llegaban aves migratorias
y su sombra por los campos
acunaba a las mieses soñadoras del vuelo.
Llegaba el río
con los barcos de luz
empujando trayectos unidos a la vida
y yo con pies descalzos, por la hierba,
recogía la pesadumbre del amado en mi regazo
y engendraba el nuevo florecer de los jazmines
mientras un canto lúgubre
recordaba la muerte de los mártires,
cuando los alfileres de los grillos sujetaban la noche,
mas la caverna de su oscuro corazón
rechazó mi pecho
que era cuna de la desolación y el sueño
y sin descender al invisible fondo del amor
me marcó con un estigma…

Enterradme hasta la cintura
que él ha lanzado la primera piedra
y ya en la blanca tierra con mi sangre
el color de mi rostro se define.
Y corren manadas de potros desbocados junto al mar
para romper el dibujo de las olas,
y se desboca un cielo de nubes de tormenta
y cae una lluvia tenebrosa sobre el alma.
Enterradme, que sólo apuntan ya sones de lucha,
y el hombre,
que fue soporte a un aura iluminada,
perdido en sus límites,
tala los bosques del más allá
y mutila su raíz.

El día partió con su hato de esperanza,
la noche se asentó en todos los confines
Y pasa el muchacho con su rocín
y grita,
y la tierra se estremece por el cuchillo de su voz.
Y yo,
como una oveja perdida, vago.
Y se abren hendeduras por doquier
y se caen las casas
y es vano el canto de la tórtola al alba,
la plegaria del árbol,
la carrera del ciervo por el monte,
el correr del agua.
Y cae, cae esa lluvia tenebrosa.
Y todo es negro,
se incendian los barcos,
se tiñen de negro los océanos,
las grutas,
y la línea del horizonte
es el luto por la prístina alegría,
mientras estallan bombas,
saltan los cuerpos por el aire,
queda la tierra calcinada
y tanta muerte
siega el germen hasta en lo más recóndito.

Entra la luna con su lámpara e ilumina la sombra
y sólo ve despojos.
Se encabrita el caballo,
y el grito resuena al infinito
y me taladra.
Me amuralla el dolor,
no quiero la semejanza de empuñar un arma,
aspiro sólo a que la nada nos iguale
Pero, a brazadas, todavía recojo y enarbolo las palabras:
"Sólo el amor es capaz de vencer
la universal destrucción
"
(2).

Hubo un día en que empuñé la espada,
el silencio o el verbo.
Fui Eduana y hace cinco mil años
revelé que la fuerza de mi cuerpo
hasta a los dioses atemorizaba;
fui Savitrí y superé la hazaña de Orfeo:
conmoví a Yama, señor de la muerte,
con mi elocuencia,
y él a mi esposo devolvió el aliento;
fui Safo y negué paso al llanto en mi morada
y el eco de mi canto a la belleza
se escucha todavía por los prados;
fui Murasaki y escribí las aventuras de Gengi;
fui Lisístrata, Cleopatra, Antígona, Porcia, Teresa de Jesús…

Hoy como una oveja perdida en la noche, sigo,
porque sigue la noche,
y avanzo con firmeza hacia la oscuridad,
que acaso no volverá el día;
no, acaso ya no volverá…
 
De su libro
Huellas sobre una corteza
Col. Cuadernos del Mediterráneo
Tarancón de Cuenca, 2004


 "Huellas sobre una corteza"

“Puede decirse amor”

"La rosa de Hal.Lach"






Grandes Obras de 
El Toro de Barro

PVP: 15 euros.
Pedidos:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci












sábado, 23 de junio de 2012

"La rosa de Hal.Lach", de Clara Janés.




La Rosa de Hal.Lach(1)






Pero existe la fe de la estrella
en todas las estrellas[2] -escribió en la playa.

El oleaje exhumaba la memoria de un océano sin fin
y del sol emergiendo de la oscura caverna.
Sobre las noches y los días,
el escarabajo improvisó una danza,
y a la orilla del río, el papiro entonó una endecha azul:
una palabra sabia está más escondida
que las piedras preciosas.

Buscad esa palabra dijo el rey.
Y los peces del Nilo se sumergieron hacia el légamo
y los lotos la elevaron del cieno a las alturas.
Y la palabra quedó dentro de la fórmula
trazada por el mago
entre los cuernos de la luna.
La reina la veneró, la incorporó a su libro.
Con tinta de azafrán dibujó sobre las hojas alisadas
la forma que no acaba,
y colocó su libro junto al Libro de los muertos.
Cuando llegue la hora,
fecundará los signos de las vendas.
Con el sol entraré en el mar,
me cubrirá la escritura del agua, de rizos en la línea,
recorreré todas las vías
y cruzaré todas las puertas,
destellará la letra que es una serpiente
y la que es una pluma de ave, que indica la alegría.
Bastet hará sonar el sistro
para que las nubes se llenen de ánsares.
Y el cazador atrapará un antílope,
y llegarán a la playa portadoras de flores
mientras mi cuerpo
libera al vuelo sus dos almas.

Y la ola voluptuosa acarició los trazos de la orilla
y los borró.
Y el mar se replegó en sí mismo.

Pero existe la fe de la estrella 
en todas las estrellas -escribió en el desierto.



Eran letras que llamaban a sus antepasados
con agudos picos en insistente sierra.
Venga un tuppu alombado,
escrito con estilete de caña y secado al sol,
donde se narre el origen del mundo,
el cálculo mayor del que los demás nacen.
Vengan los sabios y sepamos qué es el tiempo
y cómo se divide,
y sepamos qué es el espacio,
y tomemos medidas con regla y compás.
Vengan los que crearon las tablas para contar
y los que trazan los círculos
de los siete cielos, rodeados de ángeles,
por los que corren los animales del horóscopo:
todo se halla bajo el poder del signo,
todo está cifrado en las posiciones de los astros,
de modo que el que siembra
y vierte agua en los surcos y cava los regueros,
mira a las estrellas del este y del oeste,
porque en el cielo están marcados con luz los sucesos y presagios,
incluso el descenso de Inanna a los infiernos,
y las hazañas de Giglamesh,  
que sintiendo en su cuerpo la aridez de la tierra,
buscó el agua profunda,
y de este modo persuadía a los ancianos:
para terminar los pozos, para terminar todos los pozos del país,
para terminar los pozos y las concavidades pequeñas del país,
para ahondar los pozos, para completar las cuerdas que se amarran,
no nos sometamos a la casa de Kish, ataquemos con las armas.

Y se hicieron las armas
y se forjaron de metales que estaban escondidos,
que no existe el lugar donde se pisa el zafiro y el oro,
que todo se halla oculto.
Para terminar los pozos, para terminar todos los pozos del país…

Agua,
agua que fecunda hasta el desierto estéril
y le otorga una rosa, una macla nocturna
hija del frío súbito,
el frío contra el que nada pueden los conjuros,
el frio que paraliza las arenas…

Y el viento, suavemente, besó todas las letras y las deshizo.
Y luego trasladó una duna a la zona borrada.

 Pero existe la fe de la estrella 
en todas las estrellas -escribió en la corteza de un árbol.

El árbol callaba,
reducía su sombra para que brillaran las palabras.
Y la diosa que moraba en él dejó ver su imagen.
Sostengo dos pájaros, dijo,
uno en la cima que contempla todo el orbe,
otro en las ramas que se come los frutos,
inmortal y mortal, conciencia y acción, juntos
forman la fuerza y la fragilidad,
la luz del alma,
y el que está por encima del hombre,
el que está más allá del ser y del no ser,
realidad de la realidad,
germen que todo lo ve y todo lo juzga,
porque  el animal no juzga,
la planta no juzga,
la montaña, la roca, el mar no juzgan.

Vamos a ser con el animal.
Vamos a ser con la planta,
con la montaña y con la roca, y con el mar,
porque en el interior del corazón cabe todo el universo,
cielo, tierra, fuego, viento, sol, luna, relámpago, estrellas,
y, fundidos pero no confundidos, giran,
y giran las ruedas del yo y el no yo,
de luz y sombra,
nacimiento y muerte.
Y vagan como el sol que avanza resonando.


Vamos a ser el sol, con pies y manos,
y con el intelecto, el más rápido de los pájaros.

Hay que sentarse sobre el león,
deshacerse del mal como el caballo se sacude de sus crines,
deshacerse del cuerpo
como la luna se desembaraza de la boca del eclipse…
tenderse sobre la espalda del agua,
venerar la tierra y sus cuadrados ascendente y descendente.
Y no anublar el cielo.
Y no cortar árbol ni enredadera ni matojo.

Y llegó el animal y sobre lo escrito,
con las uñas, garabateó sus señales
y deshilachó la madera
hasta dejar desnudo el tronco en su capa leñosa
anterior a los mensajes.


Pero existe la fe de la estrella 
en todas las estrellas- escribió sobre una hoja.

Y todas las trinidades,
todos los nacidos de virgen, los resucitados,
los arrojados a un pozo,
los abandonados en una cesta al correr del río,  
los que transformaron bastón en serpiente,
los que separaron las aguas,
los que anduvieron sobre las aguas,
los que profetizaron la llegada del Mesías,
los constructores de templos y palacios,
los que escribieron libros de sabiduría
se alimentaron de renuevos,
porque, aunque el árbol se seque, sus raíces le dan savia,
que no se detiene el curso de las sucesiones,
ni el de las mutaciones, los cataclismos,
las guerras, los cambios de la suerte…

Morir, desvanecerse, renacer
claman por la paciencia.
Y la paciencia del más paciente clama:
Él traslada los montes sin que se den cuenta y los zarandea en su furor.
Él sacude la tierra de su sitio y se tambalean sus columnas.
Y, como hombre, el más paciente se endereza,
se pone en pie y se doma a sí mismo
tal, en el yunque, el metal doblado por el herrero,
y se erige en individuo frente al dios:
De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios.[…]
Como a un león me das caza y repites tus proezas a mi costa.
Y hombre, hijo del hombre, nacerá el nuevo dios
y hasta el templo será el cuerpo del hombre.
Y el dios hombre se entregará en sacrificio como cordero.
Se ensombrecerá el sol, los cielos se abrirán
y será noche el día
y de la tierra se levantarán los muertos.
Y todo quedará envuelto en el enigma
y escrito sobre pieles de animales.

Morir, desvanecerse, renacer…

Darren Holme

Pero el amor del hombre a la línea recta,
el amor al diálogo, a la idea, al silogismo, a la ecuación…
Penetrar todos los puntos del dibujo de la forma
y entrar en la materia, en lo que fue,  to ti hn einai

Y la escritura fecundada por la razón,
rebasa la letra consonante de los hombres de Canán
y la letra vocal de Micenas.
Y todas las letras reinan en su emplazamiento
en bloques de diorita, obeliscos, muros,
rollos de papiros, tabletas de arcilla,
óstracas, códices,
porque hay que escribir también lo que no está escrito,
esas ondulaciones invisibles que nacen del cerebro,
ese ir y venir, condensarse y dispersarse de las ideas,
esa plegaria sostenida ante el misterio,
ese canto que brota de la sorpresa
al ver las hojas danzando sin su materia en el agua
y el ave que las cruza sin su materia, seguida de su sombra transparente,
y el jazmín que ni en la sombra puede ocultarse…

Y así el pincel chino traza
un signo entreverado que todo lo descifra,
dibuja un caballo que son diez mil caballos,
y equilibra como en un sello las rayas que significan,
y todas las letras se asombran
ante sus trazos en la seda y el delicado papel.
Y anuncia con descargas de pólvora:
más allá de lo ilimitado:
 lo ilimitado.
 Más allá de lo infinito:
 lo infinito
¿Quién se atreve a preguntar otra cosa?

Guárdese silencio ante el cuerpo y la mente,
guárdese silencio y repita el hombre sobre sí mismo
las palabras que apaciguan:
su estado es lo inútil.
¿Qué podría entonces perturbarlo?
Descubra la indetenible quietud sobre los lomos del tiempo,
la pausa ante una cesta de manzanas
o un parque de anacardos;
cuide el paisaje porque un puente, un camino, un templo
deben adecuarse a los montes y los ríos
moldeados por el viento y por el agua.

Y uno dice:
En medio de la montaña,
 junto al barranco,
 la casa solitaria y silenciosa.

Y dice el otro:
Vuelvo a mi hogar,
 veo en la hierba gotas de rocío.

Y dice más allá un tercero:
Un mundo de rocío
 y en una sola gota
 la discordia.




Y dice más acá un cuarto mirando los sucesos:
¿Qué fueron sino rocíos de los prados?

Y galopa la muerte soberana
con nubes de polvo y repiqueteo de cascos.
Y el caballero castellano no se inmuta,
pero el monje budista suelta una carcajada
y escribe con su último suspiro:
mi espada se recorta contra el cielo;
con su hoja bruñida decapitaré a Buda
y a todos sus santos.
Que caiga el rayo donde quiera.

Un mundo de rocío, un mundo de rocío sobre una hoja…

Y la lluvia lloró sobre todas las hojas y también sobre aquella,
y la lanzó al río.

Pero existe la fe de la estrella 
en todas las estrellas.



Y nadie detuvo al sol.
Y el sol saltó al otro lado del mar
y se coronó de plumas de colores 
y otorgó plumas a la serpiente de agua
y a otros animales
y a las piedras las hizo bailar y cantar
y a los hombres y a los dioses cubrirse de máscaras y tocados.

Corre el sol por encima de los campos de maíz
y las pirámides escalonadas donde desciende la serpiente,
nada son para él los sacerdotes del viento,
dueños del rojo del crepúsculo,
ni el bebedor de la noche,
ni la mariposa de obsidiana,
ni Tezcatlipoca,
espejo que ahuma
con los pedernales de su cabeza,
ni la culebra de las nubes,
ni el dios de la lluvia, ricamente ataviado,
chaquetín de rocío,
collar de jade,
manto de imanes terrestres
para atraer las piedras cristalinas.
Porque él es todos y cada uno de los soles,
el primero 4 tigre, el segundo 4 viento,
el tercero 4 lluvia, el cuarto 4 agua,
el quinto 4 movimiento.
Llega la rosa de piel de oro con la sonaja,
llega la Cinco-flor que toca todos los instrumentos,
llegan las Bellezas del Día
¡Dadores del Amarillo!¡Dadores del Verde! 
Y con el verde y con el amarillo
y con todos los colores del arco iris, haciendo nudos,
el hombre de esta parte escribe sus tikpus,
y en finísimas cortezas de árbol dobladas  
recoge los cantos que entona acompañado de atabales,
flautas de caña, caracolas marinas… Más allá del mar…

Más allá del mar, los inmensos cactus, los altos árboles, la selva,
selva, selva, selva custodia de lo ignoto y la raíz,
selva custodia del aire ondeante donde todo está escrito.
Seamos selva, seamos aire, porque aire es el aliento,
aire que despierta al fuego.
Y lo escrito ha de estar escrito en letras de fuego.




Venero al que llama a sus dichos de amor:
lámparas de fuego,
y a la que dice:
sin saber qué hacer
recorto la mecha de las candelas.
Y ensalzo a ese de pelo cano
que corre por las calles y salta para arrancar una ramita de árbol
y arrastra tras de sí a un domesticador de pájaros
y al sultán Ahmet con una flor en la mano...
Y venero al que con cautela
lleva un cuenco lleno de leche con una gota de sangre
y busca la pureza del agua de manantial.
Y al que me ha dado el hilo de plata
para tejer este poema.
Y al que, tal Prometeo,
robó de las antiguas tradiciones
la unión de la rosa y del fuego.

Y una mano aproximó la llama
y ardieron todas y cada una de las palabras
y se transformaron en cenizas.

Hubo entonces grandes extensiones de silencio,
mientras las cenizas se unían hasta paralizar la tierra entera.

Pero crecieron el Tigris y el Eufrates, los dos ríos fértiles,
y desataron lentamente la superficie.

Y bajo aquella ceniza se descubrió un rescoldo:
una rosa en cuyos pétalos de arcilla,
en indeleble cuneiforme,
estaba escrito:

Pero existe la fe de la estrella 
en todas las estrellas.