El Toro de Barro

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martes, 1 de julio de 2014

Psª del Holocausto: «Yad Vashem», de Carlos de la Rica


Anochecer en El Mar Muerto: Carlos de la Rica,"Yad Vashem” Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto» Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed. Tarancón de Cuenca, 2000. PVP 8 Euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es

"No olvides nunca, pueblo mío, / que en Yad Vashem hay un lago / manso y no conviene dejarlo / nunca que vuelva / y embravecido se repita"
(Carlos de la Rica)
Anochecer en el Mar Muerto.



Estudio, selección y notas de Carlos Morales.
(En preparación) 

Carlos de la Rica
(España, 1929 – 1997)
Yad Vashem



I

Tras Guival Ram y de repente
están los pinos, refulgen rápidas
las aves transitivas y el paisaje;
embravecido el cemento llega;
llegan al encuentro enhebrados
los personajes de piedra y la madera
quemada, como quemadas fueran
las viviendas un día.
Se abren la voz y su argamasa,
el cemento y su zócalo de esféricos
pedruscos primordiales;
aparece del centro una hoguera,
el río que corre y es un lago
negro, profundo y en sus aguas
–nacidas de inmisericordia antaño–
las tablas de un no usado naufragio.
Está mi pueblo, los plintos en el suelo,
los latidos invisibles del dolor,
los prohibidos nombres están
escritos en hebreo. No hablo alemán,
pero también puedo leer:
Dachau que es él un grito,
un astro metálico abatido;
el hambre de las bocas y
consumidos los cuerpos, las muñecas
con las manos ceñidas por las cuerdas.
Auschwitz hirsuto y de granizo,
fuego lento de gases, nubes
de cabañas arrasadas según costumbre.
La fosa silenciosa donde bajara el ave,
mujeres y los niños que desnudos
los himnos cantan como antes,
–cuando una madre anciana
con su dedo crecido y largo
al cielo señalaba y humo
de incienso a la pradera de arriba
se echaba a andar y rezaba–.
Los montones de zapatos y ropa,
la fauna de la risa fría,
el estallido de Treblinca;
Meidenek y la pechuga inmunda
de la coz y la viga gamada.
Desconozco el idioma, lleva plomo
como llevábalo la vida
segada de un ave libre que volaba
y abatida al suelo cae por el tiro
del cazador. ¡Cuál cómo cada nombre
escrito ha sido en su lugar!
El calofrío del animal con sed,
de la paloma y de sus crías;
digo que no alcanza mi voz
en circundar el pretensado cemento:
fluye, clava y grita la alambrera.
Ocurre que la corriente pasa debajo,
es un pozo que brota, lanza su voz
a lo alto y el pie mío
en movimiento pongo.
Oh pueblo, enciende la lumbre
y la llama deja perenne
en funeral fluir de la epopeya.
Y de Yad Vashem salgo, de la pared
me traigo el jeroglífico
donde tropezar suelen los hombres.
No olvides nunca, pueblo mío,
que en Yad Vashem hay un lago
manso y no conviene dejarlo
nunca que vuelva
y embravecido se repita.


II

Oh pueblo:
Yo he sido un niño ignorante,
pero el río crece y va a parar al mar,
un ruido corre produciendo: yo he contado
los caudales de agua gota a gota,
pues en mi intención siempre pensaba
volver de la tormenta y en la paz
penetrar.

Judíos de Europa:
me siento agarrado del brazo de todas las criaturas,
tú has sido embadurnado de amarillo
y rápido corro hacia el montón apilado,
hacia el humano fardo que de ti hicieran
¡Oh qué lluvia de muerte en vuestra lápida
penetra!

Oh ángeles:
busco de la tarde los perfiles,
la simiente de tanta figura destrozada;
tu nombre busco santo, Sión,
y peregrino recorro las calles y callejones de las ciudades,
en las aldeas tembladas por el viento;
la alambrada repaso de los espinos. Pero busco
igualmente
la sombra de mi pueblo que un gemido lanza,
de tu pueblo, Miguel, del pueblo tuyo,
cuyo destino te fuera confiado y la cinta
aún sostienes con la mano de plumas.

Jersusalem:
escombrada y partida, arrasada,
bufanda arrastrada por los suelos;
oh Tito incendiador, déspota humano,
¡qué lento el desplomarse las torres y las columnas bellas,
los plintos! Y –saltamontes– el humo ennegrecía
las grandes y doradas paredes del Templo.

Massada, oh Massada:
amasada para el placer y la defensa;
pero, ante todo, masa del valor, génesis
de aquel rebaño cuyos corderos signos fueron
del encuentro del grillo y el alfiler que pincha.
Armario de la memoria, lugar
donde el joven llora aún cuando
la emoción penetra en su torso desnudo.

Menorat:
lluvia de luz, estrellas siete en el cobre o el oro,
sobre los viejos hombros transportada
y en las sortijas recordada por cuantos tocan
el sol fulgiendo encima de las cúpulas
de Sión.

Tierra:
humus testigo
de la sangre y la savia
que luego convertida en árboles de las colinas son;
como un abrazo amoroso rodeando con sus dedos,
cercando; y envuelven la ciudad,
Jerusalem
oliendo a hierbaluisa y cedro.

Oh sombras,
ángeles otra vez,
descansad, la caracola de Esther,
ha vuelto
la lentejuela que como recua de cabras tintinea
y es Judit.

Creced,
oh naranjos,
montes poblados de cipreses y rosas,
de cedros y otros árboles más cuyo
nombre ahora no es menester recordar.
Y bajad de la colina donde quedan
el holocausto y el perdón también.

Pero tú, pueblo mío,
vosotros, pueblos de toda tribu, condición y raza,
de toda
familia-especie-humana, recordad siempre
y no olvidéis este nombre
y no lo repitáis más.

Atrás queda el cemento
cuadrado, la arquitectura
exacta en paralelepípedo,
el poderoso sol que su luz desploma
sobre las losas y la yerba;
queda el astro quemante de Yad Vashem,
grano caído en los surcos
de la tierra,
Madre-de-todos-los-pueblos 



De su libro
Yad Vashem
El Toro de Barro 2000.


 

Otros poemas de Carlos de la Rica

(«Realismo mitológico»)

 

«A Ezra Pound» (1977)

«Yo amo una raza hermosa que vivió en América» (1977)

«La marcha de los negros» (1977)

«Ícaro» (1977)

«Saludo desde Z a Yuri Gagarin» (1977)

«Yad Vashem» (1977-2000)

«El rapto de Europa» (1977-2000)

 

        
Grandes Obras de 
El Toro de Barro
Carlos de la Rica,"Yad Vashem” Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto» Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed. Tarancón de Cuenca, 2000. PVP 8 Euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Carlos de la Rica,"Yad Vashem”
Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto»
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed.
Tarancón de Cuenca, 2000.
PVP 8 Euros.
Carlos de la Rica,"Yad Vashem” Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto» Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed. Tarancón de Cuenca, 2000. PVP 8 Euros. edicioneseltorodebarro@yahoo.es




 

martes, 27 de agosto de 2013

"Pequeña oda al estropajo", de Carlos de la Rica



Pequeña oda al estropajo





En busca del jabón y de la arena,
el estropajo va arrullando al agua,
destellando baldosas, fregando los pucheros,
y los deja brillante y relimpios,
cual si la luna en ellos las noches se pasara.

Dios sonríe mirando al ternísimo estropajo,
cuando, cordiales, las manos de mi madre
con él se juntan, rumiándole los filos al cuchillo,
a la sartén diciéndole altísimos conceptos,
acariciando puertas con músicas de esparto,
 y tal vez llenando de sudor los vidrios.

A Dios le agrada besar la frente al estropajo;
de pasmos las órbitas redondearle, avanzando a la ventana;
saludar sus sospechas con labios divertidos,
contestar al posible naufragio, ignorar sus pecados,
y Padre ser, y mucho, y gusta de hacernos llevaderas las sandalias.

Es estropajo es moneda diminuta con que se compra
aire, los minutos, los insectos o las hojas.
Las mismas manos que lo tocan
Repasarán después sus tres rosarios,
limpiarán el polvo de las sillas
y harán cantando aquella cama.

Y Dios se goza, ama al lánguido estropajo,
pues su hamaca es, y es su almohada,
por donde dedos cantan como pájaros
y la arena se supone encariñada
con el mate vago olor de los pucheros.

Hay algo que emociona con polvillo de azúcar
cuando escurren los platos cándidos en la pila,
luego que cuecen demasiado los garbanzos, y el soplillo,
dulcemente, las ascuas apagadas encandila;
y es que se enreda el estropajo con mi madre,
y a Dios le ruega, rezando desde abajo,
que santa sea, y sonría en el espejo,
pues tocando está el piano y nadie escucha.




Publicado en la revista
 Deucalión, 
Nº 1, junio de 1953.
De su libro



Otros poemas de Carlos de la Rica


 Grandes Obras de 
El Toro de Barro
Shamer Khair, en Carlos Morales COEXISTENCIA, Antología de la poesía israelí -árabe y hebrea- contemporánea.
2ª Edición.

PVP 10 euros

edicioneseltorodebarro@yahoo.es

En todo lugar
hay un precipicio para los valientes
y una sombra para los exhaustos
y un manantial volcando su frialdad.
En todo amanecer
hay rocío para los temblorosos
y luz para los amantes
y frías piedras y salvajes pastos.
En todo anochecer
hay sosiego para los tempestuosos
y liviandad para los solitarios
y una roca para los que yacen al final del camino.

Otros poemas de








lunes, 29 de abril de 2013

"El mar", de Carlos de la Rica.

Guido Cagnacci, Noè ebbro,

 
El maR


 
   Antonio, no vayas hacia dentro, entra en el agua,
que por la inquieta onda se va al mar;
toca todos los ríos, viste con todos los paisajes
y en las aldeas deja ese jirón de tierra que te arrastra:
Detrás quedarán los puentes y los árboles,
e impávidos los volcanes seguirán repitiéndose en las alturas.
El mar se abate cerca con su guerra.

      Yo lo recuerdo ahora, al viejo anciano,
al musculoso mar por cuyo rostro jamás dejó el tiempo su fatal
[mordisco.
      Al mar que golpeando las escarpadas rocas con sus manos
playas de arena roza y golfos, y ensenadas
que seduce y achica de las peñas.
     Antes era la noche, el caos, pero Dios lo hizo todo con su boca;
cantó Dios, hizo el relámpago, la minúscula araña;
también el pez que habitó la cálida hoguera del mar,
Antonio.
Los pájaros, la serpiente, el fondo donde descansan hoy los fabulosos
[tesoros de los barcos,
toda la transparencia del mundo la hizo Dios,
el mar incluso, y lo vistió de azul.

      Casi un grito rotundo, sonoro, es
el mar;
por su cara resbalan los ríos, la lluvia, la lava hirviente
que transforma,
los rojos corales que hacen señas desde dentro.
Y yo le palpo con mis palmas; acaso sea también un mar
y Dios así lo permite.

      Yo vi llegar las aguas todas del amplio Océano,
a los puertos salí de Europa por vocear mi rara mercancía
y en las bodegas de los barcos recosté tus espaldas, marinero.
Soy como el mar, Antonio, y como el mar
he soplado en las costas de Francia y de Inglaterra.
 
   Ah marineros, veo que el mar se curva ahora y que en sus lomos
la nave surca y llega a las tierras de América. Marinero,
Antonio: la arrugada Cerdeña y la antigua Caribdis se alborotan de rabia,
el mar nieva con su espuma
y el arroz brota como una caricia en el lodo de China.
Helena es la hija del mar; Dios azotó las ondas de los mares,
paseó su viento por encima del agua; sus manos de gracia han conmovido
al África con sus lagos y pirámides.

     Antes sólo Dios paseaba su túnica. Pero un día
lucieron sus cristales al contacto del fuego. Y luego la
extensión difícil,
el cuerpo gigantesco con cuyo contaco la tierra brilla y se cubre
de verdor.
Antonio, sólo Dios pudo hacer el mar
y lo hizo de la nada.

 Carmelo Blazquez

     No subas los puertos, mar; Dios te puso una cerca
y te prohibió manchar de barro los preciosos montes de España.
Vueltas da la tierra en torno y un otoño arranca las semillas de la luna.

     Australia, un continente casi, América y Europa,
millares de islas tal estrellas, como Helena, son hijas del mar.
Y yo, otro mar, permanezco y canto con mi espuma.

      Lo llamaron Mare Nostrum, y Roma con su estola
rizó sus aguas en el norte de África.
¿Quién eres, mar?
¿Quién eres tú, Antonio, al asomarte a la playa
y sumergir despacio los pies y ojos en la noche?
Patria mía, España; digo mar, ciudades marineras,
que asomáis las manos y navegáis eternamente por el manto de Océano.
Voy sembrando, yo, otro mar, mi espiga de oro en los surcos que deja
el arado del barco romano.

      Como la copa de un árbol se cimbrea el mar.
Antonio extrajo piedras de abajo, guirnaldas,
machacó corales, raíces, sopló su fragua el viento.
      Vi cómo un volcán palpaba la blancura de las olas,
las lanzaba, y un remolino,
hirió la espesa selva de abajo.
    
      Aquí todo es rigor, el taco no descansa, terrestres
animales huyen, sólo peces deseo, vasijas con que poder raptar el mar.

      ¡Oh, si Dios repitiera el milagro!
El recinto suyo, el tuyo, Antonio, resultaría más grande.

      ¡Ay!, marinero, Antonio, el mar persiste.
Acaso vea la lámpara que enciende Dios en su vuelo,
los faros que en el cabo ponen los hombres como un destino,
la proa hiriente que abre su paso con una máscara.
Todo lo veo en el mar de Cataluña, en la orilla alargada y dorada 
[de levante,
y un rumor como de algas y de sales sube despacio hasta rozar
[mi garganta...

      Llegan los conquistadores, los que detrás dejaron las escarpadas rocas,
los que del Egeo sus cabellos trajeran un día para después
[tornarlos a su templo;
el cetro lo empuña España y un puente alcanza
la extraña tierra, y de sus ríos agua les lleva con que
mezclar el origen bellísimo de los hombres rojos de América.
Los cascos cubiertos de cuernos, los ciervos salvajes de Islandia,
los hijos del Norte han sacudido asombrados su cabeza
y mil pájaros sobre los bosques giran despacio.

      La mano airada del Océano amansa, y como una pluma
sopla suave las naves que llevaran la Gloria.

      Antonio, hombre, marinero, desde esta playa
el mar océano es para nosotros la Gloria. Quizás los buitres
caigan del cielo. Dios nos dio el mar y esto nos basta.

       Peces negros y hambrientos, formas oscuras
por entre las olas pululan, Legión se llaman
y azota el hombre con piedras su morada.

      Yo soy un marinero, calcé mis sandalias de algas,
y la costa acaricié con mis dedos. Sorprendí la aurora
de múltiples colores, me llamo Antonio
y tú estabas conmigo y también conmigo cantabas.

      ¡Ah, pescador!, ¡quién como tú que alojas en tus cuencas al mar!,
¡quién como tú para apresarlo entre las redes!
¡Soy un pescador! El mar también,
y como el mar, tengo mis barcos.
Y como el mar, respiro y ando y toco la orilla de Europa.
Y como el mar seré por siempre.

     Quise que Dios me hiciera como la esponja,
con pieles bien distintas, cubierto quise estar
y túmulos con las olas gigantescas levanté a los hombres y los seres;
entonces comprendí, y un águila vino a mi frente y la ciñó de aire.

      Aire, mar, Antonio, de un tamaño infinito
que hoy regala Dios con las olas a mi cuerpo.
Soy un mar, el mar, Antonio. Lo repito.
Y como el mar seré por siempre.






 Grandes Obras de 
El Toro de Barro
 PVP 8 euros
edicioneseltorodebarro@yahoo.es

llegar limpia de nombres
a tu nombre
sin gestos del pasado
ni voces que reclamen
como recién nacida
que viera por vez primera
a alguien
que no fuera su madre
sin ecos reconocibles
y poder nombrar nuestra mirada
con palabras nuevas
que contengan
la profundidad

del primer día sobre la tierra
Otros poemas de 
Neus Aguado



"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci