El Toro de Barro

El Toro de Barro

miércoles, 8 de abril de 2015

«San Zano Maggiore», de Carlos Alcorta

SAN ZENO MAGGIORE, de Victor Alcorta. Poema de Referencia: Carlos Morales del Coso, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, TaSAN ZENO MAGGIORE, de Victor Alcorta. Libro de Referencia: Carlos Morales del Coso, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000rancón de Cuenca 2000

Carlos Alcorta
(España, 1959)
San Zeno Maggiore



Era casi de noche. Lloviznaba
la última vez que estuve en esta plaza,
mientras porfiados reflectores
percutían sobre la fachada
de la basílica abrillantando
impunemente un toldo pintado, un trampantojo.

Como un gato nocturno,
cegados construyeron mis ojos un precario
armazón para el pensamiento.

Ennoblece hoy el amortiguado sol
columnas, arcos, toba, el mármol rosa
de pilastras y leones, aunque su potestad
no alcanza los rincones de la explanada más sombríos,
en donde permanece
despreocupada la resbaladiza
escarcha de la noche precedente.

El agnóstico nada más observa,
aún no saca conclusiones.

La iglesia está vacía. En un pequeño
locutorio, lacrado como un confesionario,
dormita el vigilante que me vende
la entrada. Casi a tientas desciendo hacia la cripta
donde Romeo desposó a Julieta
─la mortecina luz de candelabros
mugrientos crea junto a los ventanales
un mundo fantasmal, de evanescentes
apariencias, igual que si fueran actores
de cine, despojados de formas absolutas─,
subo y bajo peldaños, me demoro
como si obedeciera un precepto
que no acierto a representar
ni cuando escribo, en un descansillo
no consagrado a la oración.
No es un ultimátum divino
o el despertar de una conciencia
religiosa lo que me inmoviliza,
sino la humana seducción del arte
que convierte en prodigio un acto cotidiano,
el peso de una lágrima, el color
cárdeno de la toga, el ligero arco levitante.

Me postro ante el reclinatorio
como quien cumple una promesa,
hasta que me duelen las rodillas,
hasta que la circulación sanguínea
se paraliza y punzan en la blanda
piel mil cristales rotos, rasgándola,
como cuando pretendes
paliar la sed bebiendo agua muy fría.
Un mudo habla de nuevo, recobra el ciego el don
de la vista. Suplican mis sentidos.
¿Es ahora el futuro del pasado?
¿Soy en este instante el niño
que fui después? ¿Es más grande el vacío
al recordarlo que antes, mientras lo percibía,
o quizá la escritura resucita
otros sentidos que ignoraba
poseer? Asciendo hasta el altar despacio.
No deseo romper este silencio
místico, similar al que prolonga
el orgasmo. Examino el perímetro.
Hago cientos de fotos. Descompongo
el conjunto. Enmascaro mis creencias. No me mueve
fe alguna porque veo en las pinturas
más que fervor, idolatría, angustia
de vivir, servidumbres hereditarias, nada
que proporcione libertad al siervo
ante el destino. Desde lo más íntimo
de mi ser veo a ese hombre que aún quiere
encarnarse en un héroe abrumado
por un amor furtivo que parte hacia la guerra,
un Ivanhoe real, acerados
mis sueños, más letales que su espada.

Entre mi mundo y el suyo no hay paz
posible. Son los muros de la historia,
sutiles, invisibles los que logran
distanciarnos. Existen otras maneras de morir
más crueles que la espada, como el frío o el hambre.



De su libro
 Ahora es la noche

Grandes Obras de
El Toro de Barro
Carlos Morales del Coso, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000
Carlos Morales del Coso, "Un rostro en el jardín"
Col. Cuadernos del Mediterráneo.
Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000.
edicioneseltorodebarro@yahoo.es