El Toro de Barro

El Toro de Barro

lunes, 31 de marzo de 2014

"Carta de Rilke a Merline", de Jesús Aguado


Carlos Morales, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000
Philips Maxwell



Jesús Aguado
Carta de Rilke a Merline

(Baladine Klossowska)

 


Llevo meses mirando trabajar a una puerta.
Lo he abandonado todo: los libros, los paseos,
la tarea imposible de atarme los cordones.
Me fascina el imperio que demuestra
sobre su propio espacio: nadie puede
ignorarlo, invadirlo, desterrarla,
como si fuera sólo un objeto sin luz,
sin un riesgo mortal: que ella misma le encierre:
o en el mundo de afuera donde acecha el león
o en el mundo de adentro donde acecha
la ausencia del león.
Un puerta recorre su elíptica con aires
de planeta, y también
es hembra y macho a un tiempo como todos los astros.
Hay que pactar con ella, es decir, aceptar
que existe el universo y unas leyes eternas:
que el cuerpo es una puerta, que Dios es una puerta,
que una puerta es un cuerpo y que una puerta es Dios,
que todo es una puerta y que una puerta es todo.
Traspasarla es tan fácil y a la vez tan difícil
como mover un ojo o respirar
pues sólo está al alcance de los vivos.

Esa puerta que llevo tantos meses mirando
trabajar eres tú, y cuando al fin me entregue
su corazón,
esa dulce constancia sideral,
ya podré aproximarme, cruzarte y descubrir
el otro lado de las cosas.



 Grandes Obras de
El Toro de Barro
Carlos Morales, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000
 
 



















 
 

"El don de la ebriedad", de Claudio Rodríguez.




Claudio Rodríguez
El don de la ebriedad


I

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo, esto es un don, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.




 Grandes Obras de
El Toro de Barro

PVP: 10 euros Pedidos a:
 























Grandes Obras de
El Toro de Barro

«Palabra menor», de Carlos Morales

Poema PALABRA MENOR, de Carlos Morales; Libro de Referencia: Carlos Morales, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000


Palabra menoR


(Inédito, 31 de marzo de 2014)




Ha sido fácil.
La luz rompía las cortinas.
La luz escribía en la pared el nombre de las cosas
que no hablan. La luz despertaba los rostros de los cuadros
con su lengua voraz, les hacía vibrar
en las paredes mirándome a los ojos,
                                                                    aunque era de noche.

Había una ventana.
Había un niño pintado en la ventana.
Había un niño oculto entre las flores,
oh, niño asustado,
oh, niño que entornas los ojos para ver sin miedo
los caballos silenciosos galopando en la luz
de luminosa yerba
que pronuncia mi nombre y me reclama
y lleva adónde voy, 
con ti, 
hacia ti, 
hacia esa ventana
con luz bajo el silbo del aire,
buscando el brazo protector, mi amor, de tus antorchas
buscando tu perdón, pequeño mío, 
                                                  en medio de esta noche... 

Oh, mi pequeño muchacho,
no soy el hombre que soñaste para ti,
no soy el hombre que escribiste en tus cuadernos,
pero he abierto una ventana en las paredes de mi corazón
que es cálido aún como las flautas de una noche de verano. 
¡Entra en mi corazón, muchacho,
no tengas miedo de mi corazón
y colma su estrechura de amapoles rojos,
pues poco queda ya de aquél que me dejaste
en heredad, salvo una habitación vacía
y este hombre abrazado a la silenciosa cítara 

de un tiempo ya cumplido al fondo de la noche!
Abrázame, amor mío, es tanta la luz,
es tanto
tanto
el miedo.... 

Es de noche ahora. 
No tardaré en llegar adonde cantas.
Floto en el alféizar como un pañuelo de seda.
Ha sido fácil.
Miro la cama.
Veo el libro de páginas manchadas
que nadie concluyó.
Veo un caballo ardiendo en la cuchara.
Veo los ojos remotos de un hombre que duerme 
bajo el suave chasquido de una palabra menor.
ya
 no veo nada


Traducciones   *    Versiones   *    Artículos



 Grandes Obras de
El Toro de Barro
Carlos Morales, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000
Carlos Morales, "Un rostro en el jardín"
Col. Cuadernos del Mediterráneo.
Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000. 

Carlos Morales, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000

 








 
















Cortázar 







Octavio Paz

 

domingo, 30 de marzo de 2014

«Dame, tierra, tu noche», de Coral Bracho


«Danzas del agua», de Howard Schatz



Coral Bracho
(1951)
Dame, tierra, tu noche
 

 

En tus aguas profundas,
en su quietud
de jade, acógeme, tierra espectral.
Tierra de silencios
y brillos,
de sueños breves como constelaciones,
como vetas de sol
en un ojo de tigre. Dame tu oscuro rostro,
tu tiempo terso para cubrirme,
tu suave voz. Con trazos finos
hablaría.
Con arenas de cuarzo trazaría este rumor,
este venero entre cristales.
Dame tu noche;
el ígneo gesto de tu noche
para entrever.
Dame tu abismo y tu negro espejo.
Hondos parajes se abren
como fruto estelar, como universos
de amatista bajo la luz. Dame su ardor,
dame su cielo efímero,
su verde oculto: algún sendero
se abrirá para mí, algún matiz
entre sus costas de agua.
Entre tus bosques de tiniebla,
tierra, dame el silencio y la ebriedad;
dame la oblea del tiempo; la brasa tenue
y azorada del tiempo; su exultante
raíz; su fuego, el eco
bajo el ahondado laberinto. Dame
tu soledad.
Y en ella,
bajo tu celo de obsidiana,
desde tus muros, y antes del nuevo día,
dame en una grieta el umbral
y su esplendor furtivo. 




Otros poemas de Coral Bracho




Grandes Obras de 
El Toro de Barro
Amela Einat, "La cicatriz del humo”. Col «Biblioteca del Holocausto», Carlos Morales Ed., Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2004, PVP 10 Euros,  edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Amela Einat, "La cicatriz del humo”.
Col «Biblioteca del Holocausto»,
 Carlos Morales Ed., Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca 2004,
PVP 10 Euros,  
Aurora Luque, "Portuaria”. Col «La piedra que habla», Carlos Morales Ed., Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2002, PVP 10 Euros, edicioneseltorodebarro@yahoo.es




 








 
 



 

viernes, 28 de marzo de 2014

«Tierra y cielo» (Volver al paraiso), de Efraín Bartolomé


Efraín Bartolomé
(1950)
Volver al paraíso

Tierra y cielo 

Hay tantas incisiones, tantas marcas, tantos tatuajes sobre la piel de un poeta niño. La primera maravilla descubierta al andar por el monte, el viento ardiendo entre los ocotales y el temor que genera: la casi irresistible tentación por huir y, al mismo tiempo, la tentación de quedarse escuchando porque uno sabe que ahí hay algo que nos une con algo más oscuro, o más hondo, o más alto. Esa especie de vago horror sagrado. Eso y la incapacidad de nombrarlo con exactitud. La noción de que el primer temblor ante lo femenino a esas edades, no tiene palabras para ser nombrado. Con lo femenino quiero decir el Agua, la Tierra, la Montaña, la Noche, la Mujer, el Alma. Y con esas edades quiero decir menos de nueve años. De esa desazón, de ese desasosiego ante el misterio nace, creo yo, la tensión que nos lleva después a tratar de invocar con palabras el misterio sagrado. Este intento es la Poesía.
Nací en Ocosingo, un pequeño poblado a la entrada de lo que fue la gran Selva Lacandona, cuando aún era merecedora de su nombre; un pequeño poblado sin luz eléctrica, sin televisión, sin carretera, sin automóviles, donde la radio comenzaba a llegar y era un lujo tener un aparato receptor. En lugar de esas monedas de cobre  teníamos el oro real: el privilegio de vivir en el Edén, en el Paraíso, en Galaad, con todas las muestras del avasallante poder generador de la Gran Madre: rodeados, acosados, abrumados por una vegetación lujuriosa y lujuriante; y agua y agua y agua por todas partes: manantiales, arroyuelos, arroyos, ríos, pozas, charcos, pantanos, atascaderos: agua viva y agua muerta. Pero siempre agua dulce. Y sol. Y viento. Y lluvia. Y nubarrones. Y rayos. Y tormenta. Y ventisca. Y norte. Y Luna. Y cerros imponentes. Y fuego sobre esos cerros en la espesa negrura de la noche, en los meses en que se preparaba la tierra para siembra. Dios o el diablo ensayando su rabiosa caligrafía fosforescente bajo el esplendor violento de la noche magnífica.
Esa convivencia cotidiana con los elementos debió, seguramente, producir incisiones, estigmas y cicatrices en el alma del futuro poeta. Eso y también el temblor ante lo femenino humano, el quinto elemento: el misterio encarnado en la belleza de ciertas mujeres (niñas, adolescentes, hembras en plenitud). La clara percepción de su dulce misterio. En su presencia mis emociones se agudizaban y me llevaban del deslumbramiento a la parálisis. Todo eso, creo, produjo la vida interior que nutre mi sensibilidad. Así comencé a interrogar los misterios. Creo que así descubrí la poesía: por el lado luminoso del mundo. Tal vez por eso escribí en estos últimos años un poema como:

Tierra y cielo


Y las aguas de Arriba amaron a las de Abajo
y eran las aguas de Abajo femeninas
y las de arriba masculinas...
¿Has oído, amada?
Tú eres la Tierra y yo soy el Cielo
Tú eres el lecho de los ríos y el asiento del mar
y el continente de las aguas dulces
y el origen de las plantas y de los tiernos o duros o feroces animales
de pluma o pelo o sin pluma ni pelo
Yo soy la lluvia que te fertiliza
En ti se cuecen las flores y los frutos
y en mi el poder de fecundar
¿Has oído, amada?
Nuestro lecho es el Universo que nos contiene
¿Has oído bien?
Tú eres la Tierra y yo soy el Cielo
Y mi amor se derrama sobre ti como la lluvia
o como una cascada que cae del sol
rompiendo entre nubes como entre peñascos
y entre los colores del arco iris y entre las alas de los ángeles
como entre las ramas espesas de una vegetación inverosímil
Tú eres la Tierra y yo soy el Cielo
¿No lo escuchas?
Y aunque digas que sí
tal parece que no porque ahora, Tierra,
cabalgas sobre mí (en el lecho que es el Universo)
y eres tú el Cielo y tu amor se derrama sobre el mío
como una lluvia fina
Y yo era la Tierra hasta hace unos instantes pero ya no lo sé
porque hemos girado y descansamos sobre nuestro costado
y los dos somos Tierra durante unos minutos deleitosos
Y ahora estoy de pie con los pies en la tierra y los ojos en el cielo
y tú no eres ni Tierra ni Cielo porque te hago girar
con los muslos unidos ferozmente a mi cintura
y eres el ecuador o yo soy el planeta Saturno
y tú eres los anillos que aprendimos en la escuela
y giras
Y ahora somos Cielo los dos y volamos
elevándonos más allá del Universo
Y en lo más alto del vuelo algo estalla en nosotros y caemos
vencidos por la fuerza de nuestro propio ecuador que se ha quebrado
Pero seguimos siendo Cielo aunque yazgamos en tierra
Derrumbados en tierra pero Cielo
Tierra revuelta y dulce pero Cielo
Cielo vencido cielo revolcado pero Tierra
Pero Cielo.



Grandes Obras de 
El Toro de Barro  
Salomón, "El Cantar de los Cantares”, Versión de Carlos Morales
Salomón, "El Cantar de los Cantares”
Versión de Carlos Morales
Col. «Cuadernos del Mediterráneo»
Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca, 2003.
Salomón, "El Cantar de los Cantares”, Versión de Carlos Morales