El Toro de Barro

El Toro de Barro

viernes, 22 de febrero de 2013

"El viejo de la Calle Ancha", de Carlos Morales



El viejo de la Calle Ancha



Cuando los peces se bañan desnudos en sus ojos,
como un caballero andante en alazán de fuego 
el anciano se adentra a su bastón pegado,
y allí se detiene, frente a una ventana
que antaño ocultara unos ojos con mar,
 y el anciano se queda la ventana mirando,
la ventana dormida,
la ventana que canta entre palomas muertas.

Si ella saliera, si una guitarra
en sus dedos ardiera, si ella dejara
de nuevo su pelo caer,
y su boca reir,
y una enagua blanca en su mano cantara...
 
Pero ya nadie nunca abrirá la cancela.
Marcado a fuego con un hierro del sur,
el anciano se sienta a su bastón cosido,
y el caballo acaricia que relinchar no puede,
y del bolsillo saca lo poco que de aquello
le quedó: un puñado de sal,
una estela inconclusa,
y un libro con pájaro en manos de cetrero.



De su libro 
El Libro del Santo Lapicero,
El Toro de Barro
Tarancón de Cuenca, 2000.
 
 
 
Otros poemas de
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Yo, que he sobrevivido a cien lanzas
y he hecho temblar el vientre
del desierto con uno solo de mis carros,
perdí ante tus ojos mi última batalla.
Ser cobarde en amor equivale a estar muerto.




Otros poemas de
 
 


"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci







6 comentarios:

Myriam dijo...

Hermoso, los ancianos con su rica carga de melancolía, de ayeres y de amores sidos y no sidos, me atraen como imán y me enternecen. Me anticipan mi propia vejez.

María dijo...

Marcados con hierro de sentires y olvidos, se cabalga ausente, a la grupa de un cansado rocín.
Marcados con peso de adioses y brumas, se camina lento, a no perder el vuelo del pájaro cautivo... ni la última hoja con señal en la piel.
Qué intensamente hermoso tu poema, "El viejo de la ventana de la Calle Ancha".
Un abrazo, Carlos.

Isabel Mercadé dijo...

Totalmente te acuerdo con Miryam y María. El poema es intenso y hermoso. Los ancianos me conmueven de forma casi dolorosa. Me ha gustado muchísimo como lo has dicho, Carlos.

Elizabeth Conte Chassin-Trubert dijo...

Un poema que conmueve y remece nuestra sensibilidad. Me ha gustado mucho...esa añoranza de lo que ya no se tiene sino el recuerdo.
¡Bello!

Administrador dijo...

Y una vida vivida, que aún se tensa en la memoria de una guitarra, en el ardor de unos ojos, en la risa de una boca y en una enagua blanca capaz de cantar en una mano. Quien así ha vivido, la sal le sabe dúlcima, la estela jamás concluye y el relincho que no sale y que se recrea en su interior, le hará siempre arder los ojos y hacer del bastón un pájaro bailando entre sus dedos. Y allí en ese instante mágico que recreas, Carlos, los peces vuelven a bañarse desnudos en sus ojos, y el caballero vuelve a andar en su alazán de fuego, de tu mano de poeta. La cancela quedó abierta para siempre.

Mery Sananes dijo...


Uno siempre es un anciano para quien tiene una edad menor a la nuestra. Y seguimos siendo jóvenes para aquellos que han traspasado nuestra edad. Desde muy joven abandoné el calendario. Sólo mido el tiempo por lo vivido y por lo no vivido. Por lo vivido porque quedó grabado en nuestras células como una guitarra ardiente. Por lo no vivido, porque no lo fue porque se apagara el incendio de gerundios que nos define, sino porque no alcanzó al otro, mientras en nuestro interior aún una brasa tiñe los días con un puñado de sal dúlcima. Y mientras el corazón siga siendo un palomar, y los ojos aun enceguecidos sigan recreando el oleaje que se llevan los peces en sus ojos, seguiremos esparciendo cantares desde la piel de la memoria, encendiendo candiles en el aire de la noche, navegando en los sonidos de un adagio, en busca de un allegro. Y cuando todo eso se apague en uno, entonces sí podremos decir que hemos comenzado a morir. Antes, jamás!