jueves 6 de octubre de 2011

Juan Ramón Mansilla, Una habitación en rojo (antología)





Juan Ramón Mansilla 

UNA HABITACIÓN EN ROJO
Ed. El Toro de Barro.
Tarancón de Cuenca 2011



DICIEMBRE
  
Este poema es la historia del olvido de un poema.
Brotaron sus palabras como voz alzada del sueño.
Bellas estrofas perdidas, nombres
escritos en la arena que otra pleamar borró.
 
No hay espacio aquí para el desencanto.
las palabras son una cortina de humo, 
la pista falsa en el bosque,
vilanos en una tempestad.
 
¿Y si cerrara los ojos? ¿Si dejara llenar esta página
como el agua llena los huecos de árboles desencajados?
¿Será la palabra escrita o la ausente la que perdure?
¿Tendrá esa ausencia forma, y esa forma color, 
                                                                  [y ese color un destino?
 
Caído en la trampa de la costumbre escribo este poema
como quien el agua bebe y constata su sed.
Lo poseeré mientras surja. Luego será,
seré abandonado. 


VENTANAS


Carnales tras las últimas casas, ebrias en un bar,
errantes en la marcha de un tren.
Alguien busca un petirrojo en el parque.
Alguien con otra forma de mirar,
otro fondo de escena y la misma sospecha
de estar equivocado mientras se enciende
una luz y nos deja irremediablemente solos. 


REFLEJOS


Mi padre ha muerto y de algún
modo me sonríe cada vez
que enciendo un cigarrillo


El viento contra la fachada:
ese poder de borrarlo todo
que tiene la muerte

Te asomas en mí
Ahora si te atreves sé tú quien
dibuje mi rostro en el espejo




ESTORNUDOS

Salir al sol, estornudar tres veces.
Que este acto sencillo, tan común,
tan nuestro, repita su mecánica
cada mediodía, casi a las tres,
de este verano que aún, como
nosotros o el verde de la hierba,
o el calor o las rosas,
no se ha cumplido del todo.
Así, no importa el lugar,
en qué plaza, con qué otra gente,
eso que, bien mirado,
no pasa de ser una alergia,
sea un aviso, el rezo, la llamada
de algo que en el interior
se mueve, agita, se rebela
porque quiere crecer,
porque quiere salir,
porque desea
verdecer con el césped,
abrirse en las rosas,
estallar al calor pleno de julio
en cada julio, en cada enero
y a tu lado. 


PLAYA

Cada vez la marea cada vez
bajo el cielo del norte
en desorden la piel
la casa recién dejada
para luego tornar
y no haber arena
ni dibujo de tu cuerpo
en la arena
ni algas dejadas al sol
pobres tesoros
con esa sal
con esa sal
tan dulce
que quema en los labios


CANCIÓN DE AÑO NUEVO


Puedes entrar. He dejado la puerta
abierta, la luz, la calefacción
encendidas. Hay un poco de vino
en la alacena, el café está reciente
por si me demoro y te vence el sueño.

Acaso estés aquí cuando regrese,
arropada en el sofá con mi manta
de viaje, reconfortada, quizá
complacida del mundo en su belleza,
sabiendo que hay una técnica pura
en esta maravilla de estar vivo.

Y si no estás, bendito sea el tiempo
en que estuviste. Sólo he de abrir
los postigos para que fluya el agua
llovida en la memoria. La luz, pronto,
dejará en las paredes una sombra
que llamará en sus labios con tu nombre,
contenta de estar en casa de nuevo. 




EL TIEMPO DE LAS LILAS

El tiempo de las lilas.
El perfume, el olor –nuestro gesto.
Un pañuelo entre uno y otro aire.
¿Es necesario su nombre, la corola?
Dilo tú si es que sabes.
Teje una guirnalda. Arrójala a la basura.
¿Conoces un lugar más cálido, más tierno?
tu cuota de tedio,
tu propina de amor.
Es lo que hay.


HUEVOS EN EL BALCÓN

Un ave los puso ahí a comienzos
del verano. Dos nueces blancas que son albúmina
y yema, membrana y calcio.
Antes, laboriosamente, dispuso
su nido: hierba seca, hojarasca,
algunos papeles, tres colillas.
Una tarea extraña y tan normal
como todo lo capaz de hacer un mundo.

A veces mirábamos el balcón
y oíamos huir un aleteo
sabiendo que lo que no se consuma
se registra en el agua.
Luego ya era peinarse al salir,
hervir de nuevo el café,
desear que resistiera la vida
el enredo turbio de la jornada.

Es otoño otra vez y no todo está dicho
y se quisiera que estuvieran las cosas
por fin hechas, resueltos los pequeños asuntos
cotidianos. Pero si uno se asoma
al balcón y contempla esas dos nueces
blancas todavía cerradas, piensa
que el tiempo se detuvo porque al abrirse
algo precioso se malgasta.        


BAJO EL SEÑUELO DEL VERANO


Bajo el señuelo del verano una vez más,

lo sigamos o no, semejante tibieza,



sea engaño o real, igual desconcierto.



Nos quedamos aquí, hacemos que el mundo

vuelva a ser la página blanca,

que la vida se escurra como vaho

en los vitrales de enero.





Tú lees una historia del pueblo judío,
la gata sestea en el otro sofá.
El viento eleva plumas sin pájaro.

Me hablas como quien pulsa las teclas
de un piano o tras vadear un arroyo
encuentra un río mayor.

Entramos de puntillas en el silencio,
y es todo este instante calmo, tan calmo
como quisiera mi muerte.